ALMARIO II

LA VENTANA

(OBRA INÉDITA, SIN FECHA)

SALARRUÉ

Rafael Lara-Martínez

Professor Emeritus, New Mexico Tech

[email protected]

Desde Comala siempre…

Me eché a andar por la casa dejando el cascarón (de mi cuerpo) entre las sábanas…absolutamente verídico…

Recuadro

«Sueño profético» (1932) de Salarrué

Se transcribe un fragmento de «Sueño profético» (1932) de Salarrué en «Vivir.   Sección a cargo de Salarrué».  Claramente describe «aquel vetusto 5 de septiembre de 1932», luego de la muerte de Alberto Masferrer (1868-1932).  En efecto, el escrito declara «…Masferrer ha muerto anoche».  Para este ensayo, interesa transcribirlo por su idea singular sobre la historiografía, a saber: el encuentro alucinado del escritor vivo con la Muerte en el futuro centenario.  El autor pasea por «el césped…de un parque…primaveral».  Este renacimiento de lo natural, lo confirma estar «rodeado de sus árboles, de sus pájaros, de sus niños», quienes respaldan el «júbilo» de su hallazgo al «despertar del sueño».  En el «centro del» parque, hay «un hermoso bosque de macuilihuas y madrecacaos» con «un prado circular en el centro».  Ahí percibe «la figura en bronce de un hombre» llamado «Alberto Masferrer» quien «miraba el cielo» y «oía regocijado el canto de sus amados pájaros».  Si este sueño parece fabuloso, tanto más inverosímil se juzgará la fecha de esa hermosa caminata: «4 de septiembre de 2032», es decir, el centenario de la Muerte del maestro.  Desde esta perspectiva poética del ensueño (ir)racional, Salarrué describe su encuentro con «el enfermo maravilloso, el sembrador de amor y de belleza». Mientras la historia científica transcribe archivos primarios para restituir los hechos objetivamente, el autor opta por dar testimonio subjetivo de «los sueños confusos, hacia la claridad de un sueño feliz» que realiza la utopía.  Según lo declara en otro ensayo, «el hombre…es…un animal que entierra a sus muertos» al escribir la historia.  Por esta declaración, a nadie le sorprende que Ricardo me visite para rescatar este archivo soterrado.

…Llegué a una fuente de hermoso aspecto rústico.  El agua caía en las pilas derramada en miles de delgados chorritos musicales.  Temblaba el cielo de palta y zafiro con el hervidero de las ondas y los círculos del agua.

….

Fuí acercándome lleno de curiosidad y por una escalinata de tres planos sucesivos llegué hasta el centro donde la figura en bronce de un hombre se reclinaba en un cómodo sillón con la cabeza un tanto echada hacia atrás, entornados los ojos por el resplandor del sol.  Aquel hombre era Alberto Masferrer…

Yo estaba asombrado.   «¿Cómo?» —me preguntaba,— «si Masferrer ha muerto amoche mismo»…. Al pie de la figura había una placa donde leí: «ALBERTO MASFERRER». En otros detalles del monumento se hacía alusión a su amor por los niños, por los árboles y por los pájaros, se llamaba el «Padrecito del Pueblo», se hablaba de su diáfano estilo y de su persuasiva palabra de patriarca.  La fecha del monumento era: «4 de Septiembre de 2032».

II. «Archivo de almas»

II. I Testimonio

Más que una novela, el relato transcribe la historia de vida del narrador sin nombre propio.  Sería una auto-biografía o, mejor aún, un verdadero testimonio.  Él mismo recuenta cómo realiza su anhelo más profundo de lograr un primer viaje astral.  Por testimonio, no debe entenderse la novela escrita durante la guerra civil (1980-1992).  En su denuncia de la represión militar expresa el anhelo por una revolución social, hoy fallida.  En cambio, el escritor anónimo lo preconiza como el relato directo que recapitula su juventud hasta alcanzar el objetivo de verdadero viajero astral: «31 (33).  Elevación», último capítulo.

