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viernes , 20 octubre 2017
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Chapultepec 23 años después…

Juan José Figueroa
Embajador de El Salvador en Nicaragua

Hace un poco más de veintitrés la guerra no parecía tener un final cercano. A pesar de los documentos que se habían firmado en Nueva York en septiembre de 1991, drugstore a muchos nos acompañaba la desconfianza. Desconfiábamos de las intenciones de nuestros enemigos por razones obvias, porque no puedes confiar en un enemigo que te ha buscado para matarte durante tantos años. Desconfiábamos de las circunstancias que rodean cualquier guerra en cualquier lugar del mundo.  Si un sentimiento puede resumir aquel momento fue la desconfianza. A pesar de ello, dimos el paso.

Las formas de entender la guerra y el contenido del acuerdo que culminó con la misma es tan variadas como las diversas mentes que se han dedicado a observar un hecho tan complejo. En ese mar de interpretaciones podríamos situar dos posturas fundamentales: los que consideraron que la negociación política era un hecho irreversible y necesario; y los que lo deploraron y lo vieron siempre con pesimismo.

Terminar una guerra es un acontecimiento único, de incalculables efectos en la formación de la personalidad cultural de una sociedad. Sobre todo si se trata de una guerra civil en la que compatriotas se enfrentan entre sí, a muerte, por un sistema de valores y de ideas, de intereses, para pelear entre hermanos, entre familias que constituyen una misma comunidad en un mismo territorio, pero que están enfrentados.

Si logras dar por terminada una guerra civil, bajo premisas y principios básicos de convivencia, aunque las expectativas de las partes implicadas no estén del todo resueltas, como es propio en cualquier proceso negociador, es imperativo reconocerlo, es decir, advertir que un hecho marcó la historia por encima de las inconformidades, del dolor, las pérdidas y la zozobra, características propia de un estado de guerra.

Por lo tanto, me resisto a admitir la apreciación que conlleva a comparar de manera grosera la violencia que se vive actualmente en el país con aquella que superamos cuando se firmó el acuerdo de Chapultepec. Cada época tiene sus derroteros, protagonistas, sus problemas, enfoques y realidades, por consiguiente sus propios mecanismos para superar el hecho generador del conflicto. El Acuerdo de Chapultepec y sus antecedentes deben apreciarse como un hecho que solo puede ser comprendido en su justa dimensión como hito de la historia. Mezclar argumentos y falacias que buscan asimilar lo que vive El Salvador 23 años después con aquel acuerdo es una forma de negar la historia y sus propios paradigmas. El Salvador, como cualquier país del mundo, como cualquier cultura del mundo, necesita ver los hitos de su historia con objetividad y mesura, entendidos como parte de un largo proceso en la formación del carácter de su cultura, de lo contrario es una forma poco inteligente de apreciar el transcurso de la historia.

El paradigma de superar una guerra civil por la vía negociada no puede ser desacreditado por los fallos que la misma tiene, por sus inconsistencias o manipulaciones de los procesos que le sobrevinieron al acuerdo que puso fin a la guerra. Es burdo pretender simplificar los problemas actuales de la sociedad salvadoreña asimilándolos de forma mecánica a los que esta misma sociedad vivió en otro tiempo. Lo que vive El Salvador en este tiempo precisa mecanismos propios y coherentes con la época y circunstancias que se viven, es decir, precisan de la construcción de otros paradigmas, de otros acuerdos.

Recurrir al significado histórico y cultural del Acuerdo de Chapultepec es recurrir a la memoria de las víctimas del conflicto, a los luchadores sociales que decididamente alzaron las banderas de la libertad, democracia y justicia social.

Veintitrés años después de la firma de los acuerdos de Chapultepec es imperativo reconocer que las energías empeñadas en ese proceso significaron un decisivo aprendizaje en el territorio de la real política: las enormes posibilidades que sugieren el entendimiento entre partes cuyos intereses políticos, económicos e ideológicos son diferentes.

Hablamos pues, de una época superada que nos dejó una huella profunda en la psicología nacional. Que nos permitió ejercer las facultades preciadas del pensamiento para imaginar y trabajar por un país mejor.

Me desligo de las posturas pesimistas; los fallos que como sociedad y país hemos cometido en los últimos años deben permitirnos realizar nuevos aprendizajes a partir de comprender qué es lo que nos sucede ahora, en este tiempo, en estas circunstancias y poder encaminarnos a sus soluciones.

Precisamos más estatura y sensibilidad políticas, para ello es imperativo observar nuestro pasado  con el lente que nos brinda la distancia de los años transcurridos; solo así podremos mostrar un pensamiento fresco y renovado, alejado del odio y el pesimismo que tanto daño le hace al país; solo así podremos imaginar siquiera que a pesar de las adversidades es posible un mundo mejor.

La mayor enseñanza que nos deja el Acuerdo de Chapultepec es precisamente eso, la enorme posibilidad que hay en el diálogo franco entre adversarios, en los principios esenciales que justificaron su redacción, en las intenciones genuinas de sus protagonistas, en la esperanza que, a pesar de todo, sigue presente entre quienes seguimos creyendo que es posible superar los momentos de dolor y de muerte basados en la inteligencia y la sensibilidad que se arropan en las causas justas. La experiencia y los aprendizajes fundamentales están relacionados con el método, con el abordaje de los problemas recientes que nos aquejan, de ahí que apoyarnos en aquellos mecanismos que sean viables, legales y justos para las aspiraciones de nuestra sociedad en cualquier época sigue siendo irrenunciable, sobre todo en este tiempo que exige de nosotros lucidez para interpretar y construir nuevos paradigmas.

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