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Audelia, Blanca y Carmela Cáceres en la preparación de los alimentos. Foto Diario Co Latino/Cortesía

La Nochebuena en “Rancho Alegre”

Ivonne Cáceres
Colaboración

En las vísperas de la Navidad, recuerdo que mi abuela Antonia Hernández de Cáceres, “mamá Toña” hacía muchos preparativos para celebrar la Nochebuena.

No entendía porque le llamaba así, a través de la publicidad y el enredo de la gente, me había acostumbrado a decir una fecha del calendario, “el 24”. ¿Qué vas a hacer el 24?, ¿qué van a comer el 24?

Con mucha paciencia mi abuela pintaba con cal los troncos de los árboles del jardín, también las piedras y algunas partes de la casa.

Eso le daba distinción al patio que ya no lucía como el resto del año. Mandaba a podar los árboles y daba mantenimiento al gran horno hecho de lodo y cemento,  que parecía un iglú en medio del patio.

Era para tenerlo listo y poder hornear sus famosas quesadillas de arroz.

Las piedras blancas en el nacimiento recuerdan la tradición de la abuela, en la Navidad. Foto Diario Co Latino/Cortesía

Una semana antes a la Nochebuena, iba al pueblo a comprar “los cuentos” -decía ella -, arroz quebrado, que mis tíos trituraban en el molino que ajustado a un grueso tronco de madera que estaba en la cocina.

También aprovechaba para encargar requesón y mantequilla en la lechería; además, muchas velas.

En la casa de “mamá Toña” no había electricidad, ni agua potable.

Y era ella la que disponía confeccionar el vestido para la figura de barro que representaba al niño Dios.

Arreglaba un enorme nacimiento, con piedras pintadas de blanco, que además de servir de adorno, era un cerco estratégico para evitar  las gallinas dentro del nacimiento.

Cortaba una rama de un árbol y la pintaba de blanco, la adornaba con esferas de colores y otros “guilindujes” -nadie se atrevía a opinar sobre las decoraciones-, tampoco  a poner o quitar -era su ritual-.

El día 23 de diciembre había un movimiento espectacular en esa casa, daba honor al nombre, “Rancho Alegre”, así se llamaba el lugar donde vivió, ubicado en el departamento de Escuintla, municipio de Nueva Concepción, Guatemala.

Las quesadillas deleitaban con su aroma desde que comenzaba la cocción, en el horno de leña.

Todavía me pregunto, ¿cómo podía calcular la temperatura exacta para las quesadillas?

Así como los ingredientes la canela, la mantequilla, el requesón y queso mezclado con la harina de arroz un aroma inolvidable.

El día del 24 parecía una romería de pueblo, gente para acá, gente para allá todos de la familia.

“Mamá Toña” junto a sus hijas departiendo previo a la celebración de la noche buena. Foto Diario Co Latino/Cortesía

“Mamá Toña” tuvo catorce hijos, mis tíos cortaban las hojas de plátano para envolver los tamales, mis tías en la cocina matando y desplumando gallinas, tostando especies, porque todo tenía que estar en su punto, el trabajo era doble, ya que todo se pasaba por el pequeño molino y después repasarlo en la piedra de moler.

Esto para que no quedara “charo” (masa gruesa) decía mi abuela.

Y ella supervisando todo no se descuidaba de su horno.

Aunque había mucho que cocinar los olores no se mezclaban, podía distinguirse cada uno, el condimento de los tamales, la masa, el caldo de gallinas.

Como las quesadillas ya estaban listas servía de desayuno para la mañana de la noche buena.

Era un trabajo de todo el día. Mis tías pese al cansancio hacían el tiempo para preparar su famoso ponche, -que a escondidas de mi abuelo- le ponían un poquito de piquete, para alegrarse en la noche.

Ese día mi abuela prendía todas las velas que había comprado en el pueblo e iluminaba el árbol -no saben lo maravilloso que lucía ese árbol-

Ninguna luz de neón puede igualar ese momento sublime, era especial, después de la faena todos bañados con sus mejores ropas, alrededor del árbol a las doce de la medianoche mi abuela, rezaba por su familia, daba gracias por las cosechas del año y acostaba al niño Dios en su pesebre.

Eso era la Nochebuena, la víspera de la Navidad, del nacimiento de Jesús.

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