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Recomenzar

RECOMENZAR 

Por Wilfredo Arriola

Volver a poner las cosas en su sitio, volver a llamar las cosas por su nombre, terminar las vacaciones, sentir que viene el último tramo del año y con él, continuar aquellas cosas que prometimos cumplir a inicios de enero, cuando nos dijimos este año es el mío, esté cederé, me quitaré los malos hábitos e iniciaré nuevos, unos mejores que potencien mi calidad humana y me quitaré aquellos que me volvían lo contrario de lo que he tenido presente en mi proyecto de vida.

Reiniciar es a veces una forma de estrenar una mirada, de ver con detenimiento el pasado, suele suceder después de lo exhaustivo de alguna actividad, de la saciedad. Reparar después de practicar tu deporte favorito en lo urgente de una dieta, repensar después de un gasto importante en el habito del ahorro, reparar en un error y luego coincidir en el “basta”, sentirse derrotado e intentar un cambio. Los excesos nos ubican en la realidad y muchas veces cuando es demasiado tarde, o por lo menos ya muy avanzados en un mal camino. No solamente los excesos, la satisfacción también detona otro puntos de cambio, creer haberlo visto todo, empaparse de lo querido, agotar aquellas cosas por las cuales en su momento estuvimos expectantes de que sucedieran, y que hoy que sucedieron hemos deshojado sus bondades. ¿Qué queda después de un éxito, del derroche, de la satisfacción desmedida? ¿Adónde volvemos a ser nosotros? ¿Adónde nos vaciamos de tanto éxtasis? El vacío, o pretender desembocar esa emoción desmedida nos hace volver a la esencia y luego continuar, a solas o con mucho ruido, quizá, pero la batalla interna siempre es determinante.

Sonaron hace poco unos versos del poeta Karmelo Iribarren: “Los éxitos, por pequeños que sean, se asumen con una facilidad pasmosa. No admiten discusión. No sucede lo mismo con la sensación de que esos éxitos no interesan a nadie más allá de uno mismo”. Hay otros éxitos más personales, más satisfactorios, esos intrascendentes para el mundo, para las redes sociales, pero sí, para nosotros mismos, los que guardamos mirando al cielo una noche cualquiera y meditamos en ese rocoso sendero del silencio y apuñamos la mano en símbolo de victoria, nuestra victoria, las que realmente valen. Dejar de decir malas expresiones, dejar de responderle aquellas personas que no aportan nada, respetar a los conductores que no piensan igual que nosotros, superar un duelo inexplicablemente, terminar un trabajo personal que tanto aquejaba, llamar a mamá simplemente para preguntarle ¿Cómo estás? Sin agendarlo como obligación, simplemente como placer, regalar algo que ya no utilizamos y no sentir remordimiento por ello… Pequeñas victorias, muy personales, muy nuestras. Éxitos que son de nosotros y que forman parte de lo que somos. Después de eso, ¿qué sigue? ¿En quién nos convertimos? o en quién nos develamos…

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