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LA PRUDENCIA EN LA EXPRESIÓN

Dr. Eduardo Badía Serra,

Director Academia salvadoreña de la lengua

En un muy hilvanado y señalador artículo, el destacado intelectual nacional David Escobar Galindo expresa su preocupación por lo que él señala como el “imperio de la cultura del blablablá”. Dice Escobar Galindo que “La palabra es de seguro el instrumento más valioso con que contamos los seres humanos, y por eso se hace imperativo al máximo cuidarlo con especialísima dedicación”, y agrega: “El control saludable de la palabra constituye, entonces, la clave de su funcionalidad y de su consistencia”. Su preocupación, indudablemente muy fundamentada y atendible, llega cuando……”en alas de la expansión desbordante de las comunicaciones virtuales, se ha desatado una compulsividad verbal que se vuelve cada vez más superficial, irresponsable e invasora. Por eso nos atrevemos a decir que lo que impera actualmente es la cultura del blablablá…….”. Efectivamente, y yo agregaría  que no sólo en las comunicaciones virtuales sino también en los llamados “medios masivos de comunicación social”, esto es, la radio, el periódico y la televisión, esa cultura se expresa con cotidianidad, y parece ir afincándose indisolublemente en nuestras conciencias en un proceso casi irreversible. Señala Escobar Galindo que es necesario detener la gala de verborrea con que hacen gala los “formadores de opinión”, y manejar con extremo cuidado la interacción entre las palabras y el poder, “cosa que ahora brilla por su ausencia”. Termina el gran poeta y escritor diciendo que “¡El blablablá no puede ganarle la iniciativa al buen juicio constructor y reconstructor!

No se equivoca Escobar Galindo en eso que afirma. Y el fenómeno no es sólo nacional sino mundial. Esa es la escala, aunque vale decir que en nuestro país se manifiesta de manera mayúscula. El mal uso del idioma, el exceso de expresiones innecesarias, la violación de esa expresión cautiva que es el silencio con ruidos ensordecedores y sofocantes, y más aún, el uso del insulto y la maledicencia, el morbo y la calumnia,  la vulgaridad y la palabra insidiosa, son diarias realidades con las que se enfrenta la gente que recibe esa ola perversa de la mala comunicación.

El hombre es el animal que habla, dice la filosofía; más bien, lo que se ha querido decir es que el hombre es el animal que se expresa, y el hombre se expresa utilizando diferentes formas, entre ellas, y fundamentalmente, la palabra. Por eso el idioma es parte de la esencia humana, más bien, su principal categoría. Pero cuando se usa el idioma, cuando el hombre se expresa, debe hacerlo bien y con prudencia. Lo prolijo es enemigo de la belleza, y más bien acusa fealdad. Ya decía el viejo Eurípides que “las palabras en verdad son simples”, y esas intenciones que buscan demostrar sabiduría excediendo las explicaciones, no llevan más que a reconocer la propia ignorancia. “Saber que no se sabe, eso es humildad. Pensar que uno sabe lo que no sabe, eso es enfermedad”, decían los taoístas;  mucho tiempo después lo confirmaba Wittgenstein: “Todo aquello que puede ser dicho debe decirse con claridad, y de lo que no se puede hablar, mejor es callarse”.

El Salvador tiene la dicha de expresarse en castellano. Esta es una lengua que se origina en la península ibérica, que se extiende repartida entre dos naciones, Portugal y España, y que puede vanagloriarse de grandes cualidades que la embellecen. El profesor Francisco Espinosa, en su obra “Literatura española e iberoamericana”, señala entre estas: La riqueza de vocabulario en todos los aspectos; la armonía de su pronunciación que, en manos expertas, se torna musical; la libertad de su sintaxis, que permite numerosos giros; y cierta majestad que da a la expresión una nobleza no común a todas las lenguas vivas. Para este maestro salvadoreño, el castellano es poseedor de una de las literaturas más brillantes y ricas del mundo, comparable a la griega y a la romana de la antigüedad, y a la italiana, francesa e inglesa, en los tiempos modernos.

Nuestra constitución, en el artículo 62, establece que el idioma oficial de El Salvador es el castellano, y que el gobierno está obligado a velar por su conservación y enseñanza. Ya antes, en el artículo 6, otorga a las personas el derecho a expresar y difundir libremente sus pensamientos, pero “….siempre que no subvierta el orden público, ni lesione la moral, el honor ni la vida privada de los demás”.  Las expresiones que se dan en nuestros medios de comunicación, y principalmente en los llamados “medios virtuales”, lesionan así lo prescrito por nuestra Carta Magna, pues las malas expresiones, la prolijidad de las mismas, esa “….compulsividad verbal que se vuelve cada vez más superficial, irresponsable e invasora….”, como señala Escobar Galindo, y que él, en una palabra, define como la “cultura del blablablá”, lesionan la moral de los individuos, muchas veces el honor da las personas, e incluso subvierten de alguna manera el orden público.

Escribir es connatural al hombre, es una práctica ancestral en él; expresarse es parte de la esencia humana. Como dice la filosofía, “el hombre es un ser que habla”. Pero el hombre, al hablar, al expresarse, debe hacerlo pulcramente, bellamente, claramente, prudentemente, sobre todo si dispone de un medio, de una lengua, que le permite el gozo de tan apreciables atributos.

Debe retomarse el mensaje de David Escobar Galindo, abandonar esa “cultura del blablablá”, y buscar que “el buen juicio constructor y reconstructor” gane la batalla.

 

 

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