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La pestilente sala de lectura

Rob Escobar
Escritor y psicólogo

Caminé hasta La Tiendona para abordar la sala de lectura. En ese rato el tiempo le asaltó a mi vida cuarenta y cinco minutos de fútil espera, medical hasta que llegó un microbús con el aforo lleno. Lo abordé para no correr el riesgo de que la aguja del minutero pasara revista a otros cuarenta y cinco palitos de mi reloj.
La gente entraba sin fin por una puerta sin tranca, malady hasta el punto en el que me sentí como el pie en lid con la piedra en el zapato. No había espacio ni para la cipota flaca que golpeó las nalgas del microbús solicitando abordaje, cuando este ya había iniciado la marcha.
Para atenuar lo apretado de la situación me puse a recordar la fantástica velada que pasé esa tarde con la lectura de la obra dramática “Vértigo 824”, que realizó su autora, Jorgelina Cerritos, en la Casa del Teatro; y la amena conversación que mantuvimos  recordando tiempos pasados. También recordé el monólogo “Una Temporada en la Tierra (o ¿quién dice que Dios dijo?)”, que presentó Ermis Cruz en ese mismo lugar; el que deleité en compañía de mi amigo, paisano y actor, Carlos Córdova.
Los amenos recuerdos fueron interrumpidos paulatinamente por un fétido olor que fue in crescendo a mi vera izquierda. Un obrero fortachón, de unos cuarenta y tales años, de estatura no tan grande, no tan pequeña, ancló sus pies a la par de los míos. La fetidez subía y subía, sin bajar al igual que lo hace el volumen de los radios cuando se le revienta la pita a la perilla. –¿Por qué eligió mi izquierda habiendo tanta gente con ese mismo lado del cuerpo en esta sala? –me dije.
No había opción, ¿para dónde me hacía?, la apretazón no dejaba paso ni a un calibrador de bujías. Me resigné al pensar que la gélida brisa decembrina que se colaría por los inmensos poros de las ventanas empujaría la hedentina insoportable hacia el olvido. No fue así: todas las ventanas viajaban cerradas.
Alcé mis ojos al cielo de la sala, en búsqueda de aire limpio, los cerré y recordé la página del libro “De parte de la princesa muerta”, en la que dejé la lectura en la mañana, y me quejé de no haber tomado sitio en la sala para continuar leyendo esa noche. Fue por gusto alzar la cabeza. El tufo se había pegado al cielo y se despegaba con cada infinito bache recorrido, provocando como una fétida lluvia que penetraba en las fosas sobre mi bigote. Bajé nuevamente mi cabeza sin abrir los ojos hasta que escuché la canción “Don´t close your eyes, tonight”, que sonaba desmedidamente, como si el motorista fuera pendiente de mis ojos cerrados.
En realidad había hecho reproducir música ochentera, pensando -a lo mejor- en su ego o en el intento de cortejar a la chica de turno sentada aleatoriamente a su lado. Algunas títulos de las canciones, como “Sacrifice”, parecían describir mis esfuerzos por escapar al pestilente aire.
Me apiadé de aquel hombre al imaginarme a su mujer en aquellos momentos cuando los olores corporales son estratégicos para pasar a otros niveles de intimidad. La imaginé podrida y horrible por la contaminación de su compañero de colcha y de vida. También hice una lista de oficios y profesiones en las que le di empleo para justificar su hedor:  terapeuta canino, con la especialidad en rehabilitar perros que se revuelcan sobre sapos muertos y sobre carapachos de cusucos; granjero buscador de huevos de oro en las gallinitas que examinaba por debajo de sus colas con su índice para saber la hora en que pondrían, etc. De reojo vi tímidamente su dedo índice y descubrí mugre en la uña. Bien pude aprobar mi hipótesis al pensar que la costra era titilcuita, pero fui benévolo y pensé que a lo mejor era terapeuta en las mañanas y mecánico automotriz en las tardes, o que era quien limpiaba alguna granja avícola y que la gallinaza le imprimía su peculiar aroma. Le puse una equis a cada oficio imaginado porque su apariencia limpia, excepto las uñas, contradecía las malolientes emanaciones. Llegué a pensar que no era él el que apestaba.
Cuando pasó el cobrador recordé que ellos son expertos en abrir espacios donde es imposible para cualquier mortal. Pensé que había llegado el momento de librarme del mal olor. Así fue: giré ciento ochenta grados y ya no le traía a la par, además la transpiración colectiva provocó que se abrieran tímidamente las ventanas. Me olvidé tan rápido de aquel asunto como veloz fueron los más de cien kilómetros por hora con los que avanzaba aquella sala sobre el azabache de la Troncal del Norte; mientras “Ticket to the tropics” me embelesaba sobremanera, provocándome una regresión hacia la adolescencia. Aunque el racimo de gente era grande, la sala era una procesión de silencio, pocas bocas soltaban fruslerías sobre temas electorales. Pude observar que en nada les afectaba el foco de contaminación vecino.
La luz de la sala era de un perfecto color azafrán. Una vez tomé asiento proseguí con el libro de Kenizé Mourad. Recordé al hombre tufo, al mismo tiempo que me olvidé de él al leer el pasaje donde a la princesa Selma la embadurnan con pomada fragante de granos de mostaza macerados en leche y otras seis especies, polvo de madera de sándalo y perfumes raros que la privaban de lavarse en cinco días, hasta la boda con el rajá de Badalpur. Cerré los ojos e inhalé profundo el aire que corre desde el Cerro de Guazapa, pude sentir el olor de aquel cuerpo principesco y me identifiqué con el rajá de la India musulmana. Para no perder contacto con la realidad pensé que el olor venía de la mujer acostada sobre aquel cerro, la cual se observa desde Aguilares. Lo efímero de aquella transportación le ganó a mi parpadeo al volver nuevamente el penetrante y fétido aroma. No me di cuenta cuando aquel hombre había tomado asiento a mi lado derecho, habiendo más asientos vacíos al mismo lado del cuerpo de otras gentes.
Regresó la historia que no repetiré por respeto al hombre tufo y a su mujer, la que, sin que yo lo supiera, había viajado en aquella misma sala. A decir verdad no estaba horrible: parecía un fresco lirio silvestre cortado en la aurora. Al bajarse se besaron de piquito, bajo una nube de humo de pólvora rezagada de las recién pasadas fiestas patronales que desgranó el cobrador con su calcado grito de ¡servidos señores!
Desde las 8:33 de la noche de aquel 9 de diciembre del 2011 no he visto nuevamente al hombre tufo; y en la sala móvil de lectura tampoco he inhalado fétidas fragancias más que las escapadas de mis axilas al sujetarme de los travesaños al viajar parado.

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