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¡Oh, atenienses, no sois más que niños!

EL PORTAL DE LA ACADEMIA SALVADOREÑA DE LA LENGUA.

¡OH, ATENIENSES, NO SOIS MÁS QUE NIÑOS!

Por: Eduardo Badía Serra,

Miembro de la Academia Salvadoreña de la Lengua.

“Érase una vez, y todos fueron felices,

y comieron perdices”.

James Joyce.

¡Claro que también puede hablarse de la democracia! ¡Por supuesto que sí! ¿Por qué no, si es un tema central en nuestro diario vivir? He hablado de mi filosofía de la interioridad, de una filosofía de la proximidad que permita que se encuentren el Ser con el Yo; he hablado de la soledad, del silencio, de la necesidad de nuestro recogimiento, del introyectarnos a nosotros mismos para poder leer bien la realidad. Parece utópico, una idealidad, incluso una irreverencia, decir que ello pueda servir de lucha contra esa vida que llevamos, vida de seres-para-la-muerte, de seres arrojados-ahí, de pasiones inútiles. Yo creo que no lo es, nada hay que en este momento sea más real que eso. Hay que descubrir las dos caras de la conciencia, aquella que enfrenta al mundo y la que se enfrenta a la intimidad del hombre mismo, y, confrontadas, buscar en ellas la razón. Y la única forma en que puede darse ese enfrentamiento es en el encuentro íntimo del Ser con el Yo, encuentro que sólo se da en la reflexión interior del hombre con sí mismo, y la soledad y el silencio son los lugares ideales para tal reflexión. Por eso es que he insistido en hablar de esas cosas. Cuando el hombre se convierte en el “sujeto individual”, y como tal se reconoce, allí se encuentra el Ser con el Yo, y de la suma de encuentros deviene lo objetivo, la colectividad, y entran a ser las sociedades. No de otro modo. Pero bien, el hombre opina, y cuando el hombre opina, también opta, y hay que respetar las opciones, cualesquiera que estas sean.

¡Claro que podemos hablar de la democracia, y del estado de derecho, y de la separación de los poderes, y de la gobernabilidad, y de los pesos y contrapesos! ¿Y no más bien de esto es de lo que el país ha estado hablando por años y años, elección tras elección, gobierno tras gobierno? Y ello, ¿qué nos ha traído? ¿Acaso no seguimos siendo pobres, sufriendo el hambre, la injusticia, la ignorancia, la enfermedad, la desesperanza? ¿Acaso el país no continúa con su cementerio de ideas políticas, enterrando unas y reviviendo otras según sea el cristal con que estas se miren? “Estoy solo y no hay nadie en el espejo”, decía Borges.

¡Claro que podemos hablar de la democracia, del estado de derecho, de la separación de los poderes del Estado, de la gobernabilidad, de los pesos y contrapesos, y leer de nuevo a Montesquieu, y a los grandes “clásicos” de la ciencia política, y de las constituciones esas que se soportan sobre “cláusulas pétreas”, haciéndose dogmáticas, y a veces lindando ya en el sectarismo! ¡Cláusulas pétreas esas que anclan a una Nación en el “hoy”, ignorando que las sociedades evolucionan, incluso políticamente, y que los sistemas deben ir adaptándose a dichas evoluciones. Cuando en función del avance de la ciencia y de la técnica, el mundo se encuentre en el dominio de esa sopa de fotones y bariones que constituye el universo, El Salvador, en función del pensamiento lítico, casi póngido, de sus dirigentes, seguirá viviendo en la “democracia”. “Oh, atenienses, no sois más que niños”, decían los sabios egipcios a los griegos novatos idealistas que comenzaban a jugar con sus sistemas sociales.

¡Hablemos de ello! ¡Sí! ¿Cómo no? Yo lo haré a mi manera, porque, como he dicho, cada quien ve el cielo desde su propia longitud de onda, longitud de onda que nunca será igual que la del otro que también lo ve! Hablo aquí entonces de la democracia.