 

Quién juzgue esta perspectiva de «fantasía» no admite la diferencia.  En verdad, los hechos —la vida misma— no se viven de una sola manera singular, la «mía», la «tuya», y la convencional.  Hay múltiples enfoques al describir la experiencia y los propósitos que la impulsan hacia el futuro promisorio.  Así, se verá, las mismas palabras —en su igualdad sonora y escrita— remiten a conceptos disímiles.  Mientras el canon de la novela testimonial denuncia la injusticia social y anuncia la esperanza revolucionaria, el «almario» anímico del biógrafo predica el descalabro de la anatomía humana, paralizada por el alma compleja en pleno vuelo.

 

Tal cual lo predice el epígrafe inicial —copia del penúltimo capítulo «30.  (32).  Veracidad»— la certeza de la vivencia personal no la dictan «Uds. (nosotros), lectores desconocidos».  Podemos ser/estar más vivos, pero carecemos de la experiencia de la Muerte.  En carne y hueso, ignoramos la vivencia de los Muertos.  En efecto, científicamente, «mi enfermedad prescrita» define «mis» propios sentimientos, mi dolor y mi alegría, a menudo difícilmente compartidos en su sensibilidad profunda.  Por ello, no puede determinarse una sola manera de redactar un testimonio, menos aún, de limitarlo a un breve período de la historia salvadoreña y latinoamericana.

 

Igualmente que en este relato la «revolución» —título del capítulo «4» y «5.  Retroceso»— implica el «regreso al pasado» natural e individual, el «testimonio» consiste en la libre expresión de lo vivido.  De la más simple anécdota diaria a la novela elaborada,  el «zoon logos ejon (animal dotado de lenguaje)» posee el derecho de narrar sus vivencias desde la perspectiva de su libre arbitrio, a menudo censurado en nombre de la «democracia».  En breve, el autor rechaza el avance tecnológico —lo destruye— para generar la «vuelta al pasado» (capítulo 5) y lograr la «liberación de sí mismo» (capítulo 21), esto es, la «revolución», mientras propone un modelo testimonial sin atadura de género literario.

II. II. Reseña de la obra

Desde el inicio, la auto-biografía testimonial establece una estrecha correlación entre el ser y el estar.  Según un verso famoso, «yo soy de dónde estoy».  Este enlace intrínseco lo permite «la ventana», título tachado del libro.  En contraposición a «la puerta» —acceso y obstáculo al interior del hogar— su transparencia acopla la visión interna del ser humano con el entorno natural.  Así, «el paisaje» no sólo existe en sí mismo —al exterior— sino se incorpora al alma viva de la observación.  Por la creatividad artística, el panorama visual se vuelve «cuadro», «verso» y «prosa».  Queda sin comentar que el análisis científico también traspone la naturaleza en química, en botánica, en zoología, etc.  La realidad deja de existir en sí misma al volcarse en la cultura que, por desgracia, la obra no percibe en diálogo entre el arte y la ciencia.  A lo sumo, además de la «estética», el escritor acepta la agricultura como modo de «fecundar» —de «posesión»— el terreno paterno que luego destruye para lograr la «revolución» del Yo.

 

En esta conjunción —humano-hábitat— desde el presente adulto, la escritura recobra el pasado personal, así como el entorno original.  La búsqueda de la identidad infantil presupone la restitución del lugar original en el cual se cría.  Por un ju-Ego de palabras clásico, «el dudoso presente» de la escritura sabe que la narración del «pasado posible» presupone describir el casamiento entre la «casa» y el paisaje de los alrededores.  «Hacer casa» significa «casarse» con el predio donde se asienta el hogar, ya que el hombre anhela «poseer aquella comarca, como se posee a la hembra».  Por ello, las «ventanas» representan los ojos que contemplan el ropaje exterior, a la vez de simbolizar el espejo del Yo profundo.  En esta correspondencia —Yo-Mundo— la verdadera re-volución es sinónima de «vuelta al pasado».

 

Este retorno al origen conlleva un acto de «violencia» sin igual, «armado y sangrante».  Todo pacifismo radical decae ante la idea re-volucionaria de rescatar el pretérito para inventar un «futuro problemático», pero ideal.  Se trata de la utopía astral del verdadero Yo fuera del «zoon politikon (animal político)» y social.  La paradoja lingüística del narrador sugiere la existencia del hablante (Yo) sin un interlocutor (Tú/Uds.) a la escucha, salvo en la lectura que los desconocidos efectuamos en la distancia espacio-temporal: «querido desconocido, amable ausente y paciente lector» (capítulo 30 (32)).  Sólo el «Yo aislado» resulta capaz de impugnar el «Progreso» depredador de «lo externo», imagen del alma humana.

