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El futuro está en el cambio

Víctor Corcoba Herrero/Escritor
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A cualquier ser humano el futuro le pertenece y tiene que ganárselo por sí mismo, pero junto a sus análogos. Recordemos la firme convicción, de cómo surgen las Naciones Unidas después de una triste contienda, precisamente del compromiso de unas gentes diversas que se implican en mantener la paz y la seguridad internacionales, avivando entre los países relaciones de afecto, suscitando un progreso para todos, con un mejor nivel de vida y el cumplimiento de los derechos humanos. Lo mismo sucedió con la  Unión Europea, un grupo de entusiastas soñadores, deseaban un porvenir mejor y lo hicieron sustentándolo en la capacidad de trabajar unidos, superando las divisiones, sin frentes ni fronteras entre sí. Estos claros testimonios lo que nos indican, es que necesitamos pensar más los unos en los otros, cuidar de la fragilidad de cada cual, con expresión de cercanía que es lo que en realidad nos libera de todos los males, alentándonos y alimentándonos con el abecedario de lo armónico, cuando menos para perder el miedo y ganar confianza en nosotros y en los demás. En efecto, el futuro está en la caída de todos los muros, en los lenguajes del alma, en la propia existencia que ha de ser, más auténtica; cada uno con su propio latido, pero todos hermanados, sin tantas dominaciones ni influencias.

Lo trascendente es proyectarse en los demás, restituir el hogar común hasta agotarse, por hacer un mundo muy distinto al actual, donde todavía los derechos humanos no se han universalizado y el desvelo europeísta tiene tras de sí el desastre del huracán discriminatorio, aparte de otros incumplimientos. Desde luego, ahí está el escaso interés de algunas naciones en la promoción del reparto equitativo de responsabilidades entre mujeres y hombres, lo que  contribuye a disminuir irreparablemente, ese espíritu humanitario, basado en la complementariedad y diversidad, que todos requerimos de una forma u otra, ya que es lo que nos enriquece y nos hace avanzar. Por otra parte, se  nos suele llenar la boca de buenos deseos, y aunque eso no es malo, lo culminante es llevarlo a buen término. Me refiero, sobretodo, en referencia a que las mujeres tengan exactamente la misma dignidad e idénticos derechos y obligaciones que los varones, o a que los ancianos se les deje de aniquilar, cuando dejan de ser útiles, como si ya no sirviesen para nada. Ciertamente, el mañana hemos de construirlo en igualdad de género y de modo intergeneracional. No olvidemos, que la sabiduría se alcanza con la cátedra viviente y compartiendo ese magisterio, no excluyendo a nadie. De igual modo, las expresiones de racismo, vuelven a deshumanizarnos, demostrado así que los supuestos avances sociales no son tan reales ni tampoco están asegurados en todo momento.

Es evidente que se han acrecentado los focos de tensión y esto no es bueno para nadie. El rumbo inhumano nos está dejando sin respiración. No podemos continuar, por tanto, cruzados de brazos; permitiendo que esos sentimientos de pertenencia a una misma humanidad nos desvinculen por completo, máxime en un momento de restricción de movimiento, de inseguridades y de persistente aislamiento, provocado por la pandemia de COVID-19.

Por separado, está visto que no se puede batallar la vida. Requiere de la actuación conjunta. Por eso, que  importante es reconocerse y conocer culturas, soñar enhebrados en la unidad, sabiendo que como seres pensantes, estamos llamados a entendernos en la reconstrucción de un mundo fraterno, que a todos escucha y además tiende la mano.

Son muchas las crisis que atravesamos, pero también el camino es nuestro. Se trata de que seamos perseverantes en ese espíritu libre, dispuesto siempre a donarse, a superar las enemistades y a protegernos, con el bálsamo del amor, que al fin es el que rompe todas las cadenas que nos separan, tendiendo puentes, extendiendo brazos, ensanchando el gozo del encuentro. No tiene sentido, pues, ponerse en guardia y activar las armas. Lo sustancial es siempre salvar vidas; y, bajo este germen, ha de estar siempre ese apoyo de todos, mediante gobernanzas responsables que contribuyan a una ciudadanía igualitaria; donde, de una vez por todas, deje de cambiarse la libertad por el poder.

Será estúpido proseguir en el absurdo, malgastar el tiempo en no hacer nada, cuando el destino está abierto a nuestra labor. Pensemos que toda la vida es un cambio, y como tal, ha de ser también un fecundo intercambio de pareceres. Un pueblo que progresa desde su original sustrato humanístico, acaba desarrollando su potencial y enriqueciéndonos a todos. Únicamente una cultura solidaria que incorpore la hospitalidad  como actitud de vida podrá tener futuro. No importan los contextos en los que se nace, lo fundamental es trabajar codo con codo, activar la siembra del cambio como poetas en vela, poblándonos de sueños y repoblándonos de anhelos, para que se produzca un cambio en los hábitos y en los estilos de vida.

No es fácil esta faena, lo reconozco, es menester valentía y generosidad, buen talante en orden a reequilibrar emociones y a reorientar vientos que nos degradan y además nos disgregan. Como siempre en esto, lo significativo es el amor que nos prodiguemos, para que la fragmentación social deje de envolvernos. Incluso nuestros propios pasos merecen consensuarse, principalmente a la hora de reconocernos en el que camina a nuestro lado, al que siempre hemos de mirarlo con los ojos del corazón, para activar la sapiencia de la interlocución como vía, el espíritu cooperante como directiva y la sensatez como método y criterio.

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