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A coyol quebrado, coyol comido

A COYOL QUEBRADO, COYOL COMIDO

Myrna de Escobar

Escritora y docente

Día gris en la ciudad capital. Las codornices y las golondrinas sucumben en medio del bullicio frente a los escasos árboles, y los pájaros descienden desde las nubes para aterrizar sobre el asfalto. Otros nada más se advierten como frías estatuas entre los simulados troncos de las casi desérticas plazas del Gran San Salvador. Una inmensa bola de aire amenaza con defecar sus metales tóxicos ante la mirada indiferente de los transeúntes. Son días de mercado en las calles del proletariado.

Al ritmo obsceno de los pitos se sonrojan las volcaneñas, mujeres sencillas de rítmico andar, mirada serena y blanca sonrisa, quienes al bajar de las cumbres sostienen sus vestidos ante el indiscreto viento. En redes y canastos traen flores, cebollas, carbón, jocote corona, frijoles frescos, ejotes, caimitos, perotes, aguacates, chufles, loroco pitos y demás delicias del volcán cuya majestuosidad decora cada rincón de la capital.

Por las calles, la música estridente se cuela por las cortinas de aire y se mezcla con el simpático pregón de los vendedores; como aquél cuya voz monótona escapa de un megáfono al ofrecer “la papa, lapapa lapapa, lapapa lapapa…”

En esas calles domingueras convertidas en panales humanos, la pobreza y el ahorro van de la mano. Las amas de casa de todos los estratos sociales llegan para regatear precios. Y así con tumbillas llenas de productos, todos se alejan camino a los estacionamientos o a los autobuses.

A un costado del Teatro Nacional, un perro atraviesa la calle tras unas gallinas coloradas. El cortejo de las aves de corral lo secunda un hermoso gallo pinto. Casi de inmediato, un puñado de plumas se dispersa en el aire. El chucho ladra insatisfecho mientras que una mujer regordeta y despeinada airada vocifera:

— ¡Carajo perro maldito!  —te llevastes mis gallinas!

— ¡Voy a matarte! ¡Desgraciado! — añade el marido— Un hombre bajito y barrigón que bien podría ser el hijo de la mujer.

La mujer corre tras el impertinente perro con una raja de leña encendida sin lograr alcanzarlo.

Con tan poco tiempo para contemplar la escena, la vida sigue su curso. Un viento de miseria se atisba en la mirada de los pequeños comerciantes a la espera de sacar lo del día. Para pagar los chillos. Aunque sea para sacar unos centavitos para el almuerzo.

Para algunas familias es tiempo de acoger al nuevo bachiller en el puestecito. Una ranchera de Pedro Infante se diluye en el aire. Con dificultad, la gente se abre paso entre las voces, las ofertas y la idiosincrasia de la zona.

— ¡Es casi mediodía y no se ha vendido nada!

— ¡Compren gentes! ¡sólo a mirar vienen; no compran!

— ¡Venga séñito! ¿Qué le damos?

Venga y ofrezca, ¡le tengo cereales y huevos fresquitos!

Con un sol haciendo malabares de altura, todos parecen ignorar la bronceada tez de los vendedores al lado del ruido, el desorden y la basura.

— ¡Sí no compra, no mallugue! — reniega alguien más a lo   lejos.

— ¡Todo lo quieren barato!

— ¡Vayan al súper, a ver si allí regatean!

El rumor se repite en cada trecho, pero es un día de esos malos y los platos vacíos seguirán a la espera de unos cuantas chirilucas para comprar el desayuno.

Cheñola. Cheñola. ¿Quiele limones? llévelos balatos. Repite un pequeñín sentado en una banqueta de madera.

Su madre lo anima a trabajar mientras amamanta al más tierno. Junto a la suegra, ella también espera el primer “nombre de Dios” (la primera venta) para emprender el día. El biberón recubierto de moscas al lado del canasto aguardará un poco más por el agua azucarada.

pal menos calmarle el hambre al cipote.

La abuela es una señora frondosa y llena de piojos cuya risa escandalosa decora un par de coronas de oro en sus dientes e invita a todo el que pasa por ahí a reír un poco.

Entre cantos, himnarios, inciensos, y hierbas de toda clase, los vendedores se las ingenia para ofrecer sus productos en carretillas del súper, cochecitos de bebé, carretas de construcción, cajas de cartón, o sobre el cuerpo mismo, como percheros humanos. Otros deambulan entre maniquíes rotos, sugestivos, o medio vestidos para atraer a la clientela. Otros exponen la mercancía cargando sus creaturas en brazos o portando publicidad sobre el cuerpo, si es necesario.

— ¡Vengan, vengan, compren! — dicen todos a un mismo pregón.

En la periferia, el proletariado vive de prisa, deja sus mejores años en el trabajo, y disfruta poco de la vida digna de los más favorecidos. La vida del pobre es así, casi siempre cuesta arriba, para vivir siempre endeudados, pues irónicamente, para muchos, enjaranarse es la única forma de obtener algo.

El salvadoreño común, vive cansado, duerme en los buses, come; mas no se alimenta. Trabaja a horas y a deshoras y suele ser persistente, casi siempre.

A diferencia del pasado, cuando no existía el dinero plástico, el salvadoreño de hoy vive apurado, amolado, endeudado, enchillado, renteado, extorsionado, amordazado por la inseguridad, hipotecado por las jaranas aquí y allá, apocado por su falta de preparación en la vida. Sin un empleo digno y bien remunerado, emigra o se embriaga en algún vicio, y si está desempleado se enlista en un trabajo informal para sobrevivir a un presente, cada día más incierto.

Pero el salvadoreño de a pie no se resigna a su suerte, siempre anda en la rebusca, tras una cachada. Adquiere sus bienes al pasón, al agachón, o mientras viaja en autobús. Es optimista y ahuyenta sus penas con una carcajada, o una taza de café a cualquier hora, en cualquier lugar. El salvadoreño común, el bochinchero, desafía la pobreza y conquista amores sin tener algo que ofrecer. Tristemente, se reproduce irresponsablemente.

Como lo expone la historiadora del arte, María Teresa Constantina: “indigente es el sujeto que no posee ni lo necesario para subsistir humanamente” y según los distintos estadios de la pobreza, ésta agudiza cuando expone a sus habitantes a vivir en condiciones indignas, por lo que no es de extrañar que gran parte de nuestra población trabajadora viva como reza el refrán: “A coyol quebrado, a coyol comido,”

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