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Un ensayo sobre los desafíos de las Ciencias Sociales (II)

Luis Armando González

• Lo científico en las “ciencias” sociales

Y las ciencias sociales ¿son ciencias? Esta interrogante –que muchos obvian dando por supuesto que las ciencias sociales son ciencias- no es impertinente, pues no solo la diversidad de corrientes y enfoques al interior de algunas disciplinas, sino la proclamación en otras de que lo que hacen es contrario a la “ciencia occidental” (y que lo suyo es “otro” conocimiento) obliga a meditar sobre el estatus científico de las ciencias sociales y sobre las exigencias que deben cumplirse si se quiere ser merecedor de ese estatus.

Algo digno de hacer notar es que no suelen encontrarse cultivadores (ensayistas, docentes, investigadores) de las disciplinas y especialidades (y sus corrientes) adscritas a las ciencias sociales que abjuren abiertamente de esta denominación y que, en consecuencia, renuncien a los protocolos académicos en sus publicaciones (por ejemplo, la obsesión con las normas de la APA), conferencias e incluso en su autopromoción como personas con las credenciales que avalan sus conocimientos.

• Las ciencias sociales en El Salvador: grupos de interés

En un país como El Salvador, una mirada rápida (sumamente cualitativa) permite identificar un primer grupo de interés en el cultivo de las ciencias sociales, mismo que se precia de lo científico de su campo (algunos economistas, politólogos y sociólogos son representativos de esta postura). Dejando de lado que a veces algunos de sus miembros identifican ciencia con datos o con modelos matemáticos sofisticados, lo destacable es que ciencia para ellos (y ellas) no es anatema, sino todo lo contrario: se precian de ser científicos y no hacen mala cara a los libros de ciencia, particularmente si son afines a su especialidad.

Un segundo grupo toma a bien ser parte del mundo de las ciencias sociales, aunque haciendo resistencia a lo que llaman “cientificismo”, en la línea de creer que los científicos sociales –por ocuparse de realidades no naturales- deben optar por otros procedimientos, estrategias y manejo de datos. Aceptan acríticamente -aunque no les guste mucho- que sus ciencias son “blandas”, que sus datos son puramente cualitativos y que en lugar de explicar, deben “interpretar” el significado que los actores dan a sus acciones.

Este grupo ha sido -y es- sumamente influyente en las facultades de humanidades y ciencias sociales en las cuales se cultivan, además de híbridos de literatura, filosofía, sociología y antropología que son el foco de resistencia al “cientificismo” y al “reduccionismo”, visiones metodológicas y epistemológicas según las cuales lo cualitativo es algo opuesto a lo cuantitativo, siendo esto último algo propio de las ciencias naturales.

Supuestas metodologías cuantitativas y cualitativas son las que marcan los linderos entre unas ciencias naturales “duras” y unas ciencias sociales “blandas”. Desconocen que el quehacer efectivo de ciencias como la física, la astronomía o la biología evolutiva los afanes de medición no descartan las aproximaciones cualitativas como una puerta de entrada legítima a fenómenos de su interés.

Un tercer grupo profesa un rechazo abierto a la ciencia “occidental” a la que oponen “otro conocimiento” –según dejar ver algunos de sus voceros—, no occidental, de procedencia más “autóctona”, entendiendo por tal cosa algo no solo fraguado en la India, China, África o América Latina sino realizado con un espíritu de resistencia anti-colonial o de recuperación de la tradiciones y vivencias de las personas.

Poco importa que las narrativas en que se elaboran y difunden esos planteamientos sean hechas en lenguas “coloniales” y occidentales como el español, el portugués o el francés, o que sus portavoces se ciñan, aunque la maltraten con falacias, a la argumentación lógica, también de procedencia occidental, o que no duden en llenar sus ensayos de referencias bibliográficas occidentales (de preferencia en alemán, francés o inglés). No importa, si es por la causa de un “pensamiento crítico descolonizador”. Rechazan la ciencia, a la que califican de “occidental, y entablan una disputa con ella en nombre de un conocimiento distinto, de perfiles difusos y arbitrarios.

Precisamente, la arbitrariedad es lo que mejor caracteriza a estas formulaciones de “otro conocimiento”, pues está animadas por un relativismo cultural según el cual la realidad es construida por los sujetos; y por tanto determinada visión de la realidad (que es una construcción subjetiva) es tan válida y legítima como cualquier otra. Más aun, en esta perspectiva, el “otro conocimiento” (no occidental, postcolonial, o como quiera que se la llame) es tanto más válido y legítimo que la tan denostada “ciencia occidental”. De lo que se trata es de librar una batalla en contra de esta; si no, la ciencia occidental seguirá imponiendo su hegemonía, profundizando el eurocentrismo neocolonial.

• El insostenible rechazo a la ciencia

Los defensores de ese “otro conocimiento” profesan un rechazo acerbo a la “ciencia occidental”, a la que le achacan males extraordinarios, no solo en sus capacidades para explicar las dinámicas de la realidad natural, sino sus afinidades con el capitalismo, su carácter totalitario, eurocéntrico e imperialista y su desprecio por saberes no científicos, vale decir, ancestrales, vivenciales, comunitarios o semejantes. En definitiva, de la “ciencia occidental” nada bueno se puede esperar, según estos discursos anti-distópicos y “descolonizadores” del saber. El siguiente texto ejemplifica la visión que comentamos:

“El modelo de racionalidad que preside la ciencia moderna se constituyó a partir de la revolución científica del siglo XVI y fue desarrollado en los siglos siguientes básicamente en el dominio de las ciencias naturales. Aunque con algunos presagios en el siglo XVIII, es solo en el siglo XIX que este modelo de racionalidad se extiende a las emergentes ciencias sociales. A partir de entonces puede hablarse de un modelo global de racionalidad científica que admite variedad interna pero que se distingue y defiende, por vía de fronteras palpables y ostensiblemente vigiladas, de dos formas de conocimiento no científico (y, por lo tanto, irracional) potencialmente perturbadoras e intrusas: el sentido común y las llamadas humanidades o estudios humanísticos (en los que se incluirán, entre otros, los estudios históricos, filológicos, jurídicos, literarios, filosóficos y teológicos).

Siendo un modelo global, la nueva racionalidad científica es también un modelo totalitario, en la medida en que niega el carácter racional a todas las formas de conocimiento que no se pautaran por sus principios epistemológicos y por sus reglas metodológicas. Es esta su característica fundamental y la que mejor simboliza la ruptura del nuevo paradigma científico con los que lo preceden”.

Se trata de un texto en el que, por más respeto que le profesen al autor sus seguidores, se hacen afirmaciones falsas o discutibles en extremo. Por ejemplo, qué es eso de “modelo global de racionalidad científica” que identifica, de un plumazo, ciencias tan distintas como la física (y sus disciplinas, entre las cuales la mecánica es una rama entre otras), la biología evolutiva, la paleontología, la psicología evolucionista, la psicología cognitiva, etc. Precisamente, algunas de estas disciplinas están entrándole en serio al análisis del sentido común, al tiempo que le están dando unos fundamentos sólidos a las humanidades y a los estudios humanísticos, a los que científicos destacados consideran con el mayor respeto.

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