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IRRESPETO Y ACTUALIDAD EN LA NOVELA «LOS PRÍNCIPES» DE CARLOS ANCHETTA

Antonio Teshcal,

Escritor

Sobre el autor y su obra

Carlos Noé Ancheta Vásquez firma su producción artística como Carlos Anchetta, nació el 26 de septiembre de 1982, en Quezaltepeque, tierra que tiene la particularidad de haber entregado una tradición de escritores, muchos reconocidos en el mundo literario desde el siglo pasado, otros permanecen muy a gusto en el anonimato, escribiendo para mañana, y los demás empiezan resonar en el concierto de las letras.

A este último grupo pertenece Carlos Anchetta, escritor, editor y guionista. Sus inicios en la literatura se catalizan –como en la mayoría de escritores– por un impulso juvenil hacia la creación poética. Pronto se encuentra con los cuentos de Edgar Allan Poe que ejercerán en él la fascinación y el deseo de narrar. Su llegada en 2006 a un taller literario le permitió conocer más autores que lo enriquecerán, permaneciendo en el grupo cerca de dos años. Por aquel entonces la orientación del taller lo inclinó a labrar versos: «Zafira edad de escandalosa dieta. / Feroz felino con duros banales, / que plaga de mil caprichosos males / mis sandalias que la ancha calle aprieta (…)», pero la narrativa seguía ahí, creciendo. Tuvo su romance con la carrera de letras en la Universidad de El Salvador, sin embargo después de algunos ciclos decidió enfrentarse al mundo de la creación a tiempo completo. Dejó la cuadratura de los horarios de clases en 2010, haciéndose desde entonces de sus herramientas creativas en el ejercicio, como muchos escritores profesionales, aún con el riesgo de padecer en un país donde no se puede vivir de escribir.

Conocí a Carlos Anchetta precisamente cuando compartíamos espacios culturales en Quezaltepeque, hace ya más de diez años. Pertenecíamos a diferentes grupos literarios que se afanaban en conocerse, compartir y estudiar de forma metódica la literatura. El devenir, la universidad y las diferencias distanciaron esos grupos y sus miembros, y no coincidimos durante mucho tiempo hasta que el azar nos juntó en el pueblo, en las cercanías de la terminal de autobuses. Carlos Anchetta conversaba con Carlos Rodríguez, otro escritor con el que me reencontraba después de varios y largos años.

En ese momento la Dirección de Publicaciones e Impresos recientemente había publicado su novela La máscara de Abaddón (2017), ganadora del Premio Nacional de Novela Corta (2016) en los XXIX Juegos Florales de Cojutepeque. Se suman a esos logros el haber fundado en 2012 la Editorial Flor de Barro, que público títulos de Alfonso Kijadurías y Rafael Lara Martínez, ambos reconocidos con el Premio Nacional de Cultura. Esta editorial también publicó sus novelas Los cisnes (2013) y La oportunidad del silencio (2014), y sus libros de relatos Cuentos acústicos (2014). Editorial La Chifurnia publicó su libro de relatos Epistolario (2019).

Otros reconocimientos obtenidos por Carlos Anchetta son: Primer lugar en Certamen Homenaje a Roque Dalton por el 75 aniversario de su natalicio, 2010 (poesía); mención de honor en Cuentos de Fútbol organizado por Periódico El Gráfico y La Secretaría de Cultura de la Presidencia, 2012 (cuento); Mejor guion de cortometraje de ficción, 2018 (Escuela de Comunicaciones Mónica Herrera); y el Premio Hispanoamericano de Novela, 2018 (Juegos Florales de Quetzaltenango, Guatemala). Siendo éste último galardón otorgado a su novela Los Príncipes (2019) ahora lanzada por Pitoko Editores. Y en abril del presente año, el consejo municipal de Quezaltepeque le otorgó un reconocimiento por estar “cultivando y proyectando valores, desde la juventud para la juventud y la niñez Quezalteca, a través del arte”.

