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Sinfonía inconclusa…

René Martínez Pineda
Sociólogo, UES

Cuando, en cualquiera de sus formas –biológicas o burocráticas-, la muerte asoma la nariz en nuestra casa -como una papalota negra a la que nadie ha invitado- todo asume la dimensión correcta, y esa dimensión es el último y desesperado intento por demorar la partida perentoria, ya que todo moribundo respetable siente que le falta mucho por hacer y mucho por decir. En esos acres momentos de la utopía, la ciudad es ruina sin arqueólogos y sin almas en pena, y las tinieblas son el ropaje de las siluetas furtivas que, trémulas, corren en busca de un tibio mendrugo de felicidad venérea; en esos momentos comprendo que hay realidades enterradas en el inframundo del pecho que me resucitan, me sacuden, me gritan que la fiesta de la utopía no ha terminado, que aún falta por ver el mejor de los desenlaces y la mayor de las comuniones sin liturgia; que me hacen saber que aún tengo muchas cosas por hacer y muchos lugares a los que debo volver para encontrarme tal cual me dejé hace tantos años: sentado en la banca de Mafalda, en San Telmo.

Cuando la ciudad es una ruina que la distancia pone gris, salgo a la calle y me enfrento a los otros que no se creen parte de nosotros, aunque caminen descalzos; me enfrento a las ratas de la reacción con lo único que poseo: mis recuerdos, mis preguntas, mi utopía. Y sin esperar respuesta les hago una pregunta a ustedes -mis lectores- e incluso a ustedes, los que no lo son y que, por odio puro, interpelan a la historia de la lucha de clases por el hecho de que no fueron parte de ella porque pudo más el miedo, la mezquindad, la vileza y la miseria putativa heredada de las golosas arcas de la injusticia.

Te pregunto a ti, antepenúltimo lector, esta dulce e inocua tontería: ¿Alguna vez has huido intempestivamente por las sinuosas veredas de un cerro invadido por el ejército enemigo y has sabido, en esos minutos, que eres el comandante de tu cuerpo y de tu alma, y has sentido que no hay tatú seguro donde refugiarse, y has sabido que mantener el paso es sostener la vida? Yo necesito volver a sentir eso una vez más -antes de que la papalota negra se pose en mi hombro- para que mi instinto de supervivencia se junte con mi razón. Quiero estar en la Catedral de San Salvador oyendo la última homilía de monseñor Romero y sentir en mi pecho el cabalgar de los mil novecientos ochenta potros salvajes de la indignación que se desboca; quiero comer, una vez más, un monstruoso bife de chorizo en el restaurante Niña Bonita, en la avenida Corrientes de Buenos Aires; abrir de nuevo las puertas de la legendaria Bella Nápoles y tomarme el penúltimo café mientras imagino que su dueña es la abuela desalmada de la Cándida Eréndira; comerme doce pupusas, cocinadas en comal de barro, en la remota pupusería de la Niña Lilian, en Ciudad Delgado, y contemplar el bramido del tren de las seis de la tarde que va rumbo a las tierras del imaginario popular; fumarme un cigarro picante en las mortecinas calles de la Guadalajara sabatina; quiero otro trago de Jack Daniel´s Honey en las rocas… y luego otro, y luego otro más, hasta que mis palabras sepan evadir al carcelero de Gramsci; quiero sentir una vez más en mi piel el voraz incendio de la piel de mi esposa en la tórrida clandestinidad de un hotel sin estrellas de Antigua Guatemala, y sentir, una vez más, las hojas secas y mullidas que, incondicionales y silenciosas, me sirvieron de cama en el lejano campamento guerrillero que, desafiando al tiempo, aún está prendido con uñas y dientes de las faldas del volcán de San Salvador a la espera de que los traidores y los testaferros huyan con rumbo desconocido; necesito una madrugada más de música popular en los barcitos de El Castillo del Morro, en La Habana; una noche más de guitarra eléctrica ejecutada de chiripa por Antonio, el arquitecto de sonrisas; quiero subir al árbol más alto del cantón Milingo y mirar las pinturas de René, el prestidigitador de colores, y oler el humo de la cocina de leña de mi bisabuela; quiero esconderme en el atrio de una iglesia abandonada y jugar fútbol con mis amigos de la infancia, sentir el viento en mi cara secando mi sudor, meterle el gol del gane a la tiranía militar y hacerle un túnel a la miseria académica que se burla del pueblo desde libros ingenuos o perversos.

¿Alguna vez has huido intempestivamente por las sinuosas y vocingleras calles de una ciudad invadida por el ejército enemigo y has sabido que en esos segundos eres el comandante de tu alma, de tu cuerpo, de tus sentimientos, y has sentido que no hay un hospital seguro y social donde ocultarse, y has sabido que mantener el paso es sostener la vida del hilo de una piscucha? Quiero sentir eso una vez más, sentir una vez más ese colosal apuro, esos tremendos sentimientos de utopista consuetudinario en cuyo imaginario la guerra civil continúa por otros medios y con otros militantes. Quiero tomarme otra cerveza artesanal en el Das Capital, en la Karl-Marx-Platz, en Berlín, Alemania, viendo los restos mortales del muro que los explotadores demolieron para evitar la caída del muro de la pobreza; quiero un viaje más a la Finca Los Andes para embrujar el embrujo de amor que late en la flor de la familia; quiero volver a ver la Cordillera de los Andes desde el cielo para recordar que soy pequeño; cruzar una vez más el Mar Tenebroso oyendo More than a feeling para conjurar naufragios; navegar de nuevo de Mazatlán hacia el Cabo San Lucas en un barco de papel y sentir la furia del mar amenazando con no volver a mostrarme tierra firme; quiero comer una vez más una orden de tacos calientes en Tapachula para mitigar mi frío de emigrante; saborear una vez más el primer beso en la boca que di cuando niño; hablar sobre política en la peluquería La Francesita, que está en el ombligo de la avenida Juan Bertis; ver una vez más el Jardín de Luxemburgo para volver a enamorarme de su hermosa flor de dos péctalos; leer otra vez “Cien años de Soledad” a la sombra de un chocolate caliente y solitario; entumecerme de frío en una cárcel clandestina, una vez más, para recordar que en ese lugar se recuerda y se calla en defensa propia. Quiero todo eso, una vez más… o dos veces más, para que la utopía no sea una sinfonía inconclusa.

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