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Sobre la retórica reaccionaria… (1/3)

Ricardo Olmos Guevara

Economista

La civilización occidental ha dado pasos hacia adelante, y particularmente en lo que corresponde a los derechos, que han trascendido desde los derechos políticos hasta los derechos económicos sociales, estos últimos ejercidos solo recientemente. Este panorama es explicado por Albert Hirschman (1991) en su libro Retóricas de la Intransigencia, destacando que la humanidad en su etapa moderna ha pasado por olas reaccionarias frente a los avances que viene desarrollando la humanidad.

La primera ola reaccionaria está referida a la reacción negativa sobre la afirmación de la igualdad de los hombres frente a la ley y, particularmente, de los derechos civiles ejercidos hasta la segunda parte del siglo pasado, para que los hombres y mujeres de color gozaran de esos derechos no sin elevadísimos costos sociales. La conquista de tales derechos corresponden a resultados de amplias luchas sociales por la legalización de los derechos civiles, las libertades y similares derechos como el de igualdad ante la ley. 

En El Salvador, todavía tales derechos, de manera real, no se observan para todos. Existen aún desigualdades en la aplicación de la ley según la procedencia social de los salvadoreños. No somos pues iguales ante la ley. La endeble democracia política que se vive en El Salvador está aún reñida por el evidente manoseo de la ley en muchos ámbitos de la vida civil y política.

Hirschman describe la segunda ola reaccionaria, referida a la oposición del sufragio universal. Y es que este derecho político conquistado a mediados del siglo XIX solo dio paso en sus primeros años a la participación del hombre como sujeto de derechos políticos, y por cierto fue muy entrado el siglo XX, cuando las mujeres lograron esos derechos. En las sociedades occidentales (El Salvador no es la excepción) se logró el respeto a los resultados electorales luego de la derrota de la dictadura militar, que prevaleció por más de cincuenta años hasta 1992. Esta segunda ola reaccionaria se manifiesta con persistencia en países como Honduras, Brasil, etc., enfrentándose a quienes desean promover y profundizar estos derechos, que se respeten frente a todos, reducir las inequidades, eliminar los privilegios para transitar en el respeto y el goce de las oportunidades con mayor democracia política. En cambio, los representantes de los reaccionarios, pretenden aún reducir la aplicación igualitaria de la ley en materia electoral judicializando los derechos políticos.

La tercera ola reaccionaria corresponde a la crítica del Estado benefactor como preocupación central, puesto que estos derechos (suscitados luego de la existencia de las Naciones Unidas) contemplan nuevas realidades jurídicas que han sido incluidas en las constituciones en variados países del globo, pasando a prácticas que han inducido al respeto y logro, de no solo los derechos del ciudadano en términos políticos, sino aquellos vinculados con las condiciones generales de la vida.

Frente a tales avances de la humanidad, existen “argumentos” de la retórica reaccionaria que han prevalecido desde la Revolución Francesa hasta nuestros días; retórica que pretende desbancar y anular tales avances con sus variadas formas desde la argumentación reaccionaria hasta la tortura, masacre, y muerte y la negación de tales derechos con dictaduras sangrientas en el continente. Hirschman esboza tres tesis para explicar los “argumentos” reaccionarios prevalecientes: la tesis de la perversidad, la tesis de la futilidad y la tesis del riesgo. Veamos cómo se aplican cada una de ellas en el contexto salvadoreño y cómo se han desarrollado a lo largo de los años.

La tesis de la perversidad explica cómo los representantes de los “argumentos” reaccionarios ante los avances positivos de la humanidad los califican como negativos, pues valoran que las consecuencias serán en una dirección opuesta. En el caso nuestro, por ejemplo, frente a la voluntad política de impulsar los programas sociales por los dos últimos gobiernos del FMLN, los representantes de la reacción indican que estos programas producen pobreza, pues han sido mal diseñados, mal focalizados y no resuelven los problemas sobre los cuales se han enfocado. Además, llegan hasta afirmar que los equipos técnicos que realizan esta función en el sector gubernamental son incapaces o ineficientes. Llegan al colmo de afirmar, sin prueba alguna, que los programas sociales son un gasto, que son un despilfarro y que producen resultados contraproducentes. Este argumento o la matización del mismo, no es extraño escucharlo en los foros públicos de análisis y hasta en las declaraciones de organismos de relativo prestigio, pero desinteresados por atender los problemas nacionales. Otros discursos son más miserables pues van orientados con el propósito de tergiversar y manipular interesadamente, con la idea de volver esta percepción una realidad a los ojos de los intereses de la ciudadanía. Tal tesis de la perversidad se viene aplicando desde la misma Revolución Francesa por los organismos ideológicos a fin de hacer prevalecer en la percepción de la sociedad que solo el individualismo es el germen del desarrollo, con la creencia de que los resultados no deliberados de la acción humana pueden catapultar el bienestar colectivo. Esta perversidad con este tipo de planteamiento reaccionario se viene aplicando para desacreditar las políticas públicas que han favorecido a los más vulnerables a lo largo de la historia moderna con variados énfasis y desatinos de las clases dominantes en nuestras sociedades. En síntesis, esta visión del efecto perverso tiene por consiguiente muchos atractivos para los medios de comunicación al servicio del gran capital, pues en lenguaje sencillo se arropan en los mitos profundamente arraigados en el ser humano. La experiencia más reciente se ha vivido en el caso de El Salvador. Las voces reaccionarias se dejaron entrever cuando se expresaba en el marco del debate sobre el incremento del salario mínimo que este era contraproducente. Se dijo que cualquier incremento que propicie la demanda interna como es el caso del incremento de los ingresos de los trabajadores a partir de una mejora salarial, afectará el crecimiento económico, y en consecuencia la acción de mejora perjudicará a los mismos sectores que se pretende beneficiar. Este discurso es bastante promovido sin sustento técnico, y la experiencia reciente evidenció en nuestro país que el efecto del incremento salarial benefició la demanda, con mayor consumo, y por consiguiente de mayores ventas para los empresarios nacionales. Otro ejemplo, sin pretender agotar los casos en donde el discurso reaccionario se vuelve evidente, es cuando se indica que se debe de desdolarizar la economía. Inmediatamente aparece el discurso reaccionario mencionando que la propuesta de desdolarizar sería más perversa pues eso afectaría a los que se pretenden beneficiar, dado que la puesta en vigencia de una nueva moneda con la que se pueda rescatar la autonomía de ejercer la política monetaria en el país es contraproducente pues afectaría negativamente a toda la sociedad. Todo ello sin demostrar a través de estudios técnicos que en efecto tal desdolarización pueda tener efectos contraproducentes para la sociedad.

Las acciones humanas que han promovido el progreso como la Revolución Francesa, el proceso de independencia de los Estados Unidos de Norteamérica, la revolución cubana y muchos casos más como la revolución política salvadoreña, fueron acciones del ser humano que no han podido ser reducidos sus efectos positivos por los discursos reaccionarios, y que además, no han podido eliminar los consensos que solamente por esos medios ha sido posible más democracia en la civilización occidental.

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