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LAS NUBES SIEMPRE SE MUEVEN

Alvaro Darío Lara

A Mamá, siempre con gratitud

La contemplación de las nubes es una de las experiencias más maravillosas que existen.  Su lento desplazamiento en los cielos intensos del verano, de la primavera, sólo puede revelar una sobrecogedora autoría infinita, que para algunos puede ser la energía universal; para otros, el Absoluto, y para muchas culturas a través de la historia, una todopoderosa divinidad o un conjunto misterioso de policromas deidades.

Esos cielos de Cuscatlán embellecidos del tránsito de esas formas caprichosas de pulcro algodón han alcanzado su inmortalidad en el lienzo de nuestros grandes pintores. Verlas tan imponentes en su continua desintegración, siempre me ha hecho pensar en la fuerza impresionante de los cuadros del Maestro Valero Lecha o en las gráciles imágenes que de ellas nos dejara nuestro gran Toño Salazar.

Hermosos cúmulos en cielos totalmente abiertos de carretera constituyen una experiencia fascinante. Al igual que las nubes en el arte sacro del barroco o del renacimiento. Recuerdo con preferencia a Tiziano, entre los grandes maestros, cuyas nubes son siempre tan sugestivas.

Pero también existen otros tipos de nubes que, en ocasiones, tendemos a sobredimensionarlas en la vida y que pueden, en momentos determinados, causarnos gran pesar.

Hace unos días, gracias al generoso recordatorio de mi madre, retorné a la lectura de la escritora espiritual Mrs. Charles E. Cowman, en su clásica obra “Manantiales en el desierto”, un texto de muy sabias perspectivas interiores, vitales.

Y ahí, cosa curiosa, estaban las nubes, veamos: “El mundo debe una gran parte de su belleza a las nubes El azul inmutable del cielo italiano difícilmente puede recompensar la gloria y constantes cambios de las nubes. La tierra se convertiría en un desierto, si no fuese por su administración. Hay nubes en la vida humana, que la obscurecen, refrigeran y algunas veces la envuelven en la negrura de la noche; pero no existe ninguna nube sin su luz brillante. `Mi arco pondré en las nubes´.

Si nos fuese posible ver las nubes por la parte opuesta, donde permanecen con su aureola ondulada, bañada por la luz que interceptan como una acumulación de Alpes alineados, nos quedaríamos pasmados de su esplendorosa magnificencia.

Nosotros solamente nos fijamos en sus partes menos elevadas; pero, ¿quién puede describir la brillantez de la luz que baña sus cumbres, explora sus valles y se refleja desde cada pináculo de su expansión? ¿No son ellas las portadoras de cada gota de agua que produce las cualidades mejores y más saludables? (…) Si tú pudieras ver tus penas y turbaciones por el otro lado. Si en vez de verlas desde un punto de vista terrenal, las mirases desde los lugares celestiales…”

Lamentablemente, la mayoría de nosotros, no elevamos la mirada, nos aflige lo aparente, lo que está a la engañosa vista, y nos ahogamos en los vaivenes naturales e inevitables de la vida, con su carga de vicisitudes, penas y sufrimientos. Y, por supuesto, cuando nos concentramos en ese lado de las nubes, todo es fatalidad. Se nos olvida que existe ese otro lado, ese ángulo precioso, del que nos ilustra Mrs. Cowman, esa dimensión de esperanza que nos debe fortalecer en las horas amargas.

No hay que olvidar, finalmente, que el paso de algunas nubes, aparentemente grises, es transitorio, y que nuestra apuesta diaria debe dirigirse hacia la búsqueda de la felicidad, la paz y la tranquilidad, pese a las muchas circunstancias que, en definitiva, están fuera de nuestro alcance.

Por ello cabe como anillo al dedo, esta reflexión última de la gran autora y misionera religiosa, Mrs. Cowman: “Recuerda solamente que las nubes siempre se están moviendo y pasando delante del viento purificador de Dios”.

 

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