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Lo que se lleva la brisa de octubre

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y coordinador

Suplemento Tres mil

 

Octubre se ha teñido de muertes. El domingo me enteré de la muerte de Ricardo Lindo, quien no fue mi maestro, sino mi amigo. No cultivamos por siempre la amistad desde aquella tarde en 1999 cuando lo conocí gracias a Giovani Galeas y Carlos Santos. Lo veía inclinado sobre la mesa de aquel bar llamado la Placita. Ese día les quería mostrar a un intento de poemario que hacía y don Ricardo tuvo la gentileza de publicarme cuatro versos en Ars. Desde ese día fue frecuente que nos encontráramos y compartiéramos algunas bebidas y habláramos de la vida. Nunca le pedí consejos literarios, quizá debí hacerlo o no. Sin embargo, muchas de sus opiniones de la vida me ayudaron a crecer en esa etapa turbulenta en que la bohemia era irrefrenable y hacíamos desvelarse a don Ricardo al hablarle a las 3:00 o 4:00 de la madrugada (qué enorme paciencia tenía este hombre).

Tuve varicela a las 20 años, y el único de los amigos que llegó a visitarme fue don Ricardo. Llevaba bajo el brazo un ejemplar de Benito Cereno de la editorial Ciruela. Me agradó la portada y al ver que lo había escrito Herman Melville me interesó. Don Ricardo lo andaba leyendo, pero igual me lo prestó. Ese libro me acompañó en la convalecencia.

Cuando dejé el mundo de la bohemia abandoné también a muchos de los amigos con los que compartíamos madrugadas y bebidas, así que sólo cuando me lo encontraba en la calle lo saludaba, salvo una tarde en que la casualidad favoreció para que pasáramos una tarde conversando, porque teníamos en común el tener abuelos sefardíes y compartimos esas anécdotas e historias que a pocos nos gusta repasar. Y luego lo que pasa en lo cotidiano, de vez en cuando vernos por azar y despedirnos. No deja de darme tristeza, la perdida de un buen amigo siempre duele.

Y así fue viendo pasar toda una constelación de muertes, personas que enriquecieron su entorno y nos brindaron su huella como ejemplo, amigos y conocidos. El miércoles al llegar a casa mi mamá, al igual que en el caso de don Ricardo, me dijo que Paul Marwin Fortis había muerto. El caso de don Paul me desinfló totalmente, con don Paul compartíamos ideología y era un tipo con tanta energía y desenfado que caía bien de entrada.  Quedamos en que nos íbamos a sentar un día a hablar de mi papá, porque eran amigos y compañeros de lucha en las FPL. Esas promesas que ya no serán posible cumplir. En tanto queda grabada en mi mente aquella escena cuando íba entrando a un hotel junto a Salvador Sánchez Cerén (en ese tiempo candidato presidencial) con su sombrero negro y su espeso bigote de brocha, su cabello largo y en toda su humanidad como si acompañara a un amigo mientras camina. Sin sentirse más, como le sucede a otros que acompañan políticos a la cima y después quedan en el olvido o se aprovechan. Don Paul era derecho, de esos buenos hombres que no se inclinan y dejan la estela de ser firmes en sus convicciones pase lo que pase. Siempre estuvo presto a dar la mano, recuerdo que nos ofreció una brigada de médicos para Tonacatepeque. Ahora es parte de la historia como los otros nombres que parten junto a la ligera brisa de octubre.

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