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Poniendo en orden la casa

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y Editor

suplemento Tres mil

 

Hace unos días me solicitaron algunos atestados para mi currículo, con el objetivo de demostrar las actividades realizadas por este servidor. Algo fuera de mi costumbre, pero comprensible para poder cotejar los estudios y trabajos realizados, de algún modo debe de haber testimonio de los pasos de uno.

Así que desde ese momento comencé la increíble y titánica aventura de poner en orden la vastedad de archivos de mi computadora. Menudo aprieto en el que me metí, años de acumulación me desmotivaron al principio, sobre todo por el desorden y falta de organización que tenía. Sin embargo, no me dejé influenciar por el desgano y en poco más de ocho horas había logrado mi objetivo y me sentía mejor persona.

Quizá la parte más complicada resultó encontrarse con uno mismo y su desorden (o caos que me recordó el versículo inicial de la Biblia cuando dice que todo estaba “desordenado y vacío”) , en el cual se ve reflejada la confusión con la que está la cabeza y el corazón de uno también, justo como la computadora y los archivos personales. Con todas esas cosas que no logramos limpiar y se van acumulando para dejar cada vez menos espacio para la felicidad y una mejor óptica de vida. Nos engulle lo cotidiano y la costumbre sin remedio aparente, algunos requieren de distintos escapes para olvidar esa realidad y terminan más perdidos y absorbidos.

Yo terminé por sentir que viajaba en una especie de máquina del tiempo, esa sensación que tuve cuando era niño en aquella época que revisaba los álbumes familiares llenos de fotografía impresas en papel fotográfico por RAF u otra compañía del rubro. Me trasladé a las locaciones en que aparezco en viejas fotos que había olvidado. Viví de nuevo el cariño inmenso por los seres queridos, así como aquellas sonrisas que hacían amanecer desde los encuadres de las primeras cámaras digitales, esas que nos inmortalizaron los días.

Así me encontré de igual forma con imágenes y archivos de diseños diversos, la mayoría en formato JPG de algunos ejercicios que elaboraba en programas rudimentarios y debo confesar que  en más de alguna ocasión nos salvaron la vida e incluso nos hicieron ver mejor de lo que éramos para promocionar algún evento o la venta de un libro.

Innumerables textos con incontables contenidos, de diversas dimensiones, ejercicios, obras terminadas y por terminar. Muchos de ellos olvidados por los años de los años. Aquello se convirtió en el increíble recordatorio de que las cosas se van acumulando si lo permitimos, hasta el punto de no sentir la motivación para clasificarlas y saber su utilidad. Así fui reflexionando en la vida, en esas cosas que hasta parecen cliché: perder el tiempo en redes sociales, los videos sin propósito útil, pura entretención, y un largo etcétera que vuelve urgente su abreviación etc.

Y al apreciar aquella incontrolable cantidad de cosas por hacer, ver y disfrutar, deseé ser mago, como esos de los libros de cuentos que con un par de palabras enmendaba todo. Pero la realidad es que el mayor truco de magia resulta tomar cartas en el asunto para actuar en gerundio o en un presente infinito para ir poniendo en orden las cosas, al igual que la casa. Haciendo.

Y entonces, las cosas comienzan de verdad a tener sentido. Dejamos de vegetar en la vida para de verdad vivir.

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