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Educación de valores éticos y estéticos

Joan Surroca i Sens
Tomado de Agenda Latinoamericana

Somos amantes de las zonas de confort y el riesgo de la novedad nos asusta. Somos herederas y herederos de grandes relatos sólidos y Verdades que contrastan con una nueva sociedad y unos nuevos retos que nos dejan a la intemperie obligándonos a un nomadismo sin meta, donde lo provisional sustituye la estabilidad. Es cierto que cada generación se lamenta de los bienes del pasado perdidos a causa de todo tipo de cambios. Nosotros no somos diferentes y, al experimentar unas alteraciones exponenciales, tendemos a refugiarnos en las quejas. Este nuevo paisaje social suele generar dos actitudes que no ayudan a las transformaciones imprescindibles.

La primera, mayoritaria, es la que se deja inyectar por los poderes establecidos el deseo sin fin, provocando una sociedad neurótica al no dar satisfacción inmediata a anhelos imposibles. La frustración genera una sociedad con muchas personas estúpidas, es decir, ofuscadas por los efectos nocivos de diversos estupefacientes que dejan indiferente la mirada del otro y magnifican el ego. No tienen en cuenta que el protagonismo histórico está en sus manos y son incapaces de generar la mínima crítica a una sociedad que adoran por las atractivas luces que emite constantemente.

La segunda actitud, minoritaria, tiende a una crítica sin matices al nuevo mundo que llega, olvidando la capacidad creativa que la humanidad ha demostrado a lo largo de la historia para adaptarse a los nuevos retos. El veneno inoculado que a menudo llevan se traduce en la expresión “no hay nada que hacer” y no saben que las lamentaciones de las personas pesimistas negativas resultan tan paralizantes para las luchas liberadoras como las de las satisfechas del primer grupo. Hay intereses poderosos para crear un clima de miedo y fomentar un pesimismo para mantener a todo el mundo quieto y conformado.

Son evidentes los estragos provocados por la codicia y la voracidad de la miseria humana. No insistimos. Sí que nos tenemos que preguntar qué hacer, pero es mejor hacer y, seguramente, mucho mejor pasar a ser. Y para ser, hace falta la incómoda y comprometida interpelación personal. De salvadores del mundo, la historia está llena y de embaucadores no hay menos. Es hora de la radicalidad ética y la manera más formidable de convertir el deseo en realidad es apostar por la escucha, más que por el discurso florido. También para cuestionarnos honestamente en vez de las descalificaciones absolutas por sistema.

La sociedad a la cual aspiramos tantas personas (quizás minoritarias, pero se cuentan por millones en todo el mundo), no la tendremos hasta que una generación de la clase política apueste decididamente por la excelencia de las escuelas de maestros. Para ingresar a las facultades de las futuras educadoras y educadores se debería tener la nota de corte más alta de todos los estudios posibles. Los maestros deberían gozar de reconocimiento y admiración social. De profesoras y profesores competentes tal vez tenemos algunos a lo largo de nuestra vida; de maestros, con uno solo que nos acompañe y nos despierte el gusto por el saber (sabiduría proviene de sapere, la palabra latina que significa “saborear”, “degustar”), estamos salvados.

Una buena maestra, un buen maestro, es esa persona que nos suscitará interés, deseo de indagación y curiosidad infinita por la vida. Una buena escuela de maestros reclutará aspirantes atraídos por el noble oficio de educar (educar proviene del latín, que significa “sacar de dentro”), descubrir los tesoros que toda niña y todo niño llevan dentro. Que cosa tan horrible cuando se dice: “¡Esta chavala o este chaval no sirve para nada!”. No han detectado su tesoro. Todas las personas tenemos un don e identificarlo es una de las primeras tareas de los maestros. La educación tendrá efectos beneficiosos que perdurarán para siempre. Una mujer o un hombre bien educados llegarán a sumar años, pero no serán nunca viejos porque habrán aprendido a amar la vida. Quien ama la vida no será nunca viejo, así lo entendía Pau Casals.

