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Un año para cambiar

José M. Tojeira

Si algo se advierte en la mentalidad ciudadana es que el año 2019 sea diferente al 2018. Aun con algunos aciertos y aspectos positivos de este año recién pasado, los problemas en el campo de la seguridad, del trabajo y salario digno, así como el funcionamiento de diversas instituciones han hecho aumentar en la ciudadanía deseos profundos de cambio. El tiempo de las elecciones presidenciales, casi inmediatas al inicio del nuevo año, ha incidido en que se muestre con mayor fuerza el cansancio respecto a un mundo político que, pese a sus promesas, no ha sido capaz de introducir en el país un dinamismo de cambio eficiente hacia el desarrollo humano. De hecho, incluso ante la proximidad de las elecciones, solo el FMLN ha presentado un plan de gobierno. Y en conjunto todos los partidos contendientes tienen propuestas todavía demasiado generales, sin que se sepa, entre otras cosas, de dónde van a obtener los recursos para implementarlas. Las promesas son amplias en todos los partidos. Pero es difícil creer en las promesas en un país con una deuda demasiado pesada y con una carga impositiva exigua, aunque haya ido aumentando levemente en los últimos años, pero sin llegar aún a la media latinoamericana. Mientras esta está aproximadamente en un 22 % del Producto Interno Bruto, nosotros con suerte logramos alcanzar un ingreso en favor del Estado de aproximadamente el 17 % de nuestro PIB. Y curiosamente ningún partido político habla con claridad de una reforma fiscal progresiva, indispensable en El Salvador si aspiramos a un desarrollo decente. La incredulidad ciudadana frente a la política tiene sin duda sus razones, aunque estas sean percibidas más de un modo intuitivo que claro y racional.

Y cuando las cosas son así, es normal que los deseos de cambio elijan caminos a veces impensables en otras situaciones. Con el problema de que al no tener claro cómo debe ser el cambio, existen fuertes probabilidades de que terminemos en una situación muy parecida a lo que muchos ciudadanos consideran estancamiento. El país necesita crecer y necesita también, todavía más, que el trabajo reciba una compensación mayor que la que recibe en la actualidad. Especialmente en aquellos sectores que conforman el mundo de la pobreza y la vulnerabilidad, que superan en conjunto y sobradamente a más del 50 % de la población. Sin ese mayor crecimiento y sin que los efectos del crecimiento repercutan en los sectores con mayores necesidades, el malestar ciudadano y las causas del mismo podrán tener ligeras variaciones, pero seguirá el país tenso y con deseos de cambio, gane quien gana las elecciones.

El papa Francisco ha publicado ya su mensaje para el día primero del año 2019. Y es que en esa fecha, uno de enero, la Iglesia celebra desde 1968 la Jornada Mundial de la Paz. Este año 2019 el Papa ha dedicado su mensaje a la política como generadora de paz. Un mensaje siempre de actualidad, porque sin una política que busque realmente el bien común es muy difícil mantener la paz social en cualquier país. Francisco insiste, citando a un poeta francés, en que la paz es “como una flor frágil que trata de florecer entre las piedras de la violencia”. Y el mejor medio socioestructural para ayudar a su crecimiento es sin duda una política democrática, participativa, con amplios tintes y dimensiones sociales, dispuesta a erradicar la pobreza, la injusticia y desigualdades sangrantes. Y esa política es la que, aunque haya habido intentos, no ha terminado de imponerse en nuestro país. Cuando nuestro arzobispo, Mons. José Luis Escobar, afirma que el Estado le falla al ciudadano en el campo de la seguridad y en otros órdenes, en realidad lo que está haciendo es lo mismo que en este mensaje hace el papa Francisco: recordar a los políticos su gran responsabilidad de mirar los rostros adoloridos de nuestro pueblo por las diversas privaciones que sufre y brindar a nuestra gente un camino de desarrollo donde se cumpla con bases claras de justicia. O como dice nuestra propia Constitución, que el Estado asuma su responsabilidad, a través del sano ejercicio de la política, con respecto a nuestra gente y le brinde la “consecución de la justicia, de la seguridad jurídica y del bien común”. Y para que no quede demasiado abstracto, el mismo numeral 1 de la Constitución añade que “es obligación del Estado asegurar a los habitantes de la República el goce de la libertad, la salud, la cultura, el bienestar económico y la justicia social”. Si no cumplimos ni con nuestra propia ley fundamental ni con la racionalidad básica con la que nos habla evangélicamente el papa Francisco y nuestro arzobispo, será difícil que el 2019 sea el año de paz que todos deseamos. 

Los que deseamos la paz, cuando decimos Feliz Año, deseamos también que la política nuestra, la de todos, se empeñe mejor en esta tarea de construir la paz.

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