Amigos y compañeros, de dentro y fuera del país, me han preguntado sobre mis valoraciones de la marcha del 1o. de mayo. Para contribuir al debate comparto en esta columna algunas ideas planteadas en esas conversaciones, en las que he destacado un balance positivo de dicha movilización sindical y ciudadana.
En primer lugar, la valentía de marchar en un ambiente dominado por el temor, las amenazas y la persecución dictatorial. Con la «espada de Damocles» del régimen de excepción sobre sus cabezas, centenares de sindicatos, organizaciones populares, comunidades y gremios médicos y magisteriales expresaron con fuerza sus críticas y demandas.
Las organizaciones que marcharon el 1o. de mayo constituyen la base mínima necesaria para las futuras movilizaciones que reenrumbarán al país por nuevos caminos democráticos y hacia la construcción de una sociedad justa, incluyente, equitativa, sustentable y verdaderamente pacífica.
Históricamente, las grandes movilizaciones sociales que han generado cambios han sido gestadas por minorías críticas que resisten en las condiciones más adversas. Funcionan como chispas que luego encienden en amplios sectores de la sociedad que se van desengañando, perdiendo el miedo y recuperando el sentido crítico, la decencia y la dignidad ciudadana. Tenemos el ejemplo de la huelga general que derrocó a Maximiliano Hernández Martínez en 1944 y los movimientos revolucionarios de los años setenta y ochenta.
En segundo lugar, la total coincidencia en una agenda ciudadana que aborda las problemáticas estructurales y las realidades más sentidas por la gente: rechazo a los despidos, la precariedad económica de la mayoría y las amenazas de privatización de la salud, la educación y el agua, con la nueva Ley de Alianzas Público-Privadas.
Las organizaciones marchantes también denuncian la minería metálica, la crisis alimentaria, el despojo de tierras, el «robo de las pensiones», la corrupción, el endeudamiento público, la persecución política, el encarcelamiento de personas inocentes, la falta de acceso a vivienda y la aporofobia que caracteriza al actual gobierno.
Replanteada y resignificada en clave propositiva, esta agenda sería la base para una plataforma programática orientada hacia la construcción de un nuevo proyecto de transformación nacional alternativo al autoritarismo y ultraneoliberalismo del clan familiar que pretende perpetuarse en el poder. Este proyecto podría tener, entre otras fuentes de inspiración, el legado romeriano, la experiencia de las comunidades históricas y la cosmovisión de los pueblos originarios.
En tercer lugar, la urgencia de una mejor coordinación y el desafío de la unidad. Hubo dos marchas que finalmente no se juntaron y fueron por rutas distintas. Por lo numeroso de ambas, juntas habrían sido la marcha más grande de los últimos cuatro años, solo superada por la histórica movilización del 15 de septiembre de 2021. Lástima.
Las organizaciones deben superar los sectarismos, protagonismos, resentimientos y otras tontarías que padecen algunos de sus dirigentes. La situación nacional es demasiado grave y los desafíos tan enormes como para no avanzar rápidamente hacia mejores niveles y mecanismos de coordinación, articulación y unidad. Si no lo hacen, la dictadura se impondrá y el inevitable juicio de la historia no las absolverá.
Y, finalmente, en cuarto lugar, la reacción deplorable del régimen autocrático. Un gobierno políticamente inteligente tomaría nota de las quejas y demandas de las organizaciones sindicales y sociales, en tanto que también son las exigencias de la mayoría de la población. En vez de eso, el oficialismo descalifica, demoniza y ridiculiza la legítima movilización sindical y ciudadana.
Organizaciones participantes han denunciado la presencia de infiltrados generando desorden, manchando paredes y cometiendo otros actos vandálicos. Esto, para alimentar la desinformación y manipulación de los «troles» de la fábrica de mentiras y el aparato de propaganda oficialista.
Para terminar, es llamativo que el gobierno no tenga la capacidad de montar una movilización paralela con sus sindicatos u organizaciones afines, y que se limite a una reunión de su flamante ministro de Trabajo con un grupo de empleados estatales. Son señales inequívocas de debilidad de un régimen súper poderoso que se ufana de ser inmensamente popular y de tener el respaldo de casi toda la población.
*Periodista y activista ambiental.
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