La novela Los Príncipes goza de una presentación atractiva que también nos presenta el discurso que pronunció en la ceremonia de premiación, en Guatemala, una singularidad que nos acerca al autor y su visión de mundo. Tuve la oportunidad de leerla antes de su primera presentación, la cual se llevó a cabo en la antigua estación ferroviaria de Quezaltepeque, la lluviosa noche en que Carlos Anchetta cumplía los 37 años. La presentación estuvo a cargo del poeta y pintor Carlos Teshcal, evento que también permitió un conversatorio con el autor. Resaltó en la velada la honradez de su emoción y la franqueza de hablarle a un público alegre por sus conquistas.

Días antes pude conversar un poco con Carlos Anchetta sobre el proceso de desarrollo de esta novela y su dinámica de trabajo. La plática me dejó la impresión de la disciplina de quien se responsabiliza de su decisión de escribir y publicar. Me parece relevante mencionar que la obra la escribió en poco tiempo, a mediados de 2017, en aproximadamente un mes, pero el proceso de investigación que esta implicó, para poder recrear los personajes reales y el ambiente –tanto futbolístico como geográfico– llevó su debido tiempo. Recordemos que las obras literarias, o de otra rama del arte, sin importar se realicen en un día o en una década, a ese período hay que agregar la edad del autor, pues la obra no pudo nacer y madurar sino hasta haber recorrido todo el camino del que hasta entonces se ha apropiado y tropezado el artista.

Hay que esperar qué nos ofrecerá Carlos Anchetta en el futuro, tanto en el mundo literario, con el que tiene muchos proyectos más por realizar, así como en la cinematografía, donde ahora amplía su horizonte creador.

Los hechos en Los Príncipes

Estructuralmente la novela consta de poco más de cien páginas. Se divide en dos partes. La primera titulada “El Príncipe”, que consta de quince apartados breves; y la segunda titulada “La Princesa”, que contiene igual cantidad de apartados.

La temporalidad es definida. Inicia en 1994  y termina en 2017. El escenario es circular, inicia en Quezaltepeque, pasa por México, Portugal, Principado de Mónaco, Estados Unidos, y termina en el lugar donde inició.

El personaje principal es Enzo Murillo, un novel y talentoso futbolista, apodado el “Príncipe”, que anhela jugar en un equipo nacional (Alianza) y otro español (Real Madrid). Siendo adolescente logra entrar a la división respectiva del equipo nacional de sus sueños. El desarrollo de la novela versa su ascenso a través de equipos de mayor categoría. El joven pasa de ser un chico promedio de pueblo, de comportamiento y educación paupérrimos, a ser el joven de cierto refinamiento que el dinero y la farándula cuasi exige de él.

Luego de los trajines que su ascenso futbolístico implican: cambio de imagen, más dinero, mudanzas, y la transformación de toda su familia que lo acompaña (padre, madre, hermana y hermano), y tras ser ya ovacionado en su país que lo proclama héroe nacional, conoce a Carlota Casiraghi, perteneciente a la familia real del Principado de Mónaco. Establece con ella una relación que prolifera hasta un intenso noviazgo, y es esa nueva vida de felicidad la que coincidirá con un menor rendimiento del futbolista. Esta situación le hará bajar de categoría y jugar en un equipo de menor envergadura (nunca llega al Real Madrid), lo que distanciará geográfica y sentimentalmente a la pareja hasta terminar definitivamente separados. Sin embargo Enzo empieza a recuperar su condición futbolística, y su carrera parece renacer.

El desenlace de la historia se anuncia con el accidente automovilístico que sufre el protagonista, quedando imposibilitado de volver al futbol. Entonces Enzo regresa a su tierra para una especie de nuevo comienzo donde se rehabilitará física y moralmente.

Algunas características del argumento de “Los Príncipes”

Como bien apunta el escritor salvadoreño Allan Barrera, la novela tiene una clave melodramática similar a las telenovelas mexicanas. La sencillez del lenguaje, incluyendo lo soez de los personajes y del narrador mismo, hace juego con la historia unidireccional que se presenta.

