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De cómo la furia y la mala vida llevaron a «Sansón» al sepulcro

Julio César Orellana Rivera,

Escritor

Fue ayer, como faltando un cuarto para las siete de la noche y a unos cuantos pasos de su residencia que, un par de sujetos vestidos de negro le asestaron de entre siete a nueve balazos a «Sansón». Este era un tipo de cuerpo recio, que a pura fuerza bruta, doblegaba a las autoridades encargadas de imponer el orden. Era poseedor de una fuerza descomunal al estilo Sansón, un cuerpo de ropero y brazos de cangrejo con bíceps vigorosos. Sabía que, una vez abrazando al contendiente con sus brazos-tenazas, al sujeto le era imposible zafarse; lo hacía perder el equilibrio tirándolo al suelo y ya tumbado, lo agarraba a puntapié y a pescozada limpios. Conocía, que esa era su fortaleza y la explotaba.  Por ejemplo, un día alguien en una discusión le mentó a su madre y «Sansón», enfurecido, de un pescozón  hizo rebotar el cuerpo contra la baranda del parque, haciéndolo caer al piso. Tirado en el suelo se montó como jinete a su bestia  y comenzó a darle puñetazos en cada carrillo, dejándolo monstruoso. Después le golpeó los ijares, le quebró las costillas. Con un puntapié en los testículos  acabó a Fernando, y todavía le zampó un par de patadas en las piernas.

El pobre Fernando parecía hablarle con los ojos, diciéndole: «Ya no me pegués, Sansón». Y aquel, como escuchando sus pensamientos le dijo:

¿Y por qué puteaste a mi nana, pues, hijueputa?

Llegaron dos tipos, que representaban a la  autoridad. Cuando les dijeron que fueran a resolver ese problema y trajeran al culpable, estos se fueron a cumplir la orden, pero en sus adentros, el miedo, como exorcizados, salía de sus cuerpos temblorosos. También ellos fueron víctimas de la fiereza del victimario. Ahí los dejó, tirados  en el cemento, golpeados y vencidos por nocaut. Sacudió sus manos, como quién dice: «Este asunto está terminado». Era, prácticamente, un rey sin corona a quién toda la colonia y  sus alrededores le temían y su voz, la de un demonio humano, intimidador, sin ninguna compasión hacia su prójimo. En conclusión: Un ser abyecto, infame, execrable.

En nombre de la verdad, habrá que decir: Tenía algunas violaciones en su haber, tráfico de drogas en su espalda, era un caco consumado y algunos intentos de secuestro no fueron ajenos a su bajeza.

Y como dice el refrán: «El que mal anda, mal acaba». Y esta no fue la excepción, y más de alguno habrá dicho (o pensado) que un bien le hicieron a la sociedad, porque en las estadísticas no habrá una violación, un secuestro, un robo y un drogadicto más.

Varias habían sido las ocasiones que la Muerte lo amenazó. Un día, teniendo la pistola en la frente, al tipo se le encasquilló el arma y este aprovechó para zamparle una trompada en el rostro, derribándolo en un periquete. Corrió como liebre huyendo del cazador y salvó la vida que en vilo, presentía, pronto llegaría a su fin… y ese día, miércoles once, a veinte años de distancia de la «Ofensiva hasta el tope», «Sansón», sin mover columnas ni derrumbar templos, había dejado de respirar.

Jueves 12/11/2009

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