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Necesitamos ser predecibles en la grandeza

Wilfredo Arriola,

Poeta y escritor.

Leonor, está devastada, sabe la verdad. Abrió su ordenador, hizo un par de malabares para olvidarse de la realidad, tuvo el gesto de alzar la mirada a la periferia, se encontró vacía, el desánimo articuló la rutina de los siguientes gestos de operación rutinaria. Abrió el ordenador, como el clásico asalto de la página en blanco o el lienzo a los pintores. Ella en su oficio de diseñadora, se enfrentaba a la difusa escena de la creatividad nublada a costa del juicio de las verdades inexplicables. Miró la taza de café semi fría, sus viejas pulseras con más recuerdos que estética, el escritorio lleno de irrelevantes cosas, lapiceros a media tinta, un lápiz sin estrenar, una ventana con anuncio de lluvia. Todo estaba ahí excepto ella. Parecía una escena donde le había pagado a su doble para que ejerciera su vida. Se levantó, acercó su mirada hacia el destino o a lo que uno nombra como desconocido y se abandonó a la nublada idea de divagar lo antes sabido.

La noticia fue conmovedora y todo lo conmovedor lleva implícito la debilidad y esa parte frágil de la vida, pensaba en sus últimas palabras: «te he perdonado todo e incluso he vuelto a reír contigo, todo está bien». Lo que no sabes, en mi silencio te he dejado de respetar y es una de las cosas más fulminantes que a un humano le puede pasar, perderle el respeto a alguien querido. Todo se desvanece y aquella percepción labrada con el tiempo no es sino otra forma de un ininterrumpido desconocimiento y decepción. Esas palabras, toda esa nube del recuerdo se columpiaba por el terco recuerdo de aquella mañana. El arte de conocerse a sí mismo es un ejercicio para toda la vida y cada oportunidad de inventario personal nos puede dejar en evidencia. La evidencia era que el rencor se servía en su escritorio, quizá en ese café semi frio que decoraba un helado escritorio y unas desocupadas sillas sin el calor de una compañía. Suspiró. Dibujó con sus manos un nudo de ansiedad, la misma recreación de su mente, la siguiente pregunta traía el veneno y en su respuesta la condena. ¿Perdonar o no perdonar? Aquella consigna de «nadie puede hacerte daño sin tu consentimiento» parecía una falsa bandera de aceptación que en los momentos de la tormenta se necesita estar mojado para opinar con solvencia, lo demás es pura banalidad de palabras. Su persona especial le había fallado y eso conlleva el desastre de enfrentarse al intimo infierno que recrea el recuerdo de lo sucedido.

Los días sumaban, el recuerdo pedaleaba la bicicleta mohosa del dolor. El no saber aceptar es inyectar esa epidemia de mirar en lo áspero y en ese camino, sucumbir. Leonor, de pocas conversaciones salía ilesa, pero con la que siempre tuvo un encuentro fuerte era con la autoconversación de los días nublados y la de los días feriados, decirse la verdad cara a cara es asunto solo de dos tipos de personas: los valientes o los desahuciados. Ella no sabía donde ubicarse, o quizá sí, pero definirse era abrir otro peldaño más, uno que la precisara, determinó en la ingenuidad. Puso su mente a definir la traición y encontró en su estudio una sola afirmación, nadie es dueño de su propia verdad. Y en ese camino, es probable que todos en algún momento de nuestras vidas hemos traicionado y viceversa, tal vez con dolo o sin dolo, con la conciencia del caso o con toda la irrespetable gana de dañar. El qué este libre de culpa que tire la primera piedra dice en una de las tantas historias de la Biblia, cuando se referían a las meretrices a la hora de ser juzgadas.

Albert Camus sentencia: «Siempre nos engañamos a nosotros dos veces respecto las personas que amamos, primero a su favor, y luego en su contra». El respeto como la lealtad, un detalle solo de grandes personas, pero para aspirar a ese regalo hay que trabajar en otorgarlo. Leonor, de a poco lo sabe y de a poco lo ignora, cuando su figura egocéntrica aparece por su vida se siente la mujer más docta en valores y castiga sin remordimientos, pero para conocerse un poco más, habrá que preguntarle a los demás, quien uno es. A lo mejor el respeto y la lealtad tampoco nos asiste. Ni un día sin trabajo personal, ni un día sin rodearse de personas que nos hagan el mundo un lugar más habitable para vivir. Necesitamos ser predecibles en la grandeza. Necesita Leonor no presupuestar la desilusión en sus amistades.

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