De esa clave melodramática resalta lo maravillosamente bien que resultan todos los hechos. Lo que no deja de anunciarse desde el principio y muchas veces más en el transcurro de la novela. El idealismo utilizado convierte a un cualquiera (p. 46: «Pero el chico tenía carisma, caía bien, y de sobra era apuesto») en un adorable millonario que termina teniendo un idilio con una mujer de familia real (p. 78: «la mujer más hermosa del mundo», p. 81: «con una voz grave y profunda, demasiado sexy para su estirpe»), lo que tiene sabor a cliché. Proceso en el cual el personaje –a pesar de corromperse moderadamente en ese mundillo de fama y fortuna– no deja de tener posturas afables con algunos (como su amigo Manuel Miranda), además de encontrase con las personas indicadas para que todo le salga a pedir de boca (como Paolo Benedetto, y el Paisa, compañeros de cancha). Y a pesar que Enzo es relegado a un equipo inferior, termina separado de su amada, luego herido físicamente, y sin poder jugar más, acaba por tomar una actitud que, al igual que la historia, desafía lo real: el chico de veintitres años toma con estoicismo el fin de su carrera y su retorno a casa. La historia termina con “final feliz”, porque parece que aprendió la verdadera lección de la vida, sugiriéndose entonces que debemos acabar aplaudiendo, o llorando, proclamándolo Príncipe, como sinónimo inequívoco de grandeza.

Pero en este hilo conductor se expone toda una actualidad agreste de nuestro país. Temas, como el machismo, se perciben desde las primeras hasta las últimas páginas, el malinchismo es obvio en el desarrollo de los personajes. Y desde el otro lado, el de la realeza, se pinta alguna parte de nuestra idiosincrasia con percepción exótica, casi resarciendo algunos virajes de “ignorancia” como si de un halago se tratara. El autor echa mano de una caustica ironía en voz del narrador para describir patrones conductuales de la sociedad, que en síntesis exhiben su mediocridad, y también toda la corrupción en los diferentes niveles de poderes políticos, incluyendo el futbol, ese exitoso distractor de masas.

Si en algún momento la novela resulta molesta es por la actualidad del panorama. Si llega a causa escozor en ciertos egos es porque ha señalado un mal que se padece. Sin embargo toda esta catarsis que el narrador hace debe llevar a la reflexión de la salvadoreñidad, que desde hace décadas se viene justificando y celebrando en los peores estereotipos. Porque todavía cuando pronunciamos es estribillo “como buen salvadoreño…” muchas de las alusiones son cosas negativas de las que más que presumir deberíamos de cambiar (machismo, atenimiento, vivianismo, desinterés, egocentrismo, irresponsabilidad…). La narración, más que la historia, porque es el narrador el que habla mucho más que los hechos, acaba por poner en nuestras narices todas las deyecciones de la sociedad en crisis con todo y sus aparatos.

Del irrespeto hasta el sacrilegio.

En las primeras páginas de la obra, a pinceladas, se describe el país (p. 10): «centro de atención del mundo en los años 80’ por su cruenta guerra civil», puente entre el norte y sur del tráfico y con un alto saldo de asesinatos, «un país con futbolistas agrandados en canchas polvosas, putas dormilonas, de escritores miopes y oportunistas», «en medio de este caos, de esta inmundicia, de este intenso olor a mierda, nació nuestro príncipe». Y en las últimas páginas, para reafirmar esta descripción, nuevamente lo retoma (p. 103): «país cuna de la corrupción, de la impunidad, de políticos pendejos y pendejas, de mareros, un país con un nombre ridículo (…) El Salvador, el basurero latinoamericano, los lameculos mesoamericanos, los chupavergas centroamericanos». Parece que nada se salva de este retrato parcial, toda una serie de características para repensar una realidad dejada a merced de los que ejercen el poder por nosotros.

La máxima de la novela, en cuanto a la crítica social, se resume en la frase: «En El Salvador nadie llega lejos, todo se pierde en el vicio y en la corrupción» (p. 12). Estas palabras encierran a la sociedad desde su curso histórico, actualidad, y llega como profecía inexorable, dejando fuera cualquier esperanza. Se trata de una hipérbole, pero es el camino que esta historia de ficción sigue. Pero también sabemos que ciertos chistes son muy serios.

