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De las aflicciones

Álvaro Darío Lara

Escritor y docente

 

Es muy común en nuestro medio, escuchar frases como esta: “¡Me siento afligido!” o “¡Estoy pasando grandes aflicciones!”. Si vamos a cualquier diccionario de la lengua española, seguro que encontramos una definición del vocablo (aflicción), que apunta en términos generales, a la siguiente: “Abatimiento y tristeza. Molestia o sufrimiento físico”.

Expresa la escritora espiritual Mrs. Cowman en su obra “Manantiales del Desierto”: “La aflicción revela profundidades desconocidas que existen en el alma y aptitudes desconocidas de experiencia y servicio (…). La aflicción nos hace que marchemos más despacio y juiciosamente, y examina nuestras tendencias e inclinaciones (…) Podemos imaginar a una cierta clase de personas descuidadas, que viven en una gran extensión de terreno al pie de una montaña y que nunca se atrevieron a explorar los valles y cañadas de la otra parte de la montaña; y un día una tormenta atronadora les aparece y convierte los valles ocultos en trompetas resonantes, y les revela  los escondrijos interiores del valle, lo mismo que las enroscaduras de una grandísima corteza. Entonces dichos habitantes se sorprenderán de los laberintos y los valles sin explorar que hay en una región tan cercana a la suya y que les es poco conocida· Así sucede también con muchas almas descuidadas que viven en el borde exterior, por así decir, de su naturaleza, hasta que una grandísima tormenta de aflicción les revela profundidades ocultas interiores, que hasta entonces no sabían que existían”.

Toda aflicción nos debe llevar, tarde o temprano, a la paz. Una vez superada la circunstancia, nos damos cuenta, que, todo problema, tiene soluciones concretas. Para llegar a ellas, el alma, debe entrar en oración, meditación, en el silente reposo, que constituye el medio a través del cual nuestro ser interno, nuestra partícula divina, nos manifiesta la solución. No conviene desesperarse, cualquier aflicción es pasajera.

Por su parte, el Sabio de Ojai, Krishnamurti, nos dice: “La mente tranquila implica también el valor que da ánimo para afrontar sin temor las pruebas y dificultades del Sendero; significa, además, la firmeza que permite soportar fácilmente las molestias de la vida cotidiana y evitar la angustia incesante por cosas sin importancia, que absorbe la mayor parte del tiempo de mucha gente”

H.C. Trumbull, otro autor espiritual, cuenta una fascinante historia: “Las inundaciones se llevaron la casa, el molino y todo lo que un pobre hombre tenía en el mundo. Cuando las aguas se calmaron, el hombre estaba descorazonado y sin aliento en el lugar donde sufrió esta pérdida, cuando vio que por las orillas brillaba algo que las aguas habían descubierto. Desde lejos parecía oro. Se acercó a ello, y era oro en verdad. La inundación que le había empobrecido, lo enriqueció. Así sucede a menudo en la vida”.

Siempre de la crisis, de la angustia, de la aparente aflicción, tendrá que erguirse, pasada la tormenta, la flor magnífica de la recompensa vital ¡Nunca renunciemos ni a la fe ni a la esperanza!

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