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Viernes de Cuaresma negro

(Viernes de Lázaro: 23 de marzo de 2007)

«Venía entonces del pueblo un caminito

entre la viña, entre los olivares; bajaba y subía

por los barrancos, se perdía en una revuelta y,

de pronto, otra vez la alegría tan buena del camino.»

Gabriel Miró, Años y leguas.

 

Julio César Orellana Rivera,

Escritor

 

Volví mis pasos a la casa del tío Isabel, antes de mi abuela Petrona. El camino empedrado, lleno de polvo. Cualquier vehículo maleducado le deja a uno cara de payaso. Abordando un pick up podría haber abreviado la distancia, pero opté por estirar las piernas. Quería observar detenidamente el paisaje rústico que la Naturaleza me ofrecía y succionar con mis fosas nasales ese aire cien por ciento puro, que sólo en el campo transita y generoso, ofrece al transeúnte. La nostalgia, como un tumbo me revuelca los sesos y recuerdo con más odio que alegría los sinsabores y amores pasados.

El tigüilote de ramaje triste y fruto blanquecino que simula fruto de la vid. El camposanto a mi flanco izquierdo, cuya existencia era inconcebible por aquellos años pero que, misericordioso supo dar refugio perpetuo a mi excompañero de escuela, Mariano Martínez, víctima del terremoto del diez de octubre y de los malditos escombros del Rubén Darío. La clínica a mi flanco derecho no sé si da consultas como antes, sólo un día a la semana. Pronto me encuentro con un tramo pavimentado, mísero diría yo, para los tres kilómetros de calle desnuda y polvorienta que continúan y parecen no tener fin; me sorprende ver unos quinientos metros más adelante una valla anunciando el proyecto: «Empedrado y concreteado de calle Los Copinoles, cantón Valle Nuevo”, cuyo costo es superior a los doce mil dólares. Y la muletilla: «Tus impuestos invertidos en buenas obras.» Y la interrogante cae de sopetón: ¿Quién, con dinero ajeno va a invertir en buenas obras? Realmente da pena y pienso que esos fondos sólo sirvieron para engordar los bolsillos del funcionario de turno.

Mis huellas siguen mi marcha. Observo cómo la vieja ceiba, más vieja aún, espera mis pasos. Veo hacia abajo y sobre el camino payaso de estos días de canícula, me miran (y se miran) con ojos domésticos un gallo y un perro, como preguntándose por la identidad del transeúnte. En mi andar, el vecino más próximo es un conacaste centenario de raíces enormes que parecen lagartos asoleándose. Un cerco de púas divide esta parcela con la de don Ezequiel, un hombre alto y chele, cuya arma más poderosa no era el voto sino una hoja larga y delgada parienta de la espada samurái.

A un lado y a otro del camino encuentro iglesias de distintas denominaciones en franca competencia por ganar ovejas descarriadas (o descarriladas); a la ermita de Nuestra Señora de Fátima ya la sacaron del camino, y por lo que percibo compite con pocas almas.

Me aproximo a la casa de la niña Reyes y de don Gerardo: ambos eran dueños de varios miles de colones, una tienda, tierras, ganado vacuno y de un hijo bastante zonzo con cara y nombre de apóstol: Felipe. La niña Reyes, don Gerardo y Porfirio (otro de los conocidos), eran los Rockefeller del Valle Nuevo. De la mamá y del papá de Felipe me cuentan que se fueron de viaje para el cementerio, y del hijo que, habiéndose integrado a la Guardia Nacional, un día sacó a punta de pistola a varios ladrones que intentaron hurtar en la tiendita. Para proteger ese triunvirato de sociedad que se llama «tienda» colocó material explosivo en los contornos de la vivienda, pero en el manipuleo, uno de ellos le salpicó el cuerpo de esquirlas, y muy molesto porque la bomba explotó en un momento inoportuno, agarró sus maletas y fue él quien primero se marchó a la ciudad de los calvos. De Porfirio nada pregunté.

Seguí avanzando, y esta vez encontré a mi derecha la casa de Isabel, una chica de la cual me enamoré perdidamente y hasta le escribí diciéndole que era mi consuelo y mi refugio, que sin ella no podía vivir; pero como al reo que de nada le sirve su propia confesión quedé condenado a la soledad, porque su novio se llamaba Fernando, un tipo feo, bigotudo, con cabello de puerco espín, mayor que mis catorce años de vida y con un grado académico de igual tenor. Esto me lo contestó con una caligrafía que pareciera haberla escrito con los pies.

Otro avance, otro rótulo. Proyecto: «Reconstrucción de tramo calle Los Copinoles, cantones   Valle Nuevo — Planes de Las Delicias.» ¡Qué barbaridad! La misma chambonada, pero esta vez el doble de pavimentación y el treinta y ocho punto setenta y uno de incremento porcentual en el monto respecto al primer proyecto. Esta vez la muletilla es más sugestiva: «Manos a la obra por nuestra comunidad.» Pero alguien con dos dedos de frente puede reflexionar que a esa «gran» obra le quedó chiquito el milagro.

Más adelante la casa del tío Isabel lindando con el terreno patronímico de los Baires, antes habitada por Consuelo, la niña Fina, Jorge, la Nuria, Ovidio, Wil y el chele Villo. Hoy la casa ya no es una fiesta: unos se fueron para San Salvador, otros para el país del «Gran Hermano;»  otros se quedaron, como el chele Villo, único morador de la casa solariega y la niña Fina que se arraigó al sepulcro.

Subo la cortísima pendiente de la casa familiar. Me reciben miradas distintas, de perros distintos que ni aún conociendo el alfabeto me ayuda a descifrar el nombre que cada uno lleva en su ánima. La geografía es distinta, los árboles que decoran el paisaje campestre, también. El mamonero de tupido follaje prodiga frondosa sombra en estos días de intenso calor. Los tamarindos que pequeños dejé, ahora son adultos y de sus ramas cuelgan con abundancia el ácido fruto que apetitosamente requieren en su mesa las amas de casa; el jocotal desnudo de hojas y los anonáceos ya no existen.

En lugar de una sola edificación encuentro tres. Saludo primero a la niña Tancho y a otras personas que están en el patio; sigo hacia el corredor e idéntico gesto me acompaña. Echo una mirada al cuarto principal, y de reojo veo que mi tío aún no se levanta: una sábana blanca lo envuelve de pies a cabeza. Pregunto por mis otras primas y me señalan el patio, exactamente hacia el lado contrario de la niña Tancho. Aparecen a mi vista, Elsa, la mayor del clan Rivera–Navarro, muy avejentada por cierto, para la edad que calza; Mayra tiene exceso alimenticio en su rostro y Tita, de disminuida estatura, está pareja de gordura.

El tema del día es uno, pero de este se derivan otros. Conversamos también de asuntos baladíes, pero luego, sin querer, caemos en la plática que dio pie a la interactuación del verbo.

— ¿Ya lo viste? — me preguntó Elsa.

— No — le respondí.

Y ambos nos levantamos de sendos troncos de conacaste que de silla utilizábamos. Cada uno orientó sus pasos hacia el corredor y luego al cuarto principal. Elsa le descubrió el rostro hasta la altura del pecho: estaba sereno, muerto, como haciéndose el dormido.

…Y sobre mi hombro lloró amargamente.

Antiguo Cuzcatlán, abril 6 de 2007

(Viernes Santo, 1: 27 a.m.)

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