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Fidel Pérez Pérez de 43 años atestigua ante el juez del Tribunal Segundo de Primera Instancia de San Francisco Gotera, sobre lo vivido durante la masacre de El Mozote. Foto Diario Co Latino/Cortesía.

Testigos de sitios aledaños a El Mozote describen el horror del exterminio militar

Gloria Silvia Orellana
@SilviaCoLatino

“‘Hoy sí nos matan ¡vienen los soldados!’, nos dijo una señora”, citó en su testimonio Fidel Pérez Pérez de 43 años de edad, ante el juez del Tribunal Segundo de Primera Instancia de San Francisco Gotera, Morazán, en el caso de la masacre de El Mozote y sitios aledaños, perpetrado por un combinado militar entre el 11 al 13 de diciembre de 1981.

“Simón, un catequista, nos dijo que oráramos pero no tuvimos tiempo. En ese momento llegó el soldado donde estábamos, era moreno, bajo y con manchas en la cara (pintura de camuflaje), en su pecho andaba una granada, que agarró y la soltó en nuestro grupo, éramos 18 personas, entre niños y adultos, y todo fue como en un sueño… desperté a las seis de la tarde. A mi hermano Belarmino lo encontramos 15 días después, y mi hermana María Concepción de tres días de nacida estaba en brazos de mi mamá Faustina y vi cuando mi papá se despidió de mi mamá”, narró Fidel, quien rompe en llanto.

De esa experiencia traumática Fidel quedó con lesiones en su frente, que inflamaron su ojo y le impedía ver bien, así también fue afectado en su cabeza y brazos. Mientras, su hermano menor y padre quedaron sordos por el rompimiento de tímpanos. Eran las diez de la mañana del 11 de diciembre de 1981, cuando fueron atacados por soldados en el cerro Ortiz que está frente al cerro Pando, otro de los lugares identificados junto a la masacre de El Mozote.

“Nosotros no volvimos jamás a la casa (caserío Flor del Muerto, Cacaopera) y entendí qué es la -tierra arrasada-, nosotros salimos de ahí el 2 de octubre de 1980, porque la guardia civil (Defensa Civil) lo mató, por eso salimos de ahí. A los ocho días mi papá volvió al lugar donde murieron mi mamá y mi hermana a tirarles tierra, en 1994 las exhumaron y sus restos están en el cementerio. Hubo mujeres violadas, niños muertos. Y quedarme a temprana edad sin mamá, luego sin papá, es muy doloroso, porque no tienes a quién acudir y recordarlo es tremendísimo, y pido justicia para todas las víctimas, porque los que estaban allí no eran animales, eran personas”, expresó.

“Perdí a toda mi familia”, manifestó en su testimonio Juan Anteportan Chavarría, de 72 años de edad, quien pidió justicia y ayuda monetaria, porque ya no puede trabajar para mantenerse como albañil, oficio que adoptó luego que dejó el caserío La Joya, en Meanguera, Morazán.

“Salí a las seis de la mañana ese 11 de diciembre, a chapodar un mezcalar, a unos 200 metros, cuando oí la disparazón de los soldados, no hubo enfrentamiento, solo ellos disparaban (a la gente civil), yo me tiré en el mezcalar y oía el llanto de los niños, de las mujeres y la bulla que hacían los soldados. Me quedé en ese lugar cinco días, hasta que se fueron y luego baje a mi casa… y estaba mi compañera de vida Sebastiana Ramos, tenía 35 años, mi hijo Francisco de 4 años, Mariano de 2 años, mi madre Tomasa Chavarría, hermanas y sobrinos, mi hija Catalina no estaba en la casa y la busqué creyendo que se había escapado, pero la encontré a una cuadra de la casa con balazos en la espalda, ya era noche cuando la encontré”, narró.

De esa tragedia en La Joya, Juan Chavarría describió cómo, con otros sobrevivientes, dieron sepultura a los trece de sus familiares y otros vecinos, ocho días después decidió dejar el caserío La Joya, porque todo había sido arrasado para residir desde 1981, en San Miguel.

“Yo no sabía leer y habían dejado un cartel y me lo leyeron donde decían ‘Nosotros somos el Batallón Atlacatl’. Esto fue una inmensa tristeza porque me quedé solo para siempre”, acotó.

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