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La cultura de rapidación, la cultura del descarte y el exitismo como factores para llegar a la “familia presurosa”

 El portal de la Academia Salvadoreña de la Lengua

LA CULTURA DE RAPIDACIÓN, LA CULTURA DEL DESCARTE Y EL EXITISMO COMO FACTORES PARA LLEGAR A LA “FAMILIA PRESUROSA”

Por Eduardo Badía Serra,

Miembro de la Academia Salvadoreña de la Lengua.

 Porque Dios les mostró sus maravillas

para que se fijaran en ellas.

Ecli.17.8

¿Porqué, entonces, está sucediendo con el hombre lo que está sucediendo? ¿Cuáles son las causas por las que se ha convertido en lo que ahora es? ¿Qué es eso que le ha llevado a la pérdida por el sentido de la vida y a resumirse en un simple ser sin su propia “experiencia subjetiva”, sin ese elemento que le permite desarrollar su propia personalidad en función de su propia personeidad?

La respuesta está a la vista. Es el modelo de vida que han impuesto los intereses económicos, mal utilizando como elemento de acción a la tecnología y a la ciencia y su rápido desarrollo. El hombre actual se enfrenta a una sociedad desnaturalizada por completo. ¿Porqué ha llegado el hombre a la vida?, ¿Cuál es el papel del hombre en la vida? Esas son las preguntas a las que la filosofía y la antropología, e incluso la ciencia, debería dar respuesta. Lamentablemente, la filosofía y la antropología se han empeñado en explicar cómo llegó el hombre al mundo y cómo hace en este su propia vida, pero las preguntas no son esas. Ha habido una evasión a la pregunta por la verdadera condición humana. Y esa evasión no ha permitido que el hombre encuentre el sentido de la vida. Para Sócrates era suficiente decir que el hombre procede de la eternidad y a ella volverá; para el asceta, el hombre es la misma naturaleza del dios supremo y en él dispone de un refugio inviolable; para el apóstol, el hombre es todo uno con Dios. Heidegger ha dicho que el hombre es el único ser que se hace la pregunta por el ser. Esto es indudablemente importante, pero en esencia, el asunto es determinar cuál es la pregunta correcta que el hombre debe hacerse por el ser del hombre, y aquí la insuficiencia de Heidegger. El cristianismo sí ha dado una respuesta a la pregunta del porqué necesariamente está el hombre en la vida: Dios creó al hombre para ensalzarle y darle gloria. Todo lo alejada que esta respuesta se encuentre de ser una verdad científica y razonable y comprobable, al menos es una respuesta. La filosofía la ha aceptado y negado por igual, la ciencia la ha rechazado, pero ni ciencia ni filosofía han propuesto una respuesta alternativa que la niegue. El mito incluso ha dado la suya, que sí entra en lo consustancial: El hombre, dice el mito, fue creado para realizar tareas secundarias que se consideraban impropias de los dioses. Esto es, los dioses tienen una necesidad: Crean al hombre para no distraerse de sus labores esenciales, no porque no lo necesiten, y con ello no pierden su carácter se ser absoluto, infinito y total, sino porque ellos son seres ajenos a la distracción y a las labores impropias de una deidad.

Ahora, al hombre no le interesa la respuesta a su propio sentido, a su propio ser del hombre. Y ello porque ya no es un hombre total sino sólo un hombre-masa sin capacidad de identificarse ante la misma. Va, como dice, por donde todos van, sin preguntarse porqué y adonde van. Y he dicho que la respuesta está en ese contexto económico-social en el que el mundo vive, provocado por el ansia económica y el deseo de poder de una minoría que dirige los destinos del planeta. Eso lo reconocen muchos, pero al parecer, nadie escucha. El Papa Francisco lo ha expresado claramente en su Carta Encíclica “Laudato Sí”, de 24 de mayo de 2015. Señala él que el causante del deterioro del entorno familiar y humano se encuentra en un sistema social, económico y político que, siguiendo la pauta de su modelo neoliberal, ha llevado a una realidad de inequidad e injusticia entre unos hombres y otros, “probablemente nunca antes vista en la historia de la humanidad”. Habla el Papa de un mundo de la “rapidación”, de una “cultura del descarte”, y del “exitismo” como características del hombre actual, de la familia actual, a la que el sistema les ha llevado, y que urge cambiar.

El hombre y la familia viven hoy ese estilo de vida de “rapidación” y de “cultura de descarte”. Su objetivo es el “exitismo”, aunque ello le lleve a ser un individuo amorfo, sin su propia “experiencia subjetiva”, y no parte activa de la sociedad. Es lo que Veggeti Finzi ha llamado muy bien: “La familia presurosa”, esa familia que rinde culto al trabajo para buscar su éxito personal en el tener más que el vecino, y que como no tiene tiempo para una vida verdadera, sabe “depositar”, o “guardar”, a sus hijos en las “guarderías” por el sólo tener tiempo para su deseo de “tener más”. Esa es la familia que aplaude la creación de una educación inicial para dejar a sus hijos de dos o tres años en “algún lugar”, acompañados de extraños, dado que ellos necesitan libertad plena para dedicarse a cubrir sus necesidades materiales inducidas por una propaganda voraz.

Este producto negativo del sistema es el que urge cambiar, y que no permite darle al hombre una adecuada respuesta por el sentido de la vida. El hombre va, pues, en busca del sentido, pero por el camino equivocado. La “familia presurosa”, presionada por su necesidad de “exitismo”, viviendo a una velocidad de “rapidación”, no puede construir una relación armónica con la sociedad, con su ambiente, con su naturaleza. Le obliga al “descarte”, descarte que lleva al desperdicio de recurso y a la depredación ambiental. Todo ello conduce a la instauración de “familias presurosas” como dice Finzi, lamentable condición que es la característica actual de esa noble institución que es la familia.

El Papa Francisco nos deja también en la Encíclica un agudo mensaje sobre la relación del hombre con la naturaleza: “Hay, -dice- que matizar ese antropocentrismo desmedido en que la humanidad insiste en colocarse. La obra de Dios es compleja, de una estructura profunda, tan profunda que el hombre nunca logrará poder conocerla en su totalidad, por más progresos que la ciencia haga, ciencia que ahora, con humildad, acepta que nunca podrá llegar a desentrañar tales misterios.

No fue una novedad la posición del Papa en esta Carta Encíclica. Ya en su “Bula del Jubileo de la Misericordia, (Misericordia Vitus, el rostro de la Misericordia, Roma, 11 de abril de 2015), había entrado en similares consideraciones. “La humanidad debe cambiar…..hay que abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo de hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos….No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye….Abramos nuestros ojos para ver las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio…..¡Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo”, -ha dicho.

Insisto: El hombre ahora es un ser que, al faltarle su propia “experiencia subjetiva”, ha llegado a una “crisis de la conciencia” que no le permite incorporarse a la sociedad en que vive con su propia personalidad. La causa de ello es el sistema social que, mal utilizando el progreso científico y tecnológico, ha podido encontrar elementos para la opresión.

 

 

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