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UNA GRAN INJUSTICIA

Álvaro Darío Lara

Escritor y docente

 

Es Azorín (1874-1967), indiscutiblemente, uno de las grandes prosistas de la lengua española. Van  y vienen las décadas, los siglos, los movimientos, las modas literarias, y figuras clásicas como la de José Martínez Ruiz (Azorín) permanecen.

Recientemente leí un tomo juvenil (Las confesiones de un pequeño filósofo) de este autor, donde nos narra su infancia y adolescencia, en esos pueblos donde el tiempo se detuvo para siempre. Pueblos de casas vetustas y de colegios religiosos asfixiantes.

De este texto, dejo con ustedes, “Es ya tarde”: “Muchas veces, cuando yo volvía a casa –una hora, media hora después de haber cenado todos-, se me amonestaba porque volvía tarde. Ya creo haber dicho en otra parte que en los pueblos sobran las horas, que hay en ellos ratos interminables en que no se sabe qué hacer, y que, sin embargo, siempre es tarde ¿Por qué es tarde? ¿Para qué es tarde? ¿Qué empresa vamos a realizar que exige de nosotros esta rigurosa contabilidad de los minutos? ¿Qué destino secreto pesa sobre nosotros que nos hace desgranar uno a uno los instantes en estos pueblos estáticos y grises? Yo no lo sé; pero yo os digo que esta idea de que siempre es tarde es la idea fundamental de mi vida; no sonriáis. Y que si miro hacia atrás, veo que a ella le debo esta ansia inexplicable, este apresuramiento por algo que no conozco, esta febrilidad, este desasosiego, esta preocupación tremenda y abrumadora por el interminable sucederse de las cosas a través de los tiempos. He de decirlo, aunque no he pasado por este mal: ¿sabéis  lo que es maltratar un niño? Yo quiero que huyáis de estos actos como de una tentación ominosa. Cuando hacéis con la violencia derramar las primeras lágrimas a un niño, ya habéis puesto en su espíritus la ira, la tristeza, la envidia, la venganza, la hipocresía…Y entonces, con estos llantos, con estas explosiones dolorosas de sollozos y de gemidos, desparece para siempre la visión riente e ingenua de la vida, y se disuelve poco a poco, inexorablemente, aquella secreta e inefable comunidad espiritual que debe haber entre los que nos han puesto en  el mundo y nosotros los que venimos a continuar, amorosamente, sus personas y sus ideas”.

Hace unos días fui testigo como autoridades religiosas de un renombrado colegio de niñas de Santa Tecla, expulsaron a una alumna presa de múltiples enfermedades, bajo argumentos inadmisibles que sólo caben en las cuadraturas tridentinas de una catolicidad cada vez más ajena a los tiempos actuales. Estos procederes en centros educativos no son raros. Pesa mucho, aún, una interpretación literal y victoriana de las normativas, sobre el sentido común, no digamos ya, sobre la humanidad, y si se quiere, sobre el espíritu cristiano.

Urge la intervención de la sociedad civil y del Estado, para evitar que tantos escribas y fariseos actuales, sigan haciendo derramar lágrimas a inocentes niños y sus familias ¡Hay que actuar!

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