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¡Gracias, Lafitte!

¡GRACIAS, LAFITTE!

Por Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y editor Suplemento Tres Mil

Me dijo que me llamaría, pero habían pasado tres días. En uno de los pocos momentos decisivos de mi vida, tomé la iniciativa y marqué su celular. Y ahí escuché el acento costarricense de Lafitte Fernández para decirme que me esperaba la mañana siguiente. Cuando colgué no me contuve  y di un brinco amenizado por un “¡yes!” que repetí incontables veces sin disminuir mi alegría. El escritor Rafael Menjívar Ochoa me había recomendado junto a otros escritores para aprender de Fernández y si dábamos el ancho ser parte de sus periodistas.

Llegué puntual. Las 9:00 de la mañana marcaba el reloj de pared que le cuidaba las espaldas a don Rafa en la entrada de El Diario de Hoy. Al dar mi nombre no me permitieron estar sentados más de un minuto cuando Julio Carrillo, un individuo con bigote de brocha y una gran buena onda acompañada con innumerables llaves que tintineaban en su cintura llegó. Me invitó a seguirlo.  Me llevó a una pequeña salita que parecía una cámara de Gesell en la que aguardé a que Lafitte me atendiera. De pronto lo vi pasar apurado a la salida y después cruzar la entrada en su camioneta gris para esfumarse. El hombre se había borrado. De Pronto Julito estaba de nuevo frente a mí:

—Disculpá al jefe, tuvo que salir de emergencia. Te va a atender mañana a la misma hora.

Y así salí de aquel periódico, con la incertidumbre de si podría entrar a trabajar ahí.

Al otro día, me recibió Lafitte personalmente. Llegó a buscarme a la recepción y me guió a su oficina, donde las paredes de madera encuadraban dos inmensas ventanas polarizadas que permitían observar la sala de redacción. Me invitó a tomar asiento y puso mi currículo sobre el escritorio. Lo seguía con mis ojos a la espera de alguna pregunta. Pero él sacó un brillo de labios de una gaveta del escritorio y se delineó los labios como si yo no estaba frente a él.

Hojeó mi currículo y tras ello no lo vi convencido. Sentí como si se disculpaba por llegar hasta ahí. Entonces le hablé sobre mi experiencia con el Suplemento 3000 de Diario Co Latino y otras iniciativas en la Universidad de El Salvador.

—¿Así que has hecho periodismo? Bueno, estoy preparando a un grupo de poetas y escritores para hacer periodismo. Venite el sábado por la mañana.

Y así comencé a aprender de aquella institución humana que se preocupaba por la información correcta y la buena forma de escribir. Nos instruyó tomando de ejemplo semblanzas de la revista Gatopardo, además de llenarnos de libros y manuales de periodismo que nos alimentaron. Y ese estilo de narrar la noticia me encantaba porque era como escribir un relato. Después, en 2002, me contrató para trabajar en el Diario para la sección de deportes, coincidiendo con la llegada de Claudio Martínez, un periodista argentino que provenía del staff de El Gráfico de Sudamérica. Esa misma tarde fui a buscar el ambiente previo a la final del Alianza y el FAS a las calles. Confieso que fue en la práctica que aprendí a elaborar escritos periodísticos, tuve muchos fallos e inseguridades que con el tiempo logré superar. Yo quería escribir las noticias como si fueran cuentos o relatos, lo que me llevó a problemas con otros editores, como Rodrigo Baires, que se tomaron el tiempo para explicarle a mi obstinación cómo era el asunto. Tengo presente una semblanza que elaboré sobre Rocky Zelaya. Rodrigo se tomó el tiempo de corregirme y comentarme de su puño y letra una lección de periodismo que aún guardo en mis archivos.

Dentro de aquel diario veía pasar a Lafitte, y a veces lo llegaba a visitar. En algunas ocasiones incluso le enviaba mis notas para que él me enseñara un poco más y me agradaba asistir a las reuniones de la sección de Política con él, porque Lafitte siempre dejaba valiosas enseñanzas sobre su forma de pensar. Cuando él tuvo que dejar el Diario, recuerdo que atravesó la puerta a la dirección del periódico y a la mañana siguiente recibimos la dolorosa noticia de que ya no trabajaría en aquel matutino. Lo perdí de vista, pero seguí admirando su trabajo, su olfato periodístico. Lo veía en un programa de entrevistas en donde también aparecía Francisco Valencia, el director de Diario Co Latino. Era una joya aquel programa, lamentable salió del aire.

Después me lo encontraba para comer de vez en cuando en el restaurante Guan Dong cerca del redondel de la Constitución. A veces solo coincidimos y le veía tomar su sopa mein con el gesto ausente, evidentemente pensativo.

Cuando dirigió Diario1 me invitó a escribir una columna en él. Me dijo que le enviara crónicas, algo que me gusta elaborar y que gracias a él llegué a disfrutar. Después dejamos de coincidir por otro largo tiempo hasta que el Facebook nos abrió un canal para compartir y conversar. En una de esas ocasiones le agradecí por la oportunidad que me dio, así como por sus enseñanzas, me agradeció mis palabras y seguimos la conversación, era un hombre amable y tenía actitudes humildes y ecuánimes. Tenía un profundo deseo de reunirme y conversar con él, pero ya estaba en Costa Rica. Me invitó a visitarlo en San José y me ofreció alojamiento. Lamentablemente ese viaje no se concretó.

El seis de agosto tuve la trágica noticia de su fallecimiento tras un par de días de haber sufrido un derrame cerebral en su natal Costa Rica, partiendo de este mundo físico como una noticia que generaba diversas reacciones. La muerte de Lafitte Fernández es noticia, sin embargo sus lecciones y su obra son inmortales.

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