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Tres cuentos de Mauricio Vallejo Marroquín

Mauricio Vallejo es un poeta y escritor que nació el 28 de diciembre de 1958 y fue desaparecido el 4 de julio de 1981. Su primer poemario fue publicado póstumamente. El resto de su obra espera su publicación.

 

 

Caparazón 

de añicos

Me había sentado a la orilla del escritorio a hojear unas páginas. Apagué el cigarrillo y sacudiéndome los dedos levanté la cortina que da a la calle. De nada sirvió desabotonarme la camisa y tratar de leer algo, el escozor de la tensión no muere, sólo nace y se transforma.

Afuera, ojos oblicuos y suéter gris, un hombre golpeaba con sus puños y machacaba la frente contra el poste de la luz eléctrica. Sus acciones eran mías, lo envidiaba pues, él había encontrado manera cómo realizarlas y yo era una canoa sin remos en un río. Algo grave descargaban los golpes. Había furia en sus manos, no importa si colérico o sufrido, la vida lo ha despedazado y sus puños clamaban salir del laberinto que dejan los desenlaces. Volteó hacia mí; sus pestañas descubrían de repente la mirada preocupada y acusativa, diferente a Mauricio que siempre lleva la paz en el rostro.

Ayer, chorreando recuerdos, las cosas cerca de mis manos se destruyeron. Se fueron las cartas de Guadalupe, los poemas de Mauricio y un libro de Kipling.

Conocí a Mauricio en el cafetín donde nos reunimos a conversar sobre temas de literatura. En sus manos mostraba temeroso un número grueso de cuartillas y de nuestros poetas frustrados salían arrogancias y desdeño, motivándolo a que siguiera la línea neófita de su estilo. Su comienzo. Vale la pena contemplar el comienzo de algo, como ver reventar una flor o escuchar el primer viento de tempestad.

En una exposición de grabados y acrílicos me presentó Guadalupe, vestida de largo y azul, aberturas de fuego en las caderas y un escote mostrando la división de sus senos. Esbelta y blanca, sus labios desangrados en carmín y sonrisas.

No sé qué pasa, en más de dos años no ha mejorado en el oficio de escribir, de seguro será parte del gremio que murió en los versos y espera resucitar junto a la taza de café. Los poemas son malos, no tienen emoción ni estructura. No sirven, le sugeriré que busque otro medio para desplazarse.

Cada quien con su pesar, ahí estábamos. El hombre del suéter gris y ojos oblicuos; diferentes por la distancia y cerca por la situación y el momento. Ha perdido algo o en algo y lo han engañado, posiblemente adulterio, homicidio u otras manifestaciones del trajín cotidiano.

Fruncía el ceño y ponía el cuello en el hombro con el mentón hacia adelante; frente a frente, pregunta a respuesta y viceversa, lo mismo en lo mismo, por eso me aparté, pues, dos cargas iguales chocan en la soledad.

Herví agua para café y busqué vanamente un cigarrillo; los fósforos desordenados sobre el escritorio en ademán de reto.

Guadalupe vino con guitarra, caricias y maletas a mi casa. Sucedió de pronto como un segundo. Yo tenía desconfianza como todo hombre la debe tener con la sombra, el murmullo y la miel. Hace una semana se marchó a casa de Mauricio, con maletas, caricias y guitarra, dejando en mi cuarto un libro de Kipling, su olor y sus cartas.

Taza en mano fui sorbiendo el café hasta llegar a la ventana. La fosforescencia de la lámpara, formando espectros con las hojas penetraba débil

en mis cabellos trayendo el vaho de afuera, los misterios inmundos de la tierra. El hombre se había ido.

1976 MV

 

 

 

 

El Sol sin rayos perdió el día

Bigote y barba le salieron demacrados. Reanudó en pocos días su trabajo de profesor dejando vibrar a cada paso la espuma que dolía en su pecho.

De ojos tranquilos avanza como si el mundo nunca hubiera existido, lleva el pispileo de un cadáver, como de muerte lo lleva la esterilidad.

Dentro de cuatro horas sale el bus para su pueblo y enraiza en su vista la forma del parque donde tantas veces se encontraron. Hoy la tierra no es en él la cuenca de Dios ni el grito de la esperanza, es una foswa de ideas y sentimientos, el afán por plantar inocencia hacia el fin.

Suena el reloj del Hospital Rosales y flaquea el brillo de la grama.

-… se parecerá a ti y se llamará Daniel, igual que tú.

-¿Y si es niña, Isabel?

-Tendrá siempre tu nombre.

-No. Será el tuyo.

Hablaba presurosa, pasando sus manos encima de Daniel que agarraba el firmamento para devolver alegría.

Cinco años de casados. Hace una semana podía sentir el aliento de ella.

La tala del ataúd cayó. Era de noche y los candelabros se mantenían entre tazas de café y copitas de aguardiente. El entierro esperaba desde ayer.

