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Una lección de solidaridad

UNA LECCI{ON DE SOLIDARIDAD

Marlon Chicas El Tecleño Memorioso

En una tarde de verano bajo el azul del cielo y el bullicio de los pericos en sus nidos, mi madre disfruta una humeante taza con chocolate, mientras se balancea en su vieja mecedora, sentado a sus pies, cuenta la historia de una longeva mujer acostumbrada acomodarse en la grada de una venta de quesos provenientes de Nicaragua en el mercado tecleño,  todos los mediodías la anciana de blanquecina cabellera inhala el olor de los lácteos, mientras muerde un pedazo de tortilla, tratando engañar a su estómago de degustar suculento manjar.

Su presencia incomoda a la dueña del negocio, quien iracunda llama a un gendarme encomendándole retirar a la anciana, acusándola de hurtar el delicioso producto, el agente observa a la señalada, comprobando que la nonagenaria inhala en sus cansados pulmones el olor del queso, acto seguido consume una porción de tortilla, repitiendo la acción varias veces.

Con dedo inquisidor la encolerizada mujer acusa falsamente a la anciana diciendo – ¡Está señora me está hurtando el queso! A lo que la abuelita de ojos cansados y surcos en la piel responde – No yo no te robo nada – agregando – Lo único que te quitó es el olor del queso, mientras como mis tortillas- la respuesta enternece al vigilante que, con lágrimas en sus ojos y un nudo en la garganta, recrimina a la locataria ante tal injusticia con esta advertencia.

-Disculpe señora, el mercado es público, nadie tiene derecho sobre los pasajes o gradas del mismo – añadió -Si quiere que le retire a la anciana ¡pártale tres libras del mejor queso que tenga! caso contrario no la retiro – agregó – ¡Qué barbaridad, dan ganas de llevármela presa por injusta! – ante tal reprimenda y a regañadientes la vendedora pesó las tres libras del mejor queso ordenadas por el gendarme.

Acto seguido con tierna voz el agente dirige estas palabras a la mujer de espalda corva y cabello cano, -Madrecita aquí tiene tres libras de queso, para que lo coma en su casita- agregando – ¡En el mundo hay personas que no aman a sus semejantes! – luego sugiere a la ancianita no acercarse más por el sitio, evitando nuevos altercados con su presencia, la abuelita asiente con su cabeza con una sonrisa en su rostro, recibiendo una caricia en su envejecido rostro de parte del gendarme.

La anterior crónica ocurrió en tiempos de juventud de mi madre, siendo testigo de ello, la autora de mis días, quedando marcado en su corazón y mente, esta historia debe llevar a la reflexión sobre la dura realidad que viven a diarios nuestros adultos mayores, deambulando en las calles, condenados a su suerte incluso de aquellos a quienes les dio la vida, durmiendo en portales o donde caiga la noche, viviendo de la misericordia Divina, esperando un nuevo día con la fe que será mejor que ayer.

Esta historia motiva a recordar un fragmento de una bella canción del cantautor guatemalteco Edgar Ricardo Arjona Morales “Me quiso cuando al borde de la meta, llegué penúltimo en la maratón, me quiere de insensible o de poeta, de genio de ministro o de bufón”, nuestras madres y abuelas a pesar de todo nos aman con pasión por lo cual merecen amarlas, respetarlas y dar el lugar que merecen.

De nada sirve derramar lágrimas frente a un frio ataúd, ante quien ya no siente ni agradece, si en vida no somos capaces de prestar atención a sus necesidades, escuchando con atención sus historias contadas mil veces, descubriendo la magia que hay en ellas, con cariño a mi querida madre Magdalena, a las madrecitas y abuelitas en el cielo, a las madres salvadoreñas y del mundo.

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