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Los Viejos

Carlos Hurtado, 

Escritor y fotógrafo

 

“La vida es una comedia para aquellos que piensan y una tragedia para aquellos que sienten.”

Jean de la Bruyère

 

—¿Señor, tiene una pistola que me preste para pegarme un tiro? —dijo la mujer.

—¿Por qué quiere hacerlo? —alcancé a preguntar.

—¡Mis hijas vinieron a tirarme aquí y se olvidaron de mí!

Quedé turbado. No supe qué responder. ¿Qué palabras de consuelo se pueden dar a una mujer, desesperada por el abandono y soledad, buscando una forma de acabar con su sufrimiento?

Había visto perros abandonados por sus dueños, pero nunca conocido una persona que llegaran a tirarla a un asilo de ancianos como a un objeto sin utilidad.

El asilo era mixto, con un área para hombres y otra para mujeres. Estaba administrado por monjitas que, dentro de la precariedad, intentaban darles una vida lo más digna posible. Al menos no vivían en la calle, tenían techo, alimentación, una cama dónde dormir y alguna atención médica.

Ese día, acompañaba a un grupo de señoras caritativas que, una vez al año, llevan pollo y gaseosas para que almuercen los ancianitos. Las monjitas están muy agradecidas por ello.

Para la actividad, colocaron en la calle un par de canopis que prestó la alcaldía, con varias mesas y sillas de plástico. La orquesta del cuartel local amenizaba el evento.

Me pareció caridad un tanto aséptica, ya que almorzaban juntos pero no revueltos: los ancianitos en sus mesas y las señoras caritativas en las suyas. Al percatarse de la situación, una de las señoras fue, con su plato, a sentarse con los viejitos. El resto de ellas, continuaron almorzando en sus mesas.

Yo era un extraño en la actividad, ya que iba en calidad de metido (larga historia del por qué andaba allí), así que les dejé almorzando y me fui a recorrer las calles del pueblo para meditar y buscar dónde comer.

Es triste para una persona, llegar al final de sus días como un objeto cuya vida útil terminó, sin un propósito, sola, desamparada,  importándole a nadie, careciendo de recursos que le permitan vivir con seguridad y dignidad.

En este sentido, Doña Matilde es una persona afortunada: a nadie le importa, sus hijos se quedaron con lo poco que tenía y también fueron a dejarla a un asilo pero, por su demencia senil avanzada, ni se acuerda ni se da cuenta.

Al menos no sufre.

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