 

La infancia transcurre en la hacienda de su padre sin madre: «La Rabia».  Su nombre propio certifica el estado primordial que el padre civiliza.  Primero, se apodera de la tierra infértil y pedregosa hasta cultivarla.  Esta colonización de la naturaleza la concibe como una «transfusión de sangre» que destruye el cuerpo vivo original.  Luego construye edificios modernos —casa e ingenio azucarero— para desarrollar esta industria.  En la familia dual —padre e hijo, sin madre— la única mujer en cuerpo y alma se llama Andrea.  Ella lo baña en el río, lo cuida y le concede el ideal «paradisíaco» de lo natural.  Todos sus «amores…de juventud» quedan en el silencio de las «enseñanzas prácticas de vida».

 

En su niñez y juventud aisladas, la reflexión temprana crea una «filosofía propia», cuya po-Ética lo guía hacia «el Bien» y «la Verdad».  Esta búsqueda lo conduce a comprender que el «progreso» agrícola y urbano conlleva el deterioro natural.  Además, el desarrollo económico equivale al reemplazo de los colonos-«labradores» por «obreros», en un nuevo tipo de relación social entre el propietario y el trabajador a su servicio.  Contra esa depredación, el joven intenta sustituir el «progreso» por el «regreso».  A la muerte de su padre, heredero de la hacienda, la incendia pese al reclamo de los obreros «comunistas», quienes desean salvaguardar la civilización colonizadora del entorno «salvaje».  El apoyo de «la fuerza armada del Estado, en vista del giro comunista» le permite lograr su objetivo de retorno a lo natural, donde sólo permanecen varios «colonos antiguos» y Andrea.  Antes de que el análisis del carbono 14 feche el documento mecanografiado, se ignora a cuál actividad militar precedente refiere ese ideal de regreso al colonato.  Además, denuncia la labor de la jerarquía religiosa, política, militar y financiera por su engaño.  Esta acción política represiva y de reproche preludia su vocación apolítica de aislarse de lo social.  En el rechazo de lo institucional, se redefinen los conceptos de «Patria» y de «religión».  Lo «universal» diluye la nación ­sin identidad propia en la «Humanidad» y «lo personal» absorbe toda congregación eclesiástica.  «Mi religión» soy «yo mismo», Dios en mí.

 

De revisar los tres artículos que Salarrué escribe sobre Krishnamurti («Juvenecer.  Krishnamurti» y «Krishnamurti I-II», los tres sin fecha), se descubriría que esta idea proviene del filósofo de la India.  Más que concebirlo como «reencarnación del Mesías», lo piensa en «Hombre» verdadero quien anhela «liberar la Vida» de toda «autoridad externa» hasta «liberarse a sí mismo».  Debe reconocer que «sólo hay un Dios» quien está «en el hombre», «inmanifestado» mientras no logre «comprender lo…eterno».   Así se define el narrador anónimo al afirmarse «inconforme», quien llega a «cimentar una nueva civilización sobre los escombros» de la herencia paterna y contemplar «el mundo que vive» en él.

 

Por esta «locura» revolucionaria —anti-capitalista y anti-comunista— logra escaparse de la «convención» social, de lo «corriente» para completar su vocación de «escritor».  El autor prosigue la labor del «pescador» quien ignora la larga espera para terminar la faena.  De igual manera que lo elabora Dios, el trabajo de crear personajes erige la realidad y los seres humanos.  «Yo soy un (semi)Dios» complejo, porque si mis «personajes» son ficticios, también yo soy una ficción de la creatividad Divina.  Pero, una vez «editado», cada «personaje» pertenece a la «lectura», así como el Yo depende de «mí» mismo, por el «libre arbitrio», y del contexto social que «me» rodea.

