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Verdad, posverdad y manipulación

José M. Tojeira

La verdad se ha definido siempre como la coincidencia entre lo dicho y la realidad. Lo contrario solía definirse como la mentira. Pero en estos tiempos nuestros de predominio del individualismo y de la búsqueda inmediata de la satisfacción del deseo, ha surgido una nueva palabra referida a la manipulación de la verdad: la posverdad. El diccionario de la Real Academia de la Lengua la define como una “distorsión deliberada de una realidad que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”. Si la palabra es nueva en el diccionario, no lo es en nuestra realidad política. Los discursos políticos, y sobre todo electorales, están generalmente plagados no solo de promesas falsas, sino también del deseo de convencer y entusiasmar a la multitud con grandes ideales, sin que haya una voluntad firme de convertirlos en realidad. Demasiados votantes han ejercido su derecho al voto más movidos por sus sentimientos que por la razón. Sentimientos fomentados desde la amenaza, el miedo, la mentira, el regalo o la promesa falsa.

En estos tiempos de pandemia la posverdad abunda. Y no solo en los ataques e insultos en las redes, sino también en el lenguaje que usamos todos. Un ejemplo puede ser la frase de volver a la normalidad. Se repite mucho y se insiste en volver a ella. Sin embargo, no es cierto que volveremos a la normalidad. Regresaremos a una sociedad más desintegrada, más enferma y más pobre. Si esa es la normalidad que queremos estamos realmente mal. Ya la supuesta normalidad del pasado era lo suficientemente miserable como para no quererla. Pero la nueva normalidad ni será nueva, ni será normalidad. No será nueva porque retrocederemos seriamente en nuestro camino al desarrollo y la justicia social. Y no será normalidad, porque no puede ser normal que un país tenga un 35 % o un 40 % de su población en pobreza y unas instituciones estatales profundamente empobrecidas por la deuda que a causa de la pandemia hemos tenido que contraer. Aunque sin duda quedemos con mejores instalaciones hospitalarias, quedaremos también con más pobreza, más rezago educativo y más trabajo precario

Normalidad viene de norma. Y no hay claridad todavía sobre qué normas vamos a establecer para luchar contra la pobreza. Es falso que con las empresas y los emprendedores solucionaremos la situación, pues el mercado por sí solo no arregla nunca situaciones de pobreza o violencia. Al contrario, la normalidad del mercado es priorizar ganancias. Y en una sociedad con pobreza intensa la priorización de la ganancia lleva más a la desigualdad que a otra cosa. El Estado puede dar pasos para cambiar las cosas si maneja con unas nuevas normas más solidarias al mercado y abre un diálogo con empresarios y sociedad civil para transformar estructuras y emprender reformas de fondo a la anormal normalidad. Pero en estos momentos los poderes del Estado se hayan en una situación conflictiva tan intensa que no augura nada bueno a la hora de buscar soluciones. Porque las soluciones solo puede venir del diálogo y de un consenso básico sobre reformas que tiendan sistemáticamente a barrer de nuestro país la pobreza y a mejorar sustancialmente la salud y la educación.

Manipular la verdad, entrar en el juego de la posverdad, lleva siempre a la aceleración de las crisis. Puede haber algún momento de entusiasmo ante la capacidad de los gerentes de la posverdad de crear escenarios espectaculares. Pero al final, si no se dan cambios estructurales en nuestra propia realidad económica y social, las crisis serán cada vez más fuertes. Necesitamos ser fieles a los datos de la realidad, dar pasos evaluables, no mentir y tener la capacidad de descubrir con claridad lo bueno y lo malo. Nadie es normalmente tan malo como lo pinta el enemigo, ni tan bueno como lo describe el amigo. Reconocer lo bueno en personas, ideas y realizaciones y tener al mismo tiempo capacidad crítica frente a desaciertos y estructuras que nos mantienen en el subdesarrollo, es el único camino alternativo frente a la tendencia cada vez más universal del poder a mantenerse en la posverdad.

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