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MEMORIA DE ALICE LARDÉ DE VENTURINO

 

Álvaro Darío Lara

A mi cuñada Irma

“Haciendo bibliotecas” como decía Cortázar al gran artista plástico Tomasello, encontré un libro de poemas, que me obsequiara en mi adolescencia, el periodista Dagoberto Orrego Candray, por aquel tiempo funcionario del otrora Ministerio del Interior. El texto era una reciente publicación, editada por la Imprenta Nacional, y se correspondía a un tomo de versos juveniles (“Grito al sol”) de una singular salvadoreña, Alice Lardé de Venturino (1895-1983).

Se trataba de una poesía de aires posmodernistas, románticos; de improntas bucólicas, ya muy distantes para los gustos de un joven de 1983, más emparentado con las vanguardias poéticas y muy lejos de todo aquello que juzgaba o percibía como una sensiblería trasnochada.

Sin embargo, había algo fascinante en esa dimensión libertaria de aquella poesía, perteneciente a ese pálpito de sensualidad, fuerza y asombro que otras mujeres, al igual que Alice, compartían. Mujeres extraordinarias como Juana de Ibarbourou (1892-1979) y Alfonsina Storni (1892-1938).

Dice la poeta Lardé: “Mi cuerpo está temblando como un lirio de fuego…/Mi lengua, dolorida, clama loca por él. / Y a los cielos fustiga con su pagano ruego. / Donde ruedan mis besos como gotas de miel…/ ¡Señor, haz que retorne!… ¡Qué venga a mí de nuevo, / Y que no encuentre nada que su camino obstruya!… /Por él será mi entraña como un bello renuevo/Que presto dará flores… ¡Seré suya!… ¡Muy suya!”. (Poema: “La oración pagana”).

Alice Lardé de Venturino nació el 29 de junio de 1895, en una familia de ambiente profesional, sus padres de ascendencia francesa fueron: el ingeniero químico don Jorge Lardé Bourdón y doña Ameia Arthés, maestra. Una familia compuesta por catorce hijos.

Entre sus hermanos más destacados figuraron: el Maestro Jorge Lardé Arthés, famoso científico dedicado a los estudios vulcanológicos, arqueológicos y sismológicos; el doctor Enrique Lardé Arthés, historiador y filósofo; y la pintora Zelié Lardé, esposa del gran narrador y artista plástico Salarrué.

Alice mostró desde su adolescencia y primera juventud, una vocación inequívoca por la poesía y la ciencia. Sus primeros textos literarios los encontramos en la Revisa Espiral entre 1919 y 1922, donde publicaba su hermano Enrique Lardé, el escritor Miguel Ángel Chacón, y otras figuras del ámbito literario y cultural salvadoreño de los años veinte. Además, fue activa colaboradora del Diario Patria (1928) que editaba en el país, el periodista y escritor don Alberto Masferrer (1868-1932).

La escritora contrajo matrimonio en 1924 con el sociólogo chileno Agustín Venturino, iniciándose así, un larguísimo periodo de ausencia del país.  Cuando su cuñado Salarrué publicó su clásico libro “Cuentos de barro” (1933) encontramos una dedicatoria que habla por sí sola de la admiración y el afecto del autor por la pedagoga, científica y escritora: “A Alice Lardé de Venturino, en fraternal afán por devolverle el terruño perdido”.

Fascinada por el origen y la naturaleza de la electricidad, el átomo, la sexualidad, Alice Lardé, publicó numerosísimos ensayos e investigaciones al respecto, entre otras: “¿Es la electricidad el origen de la vida y de la muerte?” (Chile, 1943); “Fórmulas gráficas del vitaoculicopio y del oculivita” (Uruguay, 1950); “La electricidad en los fenómenos biopsicológicos” (España, 1954) y “La frigidez sexual de la mujer” (México, 1967).

Alice Lardé de Venturino perteneció a numerosas asociaciones científicas y literarias a nivel mundial. El 27 de octubre de 1979, en una emotiva ceremonia realizada en el Hotel “Waldorf Astoria” de Nueva York, fue declarada “Mujer de las Américas 1979-1980”, por la Unión de Mujeres Americanas, central de Estados Unidos.  Falleció el 13 de octubre de 1983.

Su sobrina, la física salvadoreña-estadounidense Alicia Lardé (1933-2015) fue la célebre esposa del físico norteamericano John Nash (1928-2015), cuyas vidas inspiraron la cinta cinematográfica “Una mente brillante” (2001).

La vida y la obra de Alice Lardé, tan sugerente, merece una especial investigación, con el objeto que su valioso legado se materialice en una importante edición crítica.

Queden sus versos, su sentida poesía, como una flor maravillosa, entre nosotros: “Y si después que ha cesado/de latirme el corazón/miras tú que me he quedado/con los dos ojos abiertos/ ¡No los cierres, por favor! / que quiero seguir mirando/ las bellezas de este mundo/ a través de mi dolor…!” (Poema: “Escúchame tú”).

 

 

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