 

En esta equivalencia, si el Universo entero se halla en el Creador, los protagonistas de «mis escritos» forman parte del «archivo de almas» que «hospedo» en el interior.  Varias metáforas transportan esta sensación profunda hacia la escritura, esto es, trasplantan los sentimientos en palabras.  La primera alegoría equipara al narrador con un «planeta», poblado por múltiples habitantes espirituales que se concretizan en el idioma.  También, se imagina a sí mismo como una biblioteca humana, cuyos «anaqueles» contienen una de las ciudades más pobladas del Mundo.  Esas múltiples «almas sin cuerpo» se concretan en la escritura.  La poética se encarga de «liberar a esos presos» para su libre tránsito sin fronteras hacia la lectura de la imaginación ajena.  Otra manera de materializar esta idea —la pluralidad del Yo— la ofrecería el panal cuya miel literaria la producen el sinnúmero de abejas, en revoloteo anímico sinfín.

 

Otro ensayo sin fecha del autor —»Filosofía del nudismo»— concibe «el hombre» en su calidad de «varios cuerpos enchufados…en una escala de siete notas», es decir, «un depósito de varios compartimientos».  No detalla «los dos más elevados» —acaso aunados a «la caída del espíritu dentro de la materia»— pero «los otros cinco» se llaman: «intuición o espiritual», «pensamiento o cuerpo mental», «sentimiento o cuerpo emocional», «sensación o cuerpo vital» y «acción o físico», «el que todos conocemos».   Acaso esta última anatomía —»creada por el hombre y no por Dios»— define «el traje.  La triste envoltura que llamamos traje, es el cuerpo convencional (quizás sexual), nacido del artificio y seguramente envoltorio inferior del espíritu».  Por este descenso a lo biológico, el retorno al «origen» divino significa «renuncia(r) a cada uno de estos cuerpos, hasta llegar a la perfecta desnudez» de «luz» y de «estrella».   «El nudismo…es una tendencia depurativa».

 

Esta diversidad del Yo no sólo deriva de la simple imaginación que observa «almas sin pena» —Yandé, danzante; Geraldina, Leilán, cantante», etc.— dispuestas a encarnarse en la letra.  También las diferentes facetas del Yo las alimentan las varias funciones sociales de cada persona.  En toda su simplicidad, Yo soy hijo, padre, esposo, profesor, amigo, transeúnte, comprador, etc., según la otra persona con la cual me relaciono en cada instante de mi vida.  Además, el narrador añade el recuerdo de «los parientes» cuya «muerte en vida» invade el alma.  A esta gama de papeles sociales el escritor las considera «máscaras» de las cuales debe deshacerse o integrarlas, para iniciar la búsqueda del propio Yo.  Debe desprenderse del mundo convencional y del «designio divino» de vivir en sociedad.

 

La múltiples identidades sociales —junto a las imaginarias— a menudo se reducen a una dualidad más simple.  Entre lo real y lo irreal, la objetividad suele diluirse en el interior del sujeto que la nombra quien, se verá, rechaza la ciencia.  Sin embargo, si el Yo reconoce el «dolor» que le causa la falta de control sobre «la vida ajena» —los asuntos políticos y sociales— deja pendiente comentar por cuál razón los objetos tampoco obedecen a su voluntad.  Este duplo añade el alma junto al cuerpo en unión de los opuestos.  Al confesar su índole «mortal», la aceptación de lo «transitorio» terreno lo conduce a la búsqueda del «Mar» como los «arroyos» se disuelven en el infinito.

 

Durante el trayecto tortuoso, debe «desprenderse del Mundo» material para reconciliar los diversos afluentes de sí mismo.  Es necesario integrar las diversas aristas del Yo —sociales, individuales; reales e imaginarias— como si se tratara de un instrumento musical a múltiples cuerdas o de un teclado de notas variadas.  La cuestión central interroga de qué manera lograría «la unidad del conjunto».  Para realizarlo, recibe el dictado del sueño.  La imaginación le recomienda entablar un diálogo con «un amigo desconocido».  En la búsqueda mutua del Yo, ambos organizan un ju-Ego.  Se proyectan en figuras astrales que les permiten alcanzar lo deseado.  Kha, Bha (Luz) y Omniato testifican la devoción por el Oriente y la práctica de su filosofía que acompaña el legado del escritor.  (continuará)

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