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Una historia de fantasmas

 

 

UNA HISTORIA DE FANTASMAS

Álvaro Darío Lara

 

En una ocasión, un psicólogo amigo me dijo muy enfáticamente, ante mis constantes temores existenciales, que los seres humanos estamos dotados de una extraordinaria capacidad para sobrevivir y recuperarnos, incluso, después de las más terribles pérdidas o sufrimientos vitales. Esto me impactó, y me hizo tratar de dimensionar más justamente mi estado.

El miedo es una sensación normal y cotidiana en todas las personas. Funciona como una poderosa alerta, pero su desbordamiento nos lleva, muchas veces, a los atormentados caminos de la ansiedad, la angustia y la depresión. Y si dejamos que estos fantasmas aniden en nuestra mente, en poco tiempo se convertirán en opresivos monstruos, capaces de llevarnos a verdaderos infiernos.

Estamos atravesando difíciles tiempos nacionales y mundiales a raíz de la crisis provocada por la pandemia. Pero esto, no es otra cosa más, que otro pasajero eslabón en la historia humana.

Sólo hay que recordar que décadas después de la peste negra europea, el viejo continente resurgió con ese formidable movimiento artístico, cultural y económico conocido como  el Renacimiento.

«Todo pasa» afirma el dicho popular y religioso. Y así es. Estimular el miedo sin sentido y paralizador es una ruta perversa e interesada.

El autor místico Cecil A. Poole nos dice con gran razón: «La energía que se gasta en prever el desastre debería más bien emplearse como un medio para controlar lo que se teme como posible causa de algún desastre».

La actual coyuntura, denominada por algunos, «la gran reclusión», desde luego, además de los devastadores efectos socio-económicos, está generando un acelerado deterioro mental y emocional en las sociedades. Cada vez más nos enfrentamos al desorden del sueño y de la alimentación; al pesimismo, a la incertidumbre, a la agresividad, a los intentos suicidas, a las fobias de todo tipo; a las obsesiones, a las ideas recurrentes, a la frustración, entre otras situaciones.

Muy lamentable que, desde las instituciones públicas y privadas, no se atienda debidamente esta realidad. Como si el virus nos hubiera plantado rígidas orejeras, y todo girara en torno a él.

Comprender que muchos, muchos aspectos escapan a nuestro control, entre ellos, la posibilidad de contagiarnos, nos debe liberar de la tensión innecesaria. Pese a todo, la realidad sigue siendo infinitamente más rica, que una pandemia que terminará atravesando otra vez, con o sin nosotros, la historia humana.

El peor verdugo y el más venerable sabio, sigue -oculto- dentro de nosotros. Desechemos al primero y busquemos al segundo.

Darnos cuenta que el pasado ya no existe, que el futuro aún no llega, y que lo único que poseemos es el presente, nos aliviará.

La contemporaneidad ha mal comprendido el término «lucha». Se «lucha» contra todo y por todo, y en esta lógica sólo existe: la «victoria» o la «derrota». No. Este razonamiento sólo nos lleva al desgaste y a la muerte espiritual.

La antigua sabiduría enseña que en la vida «se fluye», no se combate… Y esto es particularmente verdadero cuando se trata de los propios fantasmas interiores.

Por ello, refulgen con especial brillo, estas palabras finales y esperanzadoras de Poole: «Lo que el hombre más necesita y debe tratar de obtener mientras está en este planeta, es el equilibrio».

 

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