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Qué hacer ante Trump

José M. Tojeira

El presidente Trump ha ofendido a nuestros migrantes y al pueblo salvadoreño en general. La primera reacción suele ser el grito, bien sea insultante y como respuesta al insulto, o simplemente defendiendo los valores de los salvadoreños y mostrando el sano orgullo de serlo. La reacción es natural, pero con demasiada frecuencia se queda solo en eso. Y como lo más grave no son las palabras de Trump, sino sus decisiones, podemos quedarnos estancados a la hora de pensar qué debemos hacer. Para ayudar a clarificar ideas haré cuatro propuestas.

La primera es muy simple. Lo más grave es la negativa a renovar dentro de 18 meses el TPS a casi 200.000 salvadoreños y sugerir, aunque sea tácitamente, una deportación masiva. Y todos sabemos que las deportaciones masivas han dado origen generalmente a verdaderos desastres humanitarios. En ese sentido la respuesta prioritaria a esa decisión es insistir y trabajar de todas las formas posibles para que se les otorgue la residencia permanente en USA a quienes llevan tantos años en Estados Unidos trabajando, pagando impuestos, teniendo propiedades o incluso empresas, y que con frecuencia tienen hijos nacidos en el país del norte.

Los salvadoreños tenemos amigos, parientes, colegas profesionales y religiosos en Estados Unidos. Es hora de movilizar amigos y personas solidarias y de buena voluntad en favor de la residencia definitiva de nuestros hermanos con TPS. Se trata de defender un derecho básico de toda persona a fijar su residencia colaborativamente en donde pueda asegurar su futuro. Derecho al que corresponde el deber moral y ético de la hospitalidad y del apoyo al peregrino.

La segunda es emprender una campaña contra el racismo. Y particularmente contra ese racismo que daña y desprecia especialmente a los más pobres. El diccionario de la lengua española ha incluido recientemente la palabra aporofobia, que significa “fobia a las personas pobres o desfavorecidas”. Aunque en El Salvador no estamos libres de aporofobia, el racismo que humilla, desprecia y somete a condiciones que dañan la dignidad de los más sencillos es lo que se está aplicando en Estados Unidos. En un país que ha tenido tantos y tan excelentes luchadores contra el racismo podemos sin duda encontrar aliados en esta tarea.

La tercera es poner racionalidad en la lucha por la residencia definitiva. Nuestros hermanos se lo han ganado con sus impuestos, su buen comportamiento, su emprendedurismo e incluso con sus hijos, ciudadanos norteamericanos. Nuestros hermanos no han hecho más que buscar medios de subsistencia allí donde existen en vez de permanecer donde no los hay. Eso no es delito. Y sí, no solamente han encontrado medios de subsistencia sino que los han multiplicado tanto desde su trabajo como desde su solidaridad, es absurdo castigarlos con una expulsión no deseada ni merecida.

Y finalmente debemos aprovechar la corriente de solidaridad que ha desatado el lenguaje soez y racista de Trump. Sus palabras han dejado patente que las medidas de suspensión del TPS no tienen razones económicas ni sociales de fondo. Es simplemente una obsesión contra el extranjero pobre, no exenta de racismo. Hasta la embajadora Manes, que hasta hace poco veía con frialdad la interrupción del TPS y que se quejaba de la famosa frase “yankee go home”, ahora se dedica a escribir tuits manifestando su cariño y su amor al pueblo salvadoreño. A ella, como a tantos otros, hay que decirles con todo respeto que si, como dicen, tanto aman a El Salvador, o tanto repudian cualquier frase o motivación política de corte racista, nos ayuden en la única solución racional y humana para quienes dejarán de tener el TPS: otorgarles la residencia definitiva a nuestros hermanos en Estados Unidos.

Es la mejor manera de profundizar las relaciones amistosas entre nuestros pueblos y la mejor manera también de cumplir con obligaciones básicas de humanidad fundamentadas en esos derechos naturales (la migración era ya considerada un derecho natural en el siglo XVI) que hoy llamamos derechos humanos.

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