Sus quejas la ensalivaron, parecían lágrimas como aquellas que le salieron a ella cuando le informaron su infertilidad.

Nadie podía quitársela, sólo el tiempo y la fatiga.

A pesar de estar muerta seguía siendo sensual y la besó acariciándole la frente. El fuego de ella succionaba la sensación de poseer. Tomar la decisión de perpetuar la vida en los últimos suspiros derramados por la presencia del cuerpo, de reventarle la piel con moretes de amor.

Pasado y futuro metidos en un calorcito de piernas y tóraz, el presente era un deseo despreciable.

De rodillas, sentados y en pie, lo vieron dejarla como quien acaricia el vapor de un pozo geotérmico. Cada mirada moría de arrugas, canas y vigilia en el dolor de Daniel. Cuánta distancia recorrió el telegrama que lo trajo, para designarle el porvenir en un zarzal.

La sala nacional de exposiciones está pálida, ni el verde le limpia su repugnancia. Humo y sonido de autobuses atestan palmo a palmo el aire.

-¿Cuándo te veré otra vez?

-Tú dices.

-Te veré siempre… siempre.

Isabel fue sepultada con el sol en el cenit.

Cuando la tarde buscaba colocarse bajo el ala de la noche y los árboles perdían su valor como compañía, lo vieron correr y gritar hacia el cementerio. Había enterrado a su esposa como buen necrófaro, pero al igual que la mayoría de coleópteros-enterradores natos de los cuerpo en descomposición pensaba en incubar y originar su descendencia en la carne rígida de ella. Suyo era el grito de batalla, la lucha contra lo establecido.

Al encontrar la tumba, histérico se echó encima y gritó más que cuando el silencio calla en los sueños. Excavaba queriendo fertilizar en los peñascos cuando ya ni el cielo tiene lluvia.

Los enterradores lo sacaron y a golpes fue llevado a su casa, enfrentándolo con las cejas levantadas y curiosas del pueblo. Antes de irse a la estación se ha detenido para conservar la imagen que le brinca en el cráneo.

-¿Está enojadito, mi vida?

-No.

-¿Se llamará igual a ti, verdad?

Mañana sábado llevará un ramo de flores, será un día para ella. Mira la vegetación del parque; la memoria ha muerto en vida y el recuerdo arredra sus sentidos. debe marcharse, el reloj del hospital lo ha limitado. Algún día tal vez logra burlar la vigilancia de los enterradores.

1977 MV

 

 

 

Escritura en arena

 

Lleva media hora de ver perderse la calle en las puertas del calvario, de apuñar los ojos, resaltar arrugas y saborear pensamientos en blanco o untados de pasados.

Años atrás cuando el telégrafo y el ferrocarril imperaban en la región, se hubiera avispado por un dolorcito de cabeza, corriendo rápido hacia donde el médico. Hoy las cosas han cambiado y sus pies ya no patean fuerte las piedras del camino. Así nos sucede, ni por mucho saber y hablar poco o por no saber y hablar mucho, llega un momento en que el sentido por continuar respirando se oscurece y resultar inútil para nuestro propio adentro, el haber sudado preocupaciones y alegrías.

El viejo detiene el bastón y lo apoya en sus mejillas. Cuántos hijos y honores tuvo para estar solitario y esperar el final. Claro que todos esperamos el final y no sólo para nuestras vidas sino que para todas las cosas.

El pueblo le avienta recuerdos. El viejo sonríe despacio y aspira. No queda más que recordar y vivir de nuevo. en un asilo de ancianos o encerrado en un monasterio haría lo mismo. en diferente forma, pero encerraría el mismo argumento que punza los carazones de historia y leyendas.

Ayer lo trajeron del hospital más débil que antes. Gripes y colesterol han trabajado en su cuerpo, como dos buenas costureras de funerarias.

En su casa tratan de suavizarlo. El sabe que estorba y no hay manera de evitarlo más que con el adiós definitivo. Si no lo mandan al asilo es porque un roble carcomido no sirve de madera pero sí de abono.

De viejo siempre se es infeliz, o se han logrado muchas metas, se han roto marcas estupendas y nunca sabrá cuál sería la próxima o no se ha logrado nada y se espera el momento que llegue.

Tiene la barba mal afeitada. Mira profundo hacia la colina, hacia donde el sol se esconde y la calle sigue y hacia donde ésta acaba en las puertas del Calvario. Adormece sus ojos en el cielo, los pároados se le cansan y con mucho trabajo comienzan a levantarse poniendo el tercer pie en el suelo. Pronto se perderá como la calle que para en las puertas del Calvario. Seguirá viniendo mientras tanto, a ver al alrededor que tartamudea recuerdos en su mente.

Sonríe apresurado y camina. Es raro, siempre se va antes que el sol termine de perderse.

1977 MV

 

 

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