Winston Churchill dijo alguna vez que “el menos malo de los sistemas políticos era la democracia”, tratando así de justificarla. Este político inglés, de rancio espíritu elitista, se equivocaría en ello, y expongo tres razones para afirmarlo: En primer lugar, no es totalmente cierta al menos tal afirmación. Recurro a la historia, y si admitimos que un sistema político es bueno cuando provoca la mayor felicidad y el mejor sistema de vida a sus habitantes, debemos recordar un poco, yendo hacia atrás, a los grandes imperios, el romano, por ejemplo, cuyo gran paradigma fue el derecho, y sus antecesores los tiranos griegos cuyo paradigma fue la filosofía. Si caminamos hacia atrás, recordemos el desarrollo de las grandes culturas mesopotámicas, y de los egipcios y sus faraones, culturas que ya desearíamos reproducir ahora. China nos da otro ejemplo casi definitivo con sus emperadores. El asunto aquí es que nosotros siempre estamos sesgados con nuestra idea de la superioridad occidentalista, un verdadero mito que afecta nuestra conciencia y sesga nuestro pensamiento.  Yo no creo que nuestros sistemas “democráticos”, estén logrando ha felicidad y el desarrollo pleno de sus respectivos pueblos, y no desearía aquí, por razones de espacio, abundar en ejemplos. Todas las grandes civilizaciones han sido producto de sistemas poco o nada democráticos, y sobre los hombros de esas grandes civilizaciones se han desarrollado las actuales. El señor Churchill, además, deja una sensación de poca sobriedad cuando casi justifica la democracia en el sentido de que cualquier otra cosa sería peor, lo que no quita que ella misma lo sea. Poca cosa, pues, le otorga en el fondo con sus palabras. Y finalmente, vamos al contexto en que él expresó ese pensamiento, la guerra, precisamente, una guerra que, lejos de ser mundial, fue la guerra entre las potencias de occidente. Churchill reduce el mundo a “su mundo”, olvidándose de sus colonias, entre las cuales, la India, a la que siempre trató con tanto desdén. “Odio a los indios – dijo alguna vez también, este hombre tan dado a las frases-. Son un pueblo asqueroso con una religión asquerosa”.

El occidente se ha auto considerado el amo del mundo. Luego, para el occidente, sus sistemas son los que deben regir a la humanidad. Y el occidente habla de la democracia como “su sistema”, a pesar de que este, en su inicio, es de origen netamente oriental, al menos en su doctrina, puesto que, en la realidad, los griegos, sus creadores, nunca fueron muy amigos de desarrollarla en la práctica. Sir Bertrand Russell, el gran matemático y filósofo británico, también habló de la democracia, pero fue muy prudente. En una entrevista que se le hiciera en 1952, ya cuando él era un octogenario, habría dicho a su entrevistador que “…..la democracia es la mejor forma de gobierno…..¡donde funciona!”. Fue más optimista Russell en su opinión. No dice que es el menos malo de los malos, como lo dijo Churchill, sino el mejor de todos, pero matizó, tremendamente, cuando admitió que era así “….cuando funciona”. Y aquí, el problema es saber dónde ha funcionado la democracia. Si pudiera hablarse de un solo ejemplo de país democrático, ya habría un margen de posibilidad a tal sistema. Pero, al momento, no lo hay, y aclaro, no lo hay en la realidad, no en el discurso.

Hay gentes que afirman, con una absolutez de pensamiento, que los Estados Unidos de Norteamérica son el país en donde funciona plenamente la democracia. No quisiera ni siquiera referirme y menos comentar tal falacia. No vale la pena.

“El hombre es siempre el mismo, pero nunca es lo mismo”, dicen los filósofos. Aquellos que quieren universalizar la democracia, y es más, eternizarla, como nuestra Constitución con sus “cláusulas pétreas”, ignoran lo anterior, y ello les hace caer en un craso error. En el caso de la democracia, ni siquiera en la doctrina, en la teoría, puede haber una sola democracia para todos los pueblos. Habrá pueblos que son para la democracia, y los habrá que no lo son. Anticipo que el nuestro no es un pueblo para la democracia, puesto que lo que aquí impera es una especie de sinarquía económica, esto es, poderes y funciones a un Estado concentradas en sinarcas económicos que actúan simultáneamente.

Bien, ¡Es bueno hablar de la democracia! ¡Hagámoslo! Ya he puesto algunas ideas. Déjenme continuar en los próximos portales. Pero mientras, reflexionemos sobre nuestra interioridad misma, en soledad, en silencio, y busquemos, dentro de nuestra conciencia interior, el encuentro de nuestro Ser con nuestro Yo. Así, y no quemando hogueras en las plazas ni gritando discursos vocingleros desde las ventanas, lograremos cambiar nuestro sistema, y con ello, nuestras vidas. ¡Parece mentira!

 

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