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Apagando las luces al final del día

APAGANDO LAS LUCES AL FINAL DEL DÍA

Por Wilfredo Arriola

En el dolor, en la felicidad, en el orgullo, o en la muerte. Alguno de los temas más importantes de la historia de la humanidad que nos hacen meditar sobre lo que vivimos. Siempre hay una luz, un instante conmovedor donde uno atraviesa el umbral de esa pequeña parte honda donde nos delata el sentir. Ahí estamos, muchas veces no sabiendo a lo que vamos. La mochila de la vida puede resultar tan vacía en momentos de necesidad, de angustia o también puede resultar en calidad de estorbo en momentos de gozo total.

“Porque la luz es siempre fugitiva”, versa García Montero en uno de los poemas más emblemáticos de Completamente viernes. Todo pasa, momentos, años, épocas, personas, ciclos, trabajos, estudios, países, parejas, mascotas. Todo, pero solo lo que permanece podría acercarse a lo que somos, a nuestras variantes, a nuestro ir y venir en un mundo cambiante, donde mantenerse en la coherencia del tiempo es asunto solo de almas grandes. Si bien es cierto cada acto conlleva una consecuencia, procurar mantener esa identidad a pesar de los arreboles de los atardeceres, donde uno en más de una ocasión ha tenido la clara intención de ir dejando aquello lo cual ya no dice quienes somos. En esos temas estriba la formación de la identidad, más que de una cultura es aquello lo que modifica nuestra identidad: el dolor, la felicidad, el orgullo la muerte, la súbita felicidad de pasar las fronteras azarosas de los primeros temas.

En la memoria del pasado dejamos un poco de nosotros, lo traemos a colación de vez en cuando, algunos con pena, otros con hidalguía, quizá unos con la fortaleza de contar el testimonio de lo superado y sentirse plenos de lo que ahora los conforma. Esa fugacidad alarmante de los días, de las horas cometidas en el trascurso abismal de cada momento, muchas veces no percibido. Se asoma a menudo en el fortuito encuentro de otros de nuestro pasado con el presente, esos amigos soliendo preguntar ¿Qué ha sido de ti? Esperando con extrañeza alguna respuesta que les acomode su ansiedad, y uno dejando de percibir el rotundo cambio imperceptible de los días, viviendo, malviviendo, apagando luces al final del día, organizando la agenda del día de mañana, ignorando canas, quedando con los de siempre, descubriendo placeres insospechados y volviendo a las viejas pasiones, reafirmando elecciones, maldiciendo haber dejado otras, cantando las mismas canciones, y los días sumando lo insumable del envejecer.

La luz es siempre fugitiva, se lleva algo y a veces todo. Él dolor se acomoda para decirnos quienes somos y de qué estamos hechos, carne, alma y polvo. El orgullo se suma, se estrena y en muchas ocasiones sin saberlo utilizar se vuelve una cruz para cargarla o para seguir el camino como el de la utopía. Y desde luego la felicidad, esa que dura tan poco, pero lo que dura basta para darle gracias a Dios por estar acá con tantas fenomenales personas a nuestro alrededor, algunos se marcharon, pero están y estarán más presentes que unos que poco suman a nuestro alrededor. La luz es siempre fugitiva…

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