Atentar contra íconos populares llega a ser exquisito, más para quienes comulguen con ese planteamiento. Por tratarse de una novela con el futbol como vehículo, no podía pasar desapercibido el Mágico González. Sin detenernos en hacer valoraciones de la destrucción de su imagen (p. 23), la insistencia en minimizarlo parece necesario en un país que, para el subdesarrollo que prevalece en este deporte, tiene demasiados programas dedicados a la masturbación metal del tema con una postura seudo filosófica. Claro está que estos programas no serían posibles a no ser por esa gran teleaudiencia que se sienta a empequeñecerse frente a estos programas.

Por otra parte, decir que la canción Patria querida, es «la peor canción del mundo escrita por un compositor mediocre» (p. 55) resulta un grave insulto, al nivel del que hiciera Thomas Bernhard, de “El asco”, llamando a la Pilsener «cerveza cochina, para animales, que solo produce diarrea (…) y lo peor es que (la gente) se siente orgullosa de beber una cochinada». Sin embargo este comentario debe leerse lejos de calenturas quinceseptiembreras. Vale recordar las palabras de un cineasta salvadoreño, que en ocasión de opinar sobre un intento de película hecho en el país y que tuvo su éxito entre lo popular –por no decir lo bayunco–, exponía que el solo hecho de que algo se produzca en el país, o por paisanos, no debe de darnos la idea automática de que se trata de algo bueno. No se debe caer en el conformismo de que por ser “nuestro” es por antonomasia la cumbre de los logros, contrario a eso habría que criticarnos para mejorar, y no solamente para dejar desazón. La canción en cuestión se le ha tomado por blasón nacional, aunque difícilmente sea representativa de una sociedad que está lejos de cubrir sus huellas con “perdón y olvido”, como oníricamente lo canta. Y aunque no venga directamente al caso, pero para dar equilibrio a esta exposición: tampoco toda la música que se cataloga como de protesta o social, gestada o no en periodo bélico, hecha en nuestro país, es un logro insuperable.

Considerando que la mayor parte de los salvadoreños confiesa creer en Dios, el narrador hace una declaración que bien lesiona la intolerancia de religiosos recalcitrantes: «Sería bueno que Dios viniera por nosotros y desapareciera a estos hijos de puta de una buena vez. Pero sabemos que es un sueño. Que Dios no existe. Que no sonarán trompetas y que los jinetes del Apocalipsis fue algo que se inventó en una gran pedera alguien que se la pasaba dándose pajazos día y noche» (p. 52). Esta postura nihilista bien puede representar la contradicción religiosa nacional, latinoamericana incluso. Pues por un lado la población manifiesta ser creyente, pero por el otro ejerce una acción que huye de los denominados valores religiosos. Sino veamos: desde el amistoso y adorable corrupto de oficina, hasta los criminales más sádicos, dicen creer en Dios. Y el uso de la religión, como recurso en la novela, no acaba ahí, aparece en varias ocasiones, la más curiosa en la página 96: «el Ángel del Señor bajó con su manto poderoso y protegió a Enzo (…): Carlota, este es mi cuerpo que haz de comer, esta es mi sangre (leche tibia) que haz de beber». Y como contraste a esa voz sacrílega, después, abruptamente aparece con otra apreciación, retratando así esa ambivalencia religiosa: «quería adherirse a su cuerpo, ser una sola alma, un solo cuerpo, así como dice Dios que deben ser todos los que se aman» (p. 100).

Quizá el mayor irrespeto sea la referencia al «martirio de un cura guerrillero» (p. 46). Este sacrilegio podría atribuirse a esa conducta sinvergüenza que tomó cierta clase política del país, que fingió apropiarse del ideal de un salvadoreño universal y lo rebajo a su iconografía. No puede negarse la entereza y valentía de Oscar Romero (disculpas por no ponerle sus títulos, porque un ser humano es grande por sus ideas y sus acciones, no por sus títulos, aunque sean religiosos). Ese desprecio que se muestra en la novela no podría ser contra él, parce más un rechazo a toda esa ínfula creada por terceros alrededor de su memoria. En lugar de dejarlo junto a los mortales, lo alejaron llevándolo a los altares, negando así su humanidad que fue lo que precisamente le llevó a la conquista espiritual. Ese insulto en la novela es contra el atropello a la utilización de su imagen y el manoseo a su memoria, que, aunque no logre ensuciarlo, si es polvo en sus antojos que inevitablemente suele asociarse a una clase política que tiene las manos por demás untadas de cohecho.

