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Termina un año complicadísimo

El año que está por terminar deja a un país golpeado en su salud, económicamente, moralmente y, lo peor, dividido. Esto último debido a un liderazgo mal entendido o mal utilizado. La pandemia por el COVID-19 ha dejado luto en más de cinco mil familias por el número de muertos, más de 45,000 contagiados y no se descarta que al finalizar estas festividades de fin de año, los números se disparen, dado que los casos diarios reportados en las últimas dos semanas alcanzan los 200 o 300 diarios.

Mientras tanto, el Gobierno aprovecha estas cifras para su beneficio político electoral, lamentándose todos los días de “no tener las herramientas”, para enfrentar la pandemia, debido a que “la sala de lo Constitucional” le quitó las herramientas legales”. Esto, por supuesto, es falso. Lo único que la Asamblea y la Sala le ha impedido al Gobierno es meter presos en sus casas a la gente a la hora que se le ocurra, por lo demás, el Gobierno tiene todas las herramientas y, de hecho, las está utilizando.

En lo económico las cifras son claras, el país decreció en este 2020 -10 %, por eso es que los ingresos al fisco decrecieron en más de 600 millones de dólares, que lo ha logrado suplir gracias a que la Asamblea Legislativa le ha aprobado, hasta hoy, todos los préstamos solicitados por el Ejecutivo, entre estos los tres mil millones de dólares para enfrentar la pandemia. Sin embargo, el presidente Bukele repetía una y otra vez que “no le habían aprobado ni un centavo partido por la mitad”, lo cual era falso, por supuesto.

Significa que en los primeros seis meses del próximo año, el país debería tener un plan especial para recuperar ese menos diez por ciento que perdió la economía en el año que termina. Un plan que permita emplear a los aún 40,000 trabajadores que están desempleados producto de la pandemia, ya que muchas empresas cerraron operaciones o disminuyeron al personal hasta un tercio.

Ese plan económico especial de recuperación de los números negativos debería tener a la base un diálogo nacional, pero contrario a ello, el discurso del presidente Bukele y el supuestamente 97 % de la población que lo aplaude, es de aplastar a la oposición tanto política como empresarial.

Un diálogo nacional, que debió iniciar justo al comenzar la pandemia, le hubiera sugerido al presidente Bukele mantener el presupuesto general de la nación en los mismo números que en 2020, sino es que menor por la crisis. Sin embargo, lo que hizo el presidente Bukele fue aumentarlo en mil 300 millones de dólares más, por eso pasó de seis mil millones a siete millones de dólares el presupuesto, el cual le fue aprobado el 24 de diciembre pasado por la Asamblea Legislativa.

Pero, dado a que la Asamblea le reformó algunas partidas, entre ella la de publicidad y la contratación de asesores, el presidente Bukele ha anunciado que el presupuesto aprobado lo gastará en los primeros cuatro meses del 2021, y que al entrar la nueva Asamblea Legislativa, supuestamente con mayoría de diputados de Nuevas Ideas y Gana, votará por un nuevo presupuesto, que significa aprobar nuevos préstamos.

Pero lo más preocupante en este año que termina es la división política que el discurso del presidente ha provocado en sus ansias de destruir a la oposición. Con un discurso lleno de mentiras, de medias verdades y de odio. El odio no ha llegado a su máxima expresión, pero hay señales de que se llegará, pues las agresiones han comenzado a ser parte de la nueva realidad política del país, hay quienes en las redes sociales ofrecen derramar su sangre para que se haga lo que el presidente Bukele pida o exija. Y muchos de sus candidatos a diputados vienen con un pasado vergonzoso, tanto de la derecha como de la izquierda, que han encontrado en Nuevas Ideas “su reivindicación política”.

“30 años en ARENA confundido o desperdiciados”, dijo un exdirigente de ese partido político, ahora candidato del partido del presidente Bukele, con lo que cree haber borrado todas las acciones nefastas durante treinta años de su anterior militancia.

Es decir, El Salvador ha caído en una degradación moral que, al parecer, seguirá siendo el motor de la política salvadoreña en los próximos años. Así termina el año, con muchas dificultades, con mucha preocupación, con mucha incertidumbre y a las puertas de unas elecciones dominadas por la propaganda más fina y más absurda a la vez.

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