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La guerra interna que nos ataca

Por Zoraya Urbina*

Hay días en que nos levantamos con un dolor sordo en la cabeza, con el cuello rígido; nos duele la cara al despertar y estamos con la mandíbula tensa. Es porque hemos pasado la noche defendiéndonos de un enemigo invisible del que, si no nos cuidamos, podemos permitir que despliegue todas sus armas, que son letales. Y es porque no nos damos cuenta de que vivimos constantemente en un estado de guerra interna que nos tiene secuestrados, viviendo como si fuéramos a ser atacados por algún animal salvaje. Este enemigo no es otro que el estrés.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el estrés es una respuesta natural que se genera ante situaciones difíciles o desafiantes. Este es un estado natural frente a las amenazas y los estímulos; todas las personas podemos tener cierto grado de estrés. Por tanto, lo que se convierte en un problema es la forma en que reaccionamos ante este.

Cuando estamos en un constante estado de estrés, se puede decir que este se convierte en una condición crónica que nos eleva el cortisol y la adrenalina, dos hormonas que se producen en las glándulas suprarrenales y que preparan al cuerpo para enfrentar alguna situación de peligro. Es decir, si estamos ante el ataque de un oso, nuestro cuerpo reacciona y estas hormonas son las que nos ayudan a sobrevivir porque permiten que nos pongamos a salvo.

El problema de la vida moderna es que nuestro cuerpo permanece ocupado sobreviviendo a una amenaza invisible. Somos incapaces de relajarnos, de conectar con el momento presente y así disfrutar la vida de varias maneras, porque estamos en completa tensión y casi cualquier situación nos pone en estado de alerta: el tráfico, las noticias negativas, el jefe o la jefa.

El estrés no se queda en la mente, busca una válvula de escape física. Hace unos días viví una situación provocada por el estrés constante que me provocó mareos y me incapacitaron algunos días para hacer mi vida normal. La causa fue el bruxismo, que es apretar o rechinar los dientes, muchas veces durante la noche. Era mi cuerpo descargando la tensión acumulada en la mandíbula. Esa tensión no se quedaba ahí: afectaba los músculos de la mandíbula, el cuello y la zona cercana al oído, alterando mi sensación de equilibrio y provocando que mi mundo pareciera moverse. Era la manifestación física de lo que estaba viviendo durante el día y que no lograba gestionar.

Este compartir no va desde la queja, sino desde el deseo de llamar la atención porque, sin duda, el estrés nos traspasa a todas las personas. Es como una alerta colectiva. Creo que el bruxismo es solo una de las múltiples cartas que este enemigo invisible juega en nuestra contra.

El estrés crónico es la punta de un iceberg al que, si no se le presta atención, puede sabotear nuestra salud completa. A esto se le llama somatizar; es decir, cuando el dolor, las preocupaciones y las tensiones que nuestra mente vive a diario y calla, el cuerpo las grita a través de migrañas tensionales, úlceras gástricas, colitis o crisis de ansiedad que nos paralizan.

Nuestro sistema digestivo, que hoy es considerado por la ciencia como un segundo cerebro debido a la compleja red de células nerviosas que posee y a su constante comunicación con el cerebro, es de los primeros en pagar la factura de un ritmo de vida que nos exige producir a costa de nuestra propia paz; de un sistema que nos tiene embobados en pantallas, en un scroll infinito que nos quita la atención de lo que de verdad importa.

Lo verdaderamente peligroso no son los estímulos externos ni los retos diarios, como el tráfico o las crisis cotidianas; sino, que hemos normalizado vivir con el cuerpo contraído, con dolores diarios, con palpitaciones y con malestares sin fin. Nos hemos acostumbrado tanto a la prisa y a la autoexigencia que olvidamos que cuidarnos y tomar momentos para estar tranquilos no son lujos, sino necesidades que, en la vida actual, se vuelven espacios de supervivencia.

Por eso creo que, cuando escuchamos las alarmas del cuerpo antes de que el daño sea irreversible, estamos haciendo un acto de justicia con nosotros mismos. Soltar la mandíbula, respirar profundo y devolverle el equilibrio a nuestro mundo es el primer paso para recordar que la vida no se trata de sobrevivir a la tormenta en un eterno estado de intranquilidad y prisa, sino de aprender a habitar nuestra vida con calma.

*Puedes encontrar material de la autora sobre mujeres, resiliencia y bienestar en: https://www.youtube.com/@ZorayaUrbina

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