Los logros y las dudas

Para dar una opinión proporcionada vale mencionar los logros de Los Príncipes, así como aquellas situaciones que pueden resultar dudosas. Más que situar estas valoraciones, estrictamente en uno u otro lado, lo único que espero es que contribuyan al sano comentario de esta obra que merece nuestra atención.

La novela logra mantener una tensión narrativa que le confiere facilidad de continuar con la lectura. Cuenta con suficientes elementos dinámicos como para seguirlos con interés. El tema del futbol es definitivamente un buen anzuelo para atraer lectores a la trampa que el autor coloca en el trasfondo de la historia. Además acomoda muy bien para modelar la psicología de los personajes.

Los escenarios pasan, en cierta forma, desapercibidos respecto a la acción, podría decirse entonces que están logrados. La descripción de estos huye del detalle, a excepción de un edificio del centro de Montecarlo. Una atención similar daría equilibrio a las locaciones nacionales, Quezaltepeque, en específico, que no deja de disfrutarse por quienes lo conocemos, a pesar que se limita a referenciar los lugares sin retratarlos: la colonia Las Brisas, la Corinca, el Instituto José María Peralta Lagos. Todos estos son elementos que crean empatía.

Característica de la narrativa moderna vertida en Los Príncipes es mezclar personajes (elementos) que suele denominarse como cultura pop contemporánea (Michael Jackson, Homero Simpson, Arnold Schwarzenegger, Darth Vader, JLo, Taylor Swift, Katy Perry, actrices pornográficas, diseñadores internacionales, y el nombre de varios futbolistas reconocidos). El autor vivió su niñez durante el apogeo de varias de estas celebridades. Probablemente en varios años, o para lectores muy jóvenes, estas referencias lleguen a ser difíciles de seguir.

Un tema que se menciona, pero se queda corto en el desarrollo, es el de la violencia. Esta aparece como un elemento ornamental, y utilitario cuando mueve al personaje de escenario. Extraño que el autor haya obviado extenderlo, sobre todo considerando los antecedentes del país, y de Quezaltepeque mismo, antecedentes que menciona de forma literal (p. 27).

La narración de la novela, viéndolo con detenimiento, tiene grasa que bien pudo extirpase, tanto en la dicción del narrador como en los hechos que muchas veces parecen apresurados, o inclusive tangenciales, pues su ausencia en la historia no crea vacíos, por tanto vienen solo a robustecer. Este atrevimiento de corregir lo publicado sería un ejercicio interesante. Recuérdese, por ejemplo, Pedro Páramo, que después de su lanzamiento apareció la indicada “segunda edición revisada por el autor”; y años después, de acuerdo al estudio de González Boixo, la versión definitiva tiene 362 variantes respecto al original mecanografiado y las primeras ediciones, el proceso de pulido es evidente. También está el caso de Justine, del Marqués de Sade, obra de la que su autor entregó una segunda versión; ejemplo éste quizá más afín con el sentido de transgresión que Carlos Anchetta propone en Los Príncipes.

