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El hombre es infinitamente más que hombre

El portal de la Academia Salvadoreña de la Lengua.

EL HOMBRE ES INFINITAMENTE MÁS QUE HOMBRE.

Eduardo Badía Serra,

Director de la Academia Salvadoreña de la Lengua.

 

He debido insistir en este asunto tan importante como urgente de cuál debe ser la actitud del hombre salvadoreño ante esta realidad, tan multicolor por lo negativa, que le oprime. En una palabra, debo decirlo: Incendiar hogueras en las plazas, o avocarse ante el yo interior y asumir una conducta intimista que le lleve al rechazo de aquellas cuestiones que tanto le afligen. Creo que he dejado claro que mi posición se alinea con esta última opción. Ante el comodismo del “qué-más-da” y de la cultura del consumismo y del sonambulismo de la “era digital”, optar por una resistencia íntima que permita la recuperación de los infinitos esenciales del hombre, volviéndolos insumisos guerrilleros de la proximidad. En una palabra, ir a una filosofía vital que lleve al recogimiento del ser. No es una propuesta utópica; es una propuesta real. Cuando el ser se introyecta en su propia conciencia, la opresión se sacude y cede.

Pienso que ha sido ya suficiente, y termino con esto. Hay que creer en el hombre, en sus potencias ocultas, en lo íntimo de su conciencia. Ya lo ha dicho Pascal: “El corazón tiene sus razones que la razón no comprende, y el hombre, es infinitamente más que hombre”. Ante este especie de hedonismo de esclavo en que vivimos, o decimos vivir, en que nos entregamos al placer del instante, que bien podría encerrarse en aquello que apuntaba Horacio, -“carpe diem, quam mínimum crédula postero”, “goza el día presente, y no creas en el mañana”-, el intimismo que propongo bien podría ser “el huerto cerrado en el que podríamos alcanzar la meditación que nos permita madurar los frutos de nuestro conocimiento”, como ha dicho Vasallo.

¿Qué busco con ello? Realizar lo que somos en profundidad, es decir, realizar nuestra moralidad. Y la opción que propongo es algo así como aquella lejana “moral del arquero” de la que hablaba Aristóteles, porque nuestro blanco está bien señalado y por lo tanto no podemos fallar. De otra manera, estaremos siempre en eso que he llamado hedonismo de esclavo, una verdadera inmoralidad que nos lleva al no-ser, a la nada, a eso que terriblemente definía Góngora como “una vida bestial de encantamiento”. Es en la interioridad de sí mismo, pues, que el hombre se hace infinitamente más que hombre, como ya he citado. El intimismo, entonces, es en el fondo la vida moral. Él nos puede permitir desarraigar la apatía y alcanzar la imperturbabilidad, la verdadera ataraxia.

El hombre salvadoreño, así, debe optar, debe decidir, tomar posición, ante esa alternativa de llevar una vida de descarte, sumido en un consumismo voraz que le ofrece un hedonismo de esclavo: Una vida bestial de encantamiento; o sumirse en un intimismo imperturbable que, sin necesitar quemar hogueras en las plazas, haga que la opresión se diluya en el miedo y en su propia incertidumbre. Es la fuerza del silencio, el encuentro del yo con el ser, que cuando se da en las multitudes, nada ni nadie es capaz de detener. Pocos creen en esto, lo sé muy bien, y ello, desafortunadamente. Siempre hemos optado por la lucha abierta a pesar de ser conscientes de nuestra debilidad en este campo de batalla; y ello, sabiéndolo el opresor, lo ha aprovechado para hundirnos cada vez más en esa gruta oscura y profunda de la caverna que no nos deja ver más que las sombras.

Debemos cambiar nuestra realidad. Bien decía Marx en su once tesis sobre Feüerbach: “La filosofía se ha dedicado a explicar la realidad; pero de lo que se trata es de cambiarla”. Crítica a los filósofos, así es. Y la asienta Bochenski cuando testimonia, hablando de la filosofía como “perforadora de la pura existencia momentánea” que “aquellos que pretendan enterarse de hacia dónde marchamos, harían bien en prestar atención, más que a los políticos, a los filósofos; lo que hoy proclaman ellos habrá de ser la fe del mañana” En el intimismo que propongo, el encuentro de nuestro yo con nuestro ser facilitará esa reflexión interior que, ya exteriorizada, hará que a los que ahora queman hogueras en las plazas cambien ese errado camino por el correcto. Combatir el poder que oprime y humilla y liberar al hombre de ese hedonismo de esclavo en que vivimos, queramos o no reconocerlo, debe ser el producto de nuestra reflexión consciente.

Termino: Como ha dejado dicho el filósofo mexicano Salomón Rahaim, “Estamos para un diálogo trascendental, y no para escarceos de mero lujo”.

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