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Al ritmo del mimeógrafo

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y coordinador

Suplemento Tres mil

 

Crecí compaginando las famosas libretas que mi abuela María Julia Marroquín de Vallejo elaboraba bajo el nombre de Editores Salvadoreños (Edisal), que tenía como logo una estrella de David con el mapa de El Salvador en su interior. Aquel sello  editorial de la familia que creció en su momento gracias a que sus hijos mayores: Oscar Antonio, Edgar Mauricio y Marlya aportaban buscando información, dibujando, redactando. Las libretas trataban los temas de matemáticas, Estudios Sociales, Ciencias Naturales, Lenguaje y Literatura en todos sus grados siguiendo los planes de educación de esos años.

Todos en la familia sabíamos compaginar y buena parte del proceso, que aunque no lo hiciéramos teníamos idea de qué se hacía. Creo que me divertía ponerme metas personales y competir con Jaime para armar más libretas sin errores, creo que mi Mamá Yuly tenía más presión porque los plazos de entrega procuraba hacerlos de forma muy ordenada y metódica, como ella era: disciplinada.

La parte que más me gustaba era ver salir las hojas ya impresas de esos hermosos mimeógrafos que llegué a amar. Me sorprendía saber que con electricidad o sin esta, se imprimía. Veía a Mirna Escobar dándole a la manivela cuando se daban los cortes de luz, y el resto trabajando a la luz de una vela o de una lámpara de baterías.

Me decía Mirna que mi papá y todos mis tíos también habían compaginado. Y yo me imaginaba a mi papá y a mis tíos Tony, Marlya, Yomar y Kenya compaginando junto a nosotros, pero no tuve la dicha de ver un momento así.

No recuerdo cuántos años lo hice. Creo que después de los siete años hasta que las libretas dejaron de distribuirse y yo me acercaba a la mayoría de edad. Recuerdo que a veces acompañaba a mi abuela, cuando iba a una imprenta cerca del barrio La Vega para que “le picaran” el stencil. Increíble que ese material en negro con puntitos y rayitas negras le diera vida a todo, era como un sello.

En esos años no aprendí a engrapar y cortar, decían que era peligroso y que podía machucarme o cosas peores. La engrapada y “enlomamiento” siempre lo hacía Mirna, mientras que junto a  Jaime compaginábamos, y empaquetábamos y cargábamos los paquetes.

Esos años mi mamá Yuly pasaba más tiempo en los Estados Unidos, y ese mundo de imprenta y editorial dejó de ser parte de mi vida.

Pero, a veces uno no elige los caminos. O quién sabe. Porque desde entonces mi vida siempre estuvo ligada con el universo editorial o con la literatura. Aprendí de forma autodidacta a encuadernar y cortar para darle vida a Ediciones La Fragua, di clases de literatura y Ciencias Sociales, trabajé con periódicos y revistas. Gracias a esos días y noches que mi abuela me animó a participar de esa pequeña editorial e imprenta que funcionaba en la casa de mi familia paterna. Y no sé porqué razón sigo en la nostalgia de esos días que me enseñaron que el trabajo de un libro nunca se verá reflejado en el objeto; como la vida no se contiene en el individuo, sino en la totalidad.

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