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Terremoto político en el Capitolio

Lo ocurrido la tarde del miércoles en Estados Unidos, cuando centenares de violentos seguidores del presidente saliente Donald Trump irrumpieron en el Capitolio, y obligó al legislativo a interrumpir el proceso de conteo de votos electorales, fue calificado como el atentado más grave a la democracia de los Estados Unidos. A través de la televisión, el mundo entero pudo observar cómo las turbas de Trump ingresaban al Capitolio, una edificación que es orgullo de los estadounidenses y vendida como ejemplo de la democracia occidental, y era mancillada en un intento de revertir los resultados electorales de noviembre pasado.

Y es que Donald Trump, quien mantiene el absurdo discurso de que le robaron las elecciones, pretendía evitar que las dos cámaras hicieran lo suyo en la parte del proceso electoral, de acuerdo con lo establecido en las leyes estadounidenses. El aferramiento de Trump en la presidencia, es decir, en el poder político total, lo hizo cometer la más grande locura política, que hasta congresistas recién electos han reprochado y que, posiblemente en el futuro, le pasará facturas al Partido Republicano. Algunos analistas creen que el partido de Trump se dividirá, pero solo el tiempo lo dirá.

La irrupción al Capitolio ha sido llamada de diversas formas.

El presidente electo, Joe Biden, lo calificó como una insurrección promovida por Trump, otros como una intentona golpista. Pero llámese como se le llame, lo cierto es que lo ocurrido en Washington, producto de unos inmensos deseos de poder total, ha puesto en jaque la democracia en los Estados Unidos, y esto pese a que la institucionalidad logró poner en orden la situación.

Por un lado, no hubo más derramamiento de sangre, a pesar de las cuatro víctimas mortales producto de la refriega y, tras el decreto de la ley marcial, en cuestión de horas las autoridades tomaron el control del Capitolio.

Por el otro, la pretensión de Trump no pudo llevarse a cabo, es decir, impedir el recuento de los votos y dar por ganador al candidato demócrata Joe Biden, pues los congresistas y senadores, bajo la conducción del vicepresidente saliente Mike Pence, retomaron el debate y en horas de la madrugada, el mismo Pence dio como ganador a Biden.

Claro, la intentona golpista o insurreccional de la extrema derecha comandada por Donald Trump debe tener un desenlace de fuerte castigo a los impulsores de la acción golpista, empezando por el presidente saliente Donald Trump. Esto es un verdadero reto para la democracia estadounidense. A partir de lo ocurrido en el Capitolio, los próximos liderazgos de los Estados Unidos, comenzando con Biden, deben reflexionar profundamente para ya no continuar dictando o imponiendo sus recetas democráticas en América Latina, en particular, y en el mundo entero. Es decir, dejen en paz a Venezuela, Cuba y Nicaragua, por citar tres ejemplos.

Los ciudadanos estadounidenses deben reflexionar profundamente sobre los perfiles que deben presentar los candidatos a la presidencia y descartar, de antemano, a los locos, independientemente de que sean millonarios, los mesiánicos, los manipuladores, mentirosos, los antiinmigrantes, los racistas, etc.

Pero las lecciones también deben ser retomadas en El Salvador, porque el presidente Nayib Bukele tiene mucho parecido actitudinalmente con Donald Trump, como el egocentrismo, la mentira y el desprecio a la institucionalidad. En un mes, El Salvador recordará lo ocurrido en la Asamblea Legislativa, cuando el presidente Bukele ordenó irrumpir el Salón Azul con la Fuerza Armada y la Policía Nacional.

Una semana antes, se hacía un llamado a la población a tomarse las curules si los diputados no aprobaban un préstamo para la seguridad.

Y contrario en el Capitolio, donde un vándalo se sentó en el sillón de la presidenta del Congreso, el 9 de febrero fue el propio presidente Nayib Bukele el que se sentó el sillón presidencial del Congreso, sonó el gong y dio por abierta la sesión plenaria, con apenas una decena de diputados de su partido y de partidos apéndices. Para quienes aún no se han dado cuenta, lo ocurrido el 9 de febrero de 2020 fue un verdadero atentado a la débil democracia de El Salvador y así lo registrará la historia, y así ha quedado evidenciado con lo sucedido en los Estados Unidos ese miércoles negro del 6 de enero de 2021.

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