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TACUZCALCO

Joaquín Meza
Proyecto Oralitura nahua pipil nonualca de El Salvador
Consejo de Investigaciones Científicas
Universidad de El Salvador

El Valle de Tacuzcalco, there Taculcalco, capsule Tlacusqualco, sede de un extinguido pueblo pipil precolombino, está flanqueado por los ríos Cenzúnat (actual Sensunapán) y Ceniza, en el municipio de Nahulingo, distante 1.5 kilómetros al Sur de la ciudad de Sonsonate.
Su nombre proviene del nahuat tacuz:, dardo, flecha, lanza, cal: casa, y co: lugar, y significa “Lugar de la casa de las jabalinas”, o figuradamente, “El arsenal”.
En náhuatl, Tlachocaclco, eran según el fraile Bernardino de Sahagún, dos de setenta y ocho edificios que existían en el antiguo Tenochtitlán, donde “se guardaban gran cantidad de dardos para la guerra, era como casa de armas; en este lugar mataban algunos cautivos, y lo hacían de noche, no tenían día señalado para matarlo, sino cuando querían”. En uno de tales edificios “estaba una estatua del dios Macuitotec, aquí a honra de este dios mataban cautivos en la fiesta Panquetzaliztli”. (Jorge Lardé y Larín. Toponimia autóctona de El Salvador occidental, Min. del Interior, S. S., 1977; p. 388)
Relacionado, no sólo toponímicamente con aquellas edificaciones, este sitio arqueológico fue igualmente “no sólo un gran centro religioso en la gentilidad sino el arsenal de guerra de los belicosos descendientes de Topilzín Acxitl”. (Ídem, p. 388 y 389). Menciona un documento histórico, sin fijar fecha, el nombre de Atilzin como un cacique de Tacuzcalco.
Este lugar reviste gran importancia histórica por cuanto el 13 de junio de 1524 se convirtió en el escenario de la segunda gran batalla que los pobladores del lugar y de las comarcas aledañas (Nahulingo, Caluco, Juayúa, Izalco, Nahuizalco), enfrentaron contra los invasores españoles que apoyados por unos cinco o seis mil “indios auxiliares”, produjeron un saldo de incalculable cantidad de muertos entre los defensores pipiles. El propio Pedro de Alvarado, que por encontrarse herido en la famosa batalla de Acajutla desde cinco días antes, no participó, si no como espectador, refiere en su segunda “Carta de relación a Hernán Cortés” (1524), que los españoles “rompieron por los indios y desbarataronlos y fueron siguiendo el alcance por el pueblo más de una legua (para el Norte) y aquí (en Tacuzcalco) se hizo gran matanza y castigo.” Añade el mismo Alvarado en el “Proceso de Residencia” (1529) que los pobladores de “Tlacusqualco… determinaron de se armar y morir en el campo y así lo hicieron que murieron todos los más de los dichos indios.”
Perduran en el valle los vestigios de un tachco, tachcu o tlacho, “patio de juego de pelota”, sin duda el “juego de herrón” que menciona Pedro de Alvarado, en su Segunda carta de relación a Hernán Cortés, en el que, antes de dicha batalla, -afirma-  “ni los indios huían ni los españoles acometían”. El resultado fatal lo refiere el mismo Alvarado: “Aquí se hizo gran matanza y castigo.”  Uno de los conquistadores, Francisco Flores, también testifica en dicho proceso que los pipiles de Tacuzcalco “salieron de guerra y que murió mucha gente”. ( Ídem, p. 388 y 389)
Se dice que su antiquísima población, mayormente dedicada al cultivo del cacao, fue diezmada desde los primeros momentos de la “Conquista” y subsistió hasta 1823, cuando el sacerdote José Antonio Peña, “maldijo al pueblo de San Francisco Tacuzcalco”, a raíz de un incidente en que falleció “hecho picadillo” en el atrio de la iglesia un “colono” de la Hacienda “El Mico”, mientras él celebraba la misa del “Día de Reyes”. “Y excomulgó a cuanto vecino se quedara residiendo en él. […] Tras la maldición y el cura, los tacuzcalqueños abandonaron sus viviendas y los más se domiciliaron en Sonsonate. Así terminó la existencia histórica de la antigua metrópoli pipil, del otrora poderoso “arsenal de guerra” (Ibídem, p. 391)
Pese a que el historiador Lardé y Larín afirma que Tacuzcalco es “un campo limpio de construcciones, sin ripios ni cimientos, y donde sólo, en el subsuelo, se encuentran fragmentos de loza y objetos líticos de manufactura indiana […] ahora nadie puede reconocer el lugar de él: sus ruinas han desaparecido en el turbión de las edades, bajo la sombra de los espigados cocoteros”, (Ibid.) nosotros podemos afirmar que no es cierto.
Durante visita que realizamos al lugar, acompañados por el periodista izalqueño Mario Rodríguez, conocedor del lugar, pudimos constatar y escalar al menos cinco, de las cuarenta y dos estructuras piramidales diseminadas en el valle que él afirma conocer, varias de ellas con huellas de saqueo arqueológico, deterioro debido a la intemperie y el laboreo agrícola.
Creemos que la negativa de la existencia de tales estructuras por parte de Lardé y Larín se debe al hecho de que, ciertamente, el valle y la mayor parte de la región fue dedicada anteriormente, después del decaimiento de cacao, al cultivo del cocotero que impidió al historiador ver tales estructuras. En su conjunto, el departamento de Sonsonate fue conocido como el “País de los cocos”, o “Cocolandia”.
Sin embargo en la actualidad el área dedicada a aquel cultivo ha sido reemplazado por el de caña de azúcar, que después de su roza permite apreciar, si bien a costa de la demolición de las piezas arqueológicas que provoca el tractoreo preparatorio de la siembra, las citadas estructuras que se alzan sobre aquel llano que pareció “terso y bueno” a los invasores españoles para cometer la segunda gran matanza de los defensores pipiles que con su sangre lo anegaron.
Pero no solamente en el subsuelo de aquel valle, como él dice, se encuentran vestigios de aquel asentamiento precolombino, sino “a flor de tierra” todavía en la actualidad. Durante la visita que efectuamos pudimos fotografiar varias piezas líticas, diseminadas en los alrededores, conocidas como “Piedras tacitas”, asociadas con cierto culto estelar, semejantes a las encontradas en otros lugares del país.

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