No hay ninguna revolución comparable a la de conseguir una sociedad con maestros excelentes, quienes enseñarán a amar antes que a saber sumar números, sumar estimación es mucho más productivo para la sociedad del futuro. Los buenos maestros amarán a los alumnos y los querrán alegres y contentos porque la satisfacción personal es la primera condición para llegar a ser generoso y para evitar frustraciones generadoras de agresividades. Los buenos maestros descubrirán la belleza escondida a menudo en las cosas sencillas. “Ética y estética son U” razonaba Wittgenstein; el gusto por la estética ayuda a formarse éticamente. Las artes plásticas, el teatro, la poesía, la naturaleza, la arquitectura, la música… son medicamentos, revitalizantes, para afrontar los embates de la vida, las adversidades inevitables. La educación hará superar esta etapa de crisis actual. Con la buena intención de proteger a los niños, hay una tendencia a dárselo todo mascado y los privamos del ejercicio de subir peldaños. “¡No hay bien sin sufrimiento!”, decía Montaigne, que alguna cosa sabía sobre la cuestión.

Los maestros son uno de los colectivos que han cambiado, cambian y cambiarán el mundo. Reconocer la tarea de los maestros que nos han iluminado la vida para siempre, es la primera de nuestras obligaciones. Albert Camus, después de recibir el Premio Nobel (1957), escribió a su maestro amado para decirle: “Sin usted, sin la mano afectuosa que extendió al niño pobre que yo era, sin sus enseñanzas y su ejemplo, no me habría sucedido nada de todo esto”.

Desde siempre pecamos de entender la educación como una manera de adaptar la gente joven a las pautas establecidas y debería ser justo lo contrario. Educar es poner en cuestión todo lo que existe, lo que se da por supuesto y cierto. Educar es formar inconformistas y rebeldes porque un mundo injusto precisa de la rebeldía. Educar en estos tiempos de cambios es reafirmar que lo esencial de la educación sigue intacto: despertar la incertidumbre, evitando la indiferencia; valorar la duda, sin caer en la paralización; manifestar que la reflexión sin acción resulta estéril y la acción sin ética es abominable.

Regresemos a Camus para remarcar un pensamiento esencial para la educación transformadora: “No se debe tener vergüenza de vivir”. Si queremos salir airosos del reto que supone afrontar tantos cambios, apostemos claramente por el valor del realismo confiado. Sepamos encontrar la parte positiva de cualquier situación, no olvidemos nunca el humor, reforcemos la autoestima y procuremos que nuestros pequeños la tengan. Educar es tener fe en la persona que se educa. La confianza que alguien tiene en nosotros nos estimula y el desprecio nos hunde. La corrección necesaria siempre será razonada y afectuosa. Seamos más empáticos y comprenderemos a los otros sin juzgarlos. No seamos avaros a la hora de ofrecer palabras amables a todos. Felicitemos siempre que tengamos ocasión, de palabra o por escrito. Que no nos deje la sonrisa ni cuando la adversidad nos persiga.

En conclusión, la sociedad que nos llega exige unos cambios de actitudes equiparables a la gran revolución técnica. Unir ética y estética es imprescindible para los desafíos sociales que vienen y para prestar atención a las necesidades de las personas vulnerables de nuestro entorno.

Un esfuerzo de tal magnitud precisa del alimento constante de la estética. En un excelente artículo de Ester Busquets, Ètica i estètica del tenir cura, dirigido al personal de enfermería, pero útil a toda persona sensible, remarca con acierto: “Es bien clara, pues, la imbricación entre la belleza (kalos) y la bondad (agathos). La bondad es bella y la belleza es buena”.

Por tanto, bondad y belleza son los pilares que se retroalimentan y que sustituirán viejas pretensiones de cambio que olvidan la bondad por inútil y menoscaban la belleza, considerándola un suplemento prescindible propio de la feminidad. La búsqueda de la belleza nos acerca a la bondad. Esta certeza nos mantiene confiados en el futuro que empieza, tan diferente, tan igual al de siempre porque, como expone Josep Maria Esquirol a La penúltima bondat,”el mal es muy profundo, pero la bondad todavía lo es más”.

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