El narrador presenta un tono que, orquestando con los hechos y la voz misma de los personajes, por momentos hace pensar que se trata de un actor más que aparecerá en cualquier momento revelando su papel en la historia. Momento que no llega. Se trata de un narrador omnisciente que a veces parece narrador protagonista. Esta situación de lenguaje acaba por tomar cierta ambigüedad de personalidad en algunos momentos, cuando de narrar pasa súbitamente a suplantar la expresión de los personajes: «había nacido varón a quien pensaba inculcarle su amor por el futbol» (p. 11); y más adelante: «un hombre que estaba enamorado de un deporte absurdo» (p. 16); suplantando al padre y madre respectivamente. A este juego se suma que el narrador aparezca, o parezca, hacer valoraciones propias que son excesivas o innecesarias: «Que nos coja como a él le dé la gana y después nos cague la cara y que se lleve nuestras pocas miserias» (p. 47), «Ya sabemos que era un idiota, pero todo tiene un límite, hombre, y no se esperaba que lo cruzara un jugador del AS Mónaco. No uno de AS Mónaco, carajo» (p. 92), «Cómo explicarlo para que tú, lector o lectora, te hagas una idea exacta de lo que Enzo sintió cuando tuvo en su boca la vagina de Carlota Casiraghi. Es algo tan difícil de explicar» (p. 96). Algunas opiniones suenan contradictorias cuando repentinamente se distancia mostrándose más culto que los personajes: «Rubén Darío (…) él fue un grande, el más grande poeta de nuestro continente» (p. 21); «Qué más daba que hablara mal, que fuera un grencho y que se jactara de no haber oído hablar del Quijote (…) ¿qué más daba que desconociera a David Lynch, a The Doors, a Cavaraggio?» (p. 47); «Una de las paredes tenía un admirable Dalí, naturalmente una réplica, del periodo de la Residencia de Estudiantes» (p. 86). Luego de esto algunas situaciones técnicas quedan ante la duda de si se trata de transgresiones quirúrgicamente acomodadas o son traspiés al calor de la escritura, como los pleonasmos tanto de vocabulario como de la narración misma, pudiendo estas redundancias ser cansadas porque dan la impresión de que el lector no es capaz de seguir la historia, o no la entenderá si no se le adelantan y recuerdan los hechos cada cierto número de páginas.

Epílogo

Finalmente quiero expresar mis felicitaciones al autor. El gane de su novela debe ser reconocido pues es el resultado de un trabajo que viene cultivando desde hace tiempo. Sumado a eso, el fallo del certamen tiene buen prestigio en cuanto a su imparcialidad. Y menciono esto debido a que actualmente muchos certámenes caen bajo sospecha. Baste decir que los recientemente entregados premios Nobel de literatura han sido controversiales, al igual que los premios Booker y Planeta. Y no es que los escritores carezcan de altura, la mancha está en que los criterios parecen no inclinarse directamente a la calidad literaria, sino a motivaciones estrictamente políticas los primeros, y comerciales los segundos. No en balde la escritora mexicana Karla Sánchez escribía sobre estos premios que «tal vez estemos entrando a una era donde la relevancia cultural de los premios literarios se ha perdido».

Bajo esta penumbra también es plausible el arrojo de Carlos Anchetta, que publicó varias obras y los reconocimientos en certámenes le vinieron después, como legitimando lo ya trabajado. Algo valiente en un país donde todavía los libros se venden poco y se lee todavía menos.

Bibliografía recomendada

Anchetta, C. 2019. Los Príncipes (novela). Colección Bukkake, N° 1, Pitoko Editores. San Salvador, El Salvador. 128 p.

Barrera, A. 2019. Los príncipes, de Carlos Anchetta: fútbol, machismo y repudio de lo nacional. (en línea) Grafomaníacos. 22 de octubre de 2019. Disponible en: https://grafomaniaticos.wordpress.com/2019/10/22/los-principes-carlos-ancheta/?fbclid=IwAR2Oq7Q5qSuSyoOQQ53I6bPohFBWgUcFT3NNbVA7If7vXtWE3zFd_Vmxdmo

Estrada, L. (productor y director general); Rivera, C. (productor El Salvador). 2019. Tras bambalinas con el escritor Carlos Ancheta (entrevista) (en línea). 4 de octubre 2019. Video disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=W2l2B3UU0MM&fbclid=IwAR2mvA6aLWcAMQX2ZepQX-UW4e_jiu6e8r9MYAysVKgqC4rlB_Ps1i6Bt8I

Taller Literario “Amílcar Colocho”. 2008. Flor de barro (Plaquette). Quezaltepeque, El Salvador. 16 p.

Vallejo, M. 2019. Carlos Anchetta: “Siempre hay algo de uno en cada historia” (entrevista) (en línea). Suplemento Cultural Tres Mil, en Diario Colatino. 26 de julio 2019. Disponible en: https://www.diariocolatino.com/carlos-anchetta-siempre-hay-algo-de-uno-en-cada-historia/

Antonio Teshcal

Malpais, noviembre de 2019

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