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La hora de los santos óleos

René Martínez Pineda
Sociólogo, UES

Los políticos corruptos -y los corruptitos en proceso galopante de pudrición, hoy que sienten su inminente extinción, siempre han visto al pueblo como un montón de pendejos con documento de identidad; como un mar de rostros desesperados que corren en busca de un empleo mal pagado; como una masa que huye despavorida de las balas de la corrupción; como las fértiles campiñas en las que siembran la semilla híbrida de sus robos consuetudinarios. Los políticos corruptos siempre vieron al pueblo como el blanco de tiro animado en el que afinan la puntería de su perversión de hoy y mañana… y entre el pueblo y el arma homicida aún humeante: las balas constitucionalistas que le roban todo por la impune voluntad del dios de los bolígrafos.

Muchos de los políticos corruptos ya olvidaron que un día no muy lejano ellos también fueron pueblo, olieron a pueblo, vistieron la camisa rota de la exclusión social, pero con la coartada del hambre y del desempleo crónico aceptaron de buena gana el arma sin número de serie para robar; aceptaron agarrar el garrote de las leyes de la desigualdad social y darle duro a la gente y, como patético chiste, aceptaron un jugoso sueldo por defender a muerte a los fabricantes del hambre y a los desempleadores de oficio en su beneficio. Esos capos vitalicios de la política siempre vieron con asco al pueblo desde la seguridad asquerosa de su coliseo romano; siempre vieron al pueblo aguantando las correntadas del invierno de la miseria; sudando a chorros todo el día para ganarse el pan de sus hijos; vociferando en silencio consignas e insultos feroces; levantando carteles reivindicativos que ellos no leían; levantando las armas de fuego y las sufragistas sin sentirse amenazados; y, en las horas más álgidas de la indignación popular, bien clarito oyeron decir: “¡¡¡a cada cerdo le llega su Nochebuena, hijos de puta!!!”.

Y cada día de sus períodos en el órgano civil de las leyes sin ley, que se repiten una y otra y otra vez, ellos creían que habían hecho el gran negocio de sus vidas al traicionar de norte a sur al pueblo del que vienen y en cuyo ejido enterraron su ombligo: “El pueblo es un montón de cobardes y pendejos sin remedio –creían, hasta hace unos meses- qué bueno que nos pasamos a tiempo del lado de los hombres olorosos a éxito bancario”. Y entonces, ya sentados a sus anchas en los puestos flatulentos, pensaron que para engañar para siempre al pueblo sólo tenían que apretar el gatillo de los desfalcos y que las balas siempre iban a ir de su lado al lado de la gente humilde… y así ha sido estos doscientos años: el bando de los políticos corruptos y traidores jugando a ser victimarios; el bando del pueblo, el bando de los de abajo, jugando a ser víctimas; las balas de cobre de la corrupción y los insultos siempre de allá para acá y el pueblo cayendo a media calle; desangrándose copiosamente maquila a maquila, supermercado a funeraria, funeraria a supermercado; con los huesos reventados y crujientes por falta de leche; con los ojos enajenados llorando a través de los ojos de las mujeres milagrosas y los de los niños que viven de milagro.

Y en cada uno de esos días de ellos, los corruptos y corruptitos, el pueblo huyó de espanto y espantado; dejó de ser pueblo para ser una chusma en desbandada constante; el pueblo desaparecía en forma de calabaza, calabaza, cada quien para su casa si no quiere ser reprimido… y después, el silencio de los bomberos lavaba la sangre de las calles hasta dejarlas como si nada hubiera pasado; y los auditores de la corte de cuentas lavaban el rastro de sangre de los dólares para dejar la contabilidad como si nada ni nadie hubiera pasado, pero hoy parece que la indignación, la desilusión y desencanto se han convertido en los asesores del tribunal supremo electoral del pueblo, no importa si esa asesoría solo da la certeza de por quiénes no votar… después se arregla lo otro por las buenas o las malas, piensa, el pueblo.

Los corruptotes vitalicios se encargaban de convencer a los nuevos prospectos: “Así se hace, colegas diputados -les decían, al momento de tomarse las viagras matutinas y acomodarse el pampers senior-, denle con todo al estómago de los ciudadanos honestos; denle fuego a las turbas de pobres; ustedes son los padres de la patria y las madres de la perversión; recuerden que la patria vivirá mientras vivan los corruptos; ya alinearon a los sacerdotes comunitarios que antes estaban en la primera fila de la lucha popular; ya izaron la bandera irrompible y costosa de la impunidad; ya autografiaron el escudo nacional y cantaron borrachos el himno nacional bajo el ciclón del pacífico lavado de dinero; ustedes son los nuevos próceres insignes de la insigne democracia de los partidos políticos que representan al mundo libre del libre mercado, y sus sacrificios no serán olvidados por los ricos de este pobre país, aunque por el momento no participarán en las reuniones secretas en las que se decide el monto de lo que se está por robar.

Los políticos corruptos y corruptitos siempre vieron al pueblo tronándose los dedos en la mesa del comedor; siempre lo vieron como seres impotentes en las salas de tortura de las cárceles clandestinas de la dictadura militar y capitalista en las que morían colgados, electrocutados, asfixiados, taleguiados, quebrados de los huesos aunque no del espíritu, entumecidos por el frío de las cadenas, violados por eunucos, con las uñas arrancadas, ahogados en orines y mierda, insultados de la peor forma posible, vomitando el dolor, echando humo por los ojos, enterrados en el infierno de la fosa común disimulada con cal viva.
Tuvieron el primer susto el 2 de marzo de 1972, pero no recapacitaron porque estaban seguros de que, a fuerza de sobornos cotidianos y puntuales, convertirían la tragedia en comedia. Pero el punto es que ustedes siempre vieron al pueblo de arriba para abajo y, usando el garrote de la corrupción disfrazada de gobernabilidad, lograron que la gente olvidara los fascinantes tiempos aquellos cuando –como dijo Benedetti- sin pena, ni temor, ni vergüenza pública, ni indiferencia ideológica se podía gritar impunemente la palabra “pueblo”; esos tiempos diáfanos en que cada uno estaba donde correspondía: los ladrones y explotadores allá arriba; nosotros, los pobres y subvertidos, aquí abajo.

Ahora, estamos viviendo un turbulento e incierto tiempo que, de repente, los pone a pensar mucho en lo que han hecho, pero ya es demasiado tarde para pedir perdón o para que traten de volver al lado del pueblo, porque éste, cuando el vaso de la indignación rebalsa, ni perdona ni olvida; ya es demasiado tarde para que se conviertan en pueblo porque la repulsiva metamorfosis que tuvieron es irreversible. El pueblo no sabe del todo cómo le irá, pero asume el riesgo de equivocarse. Así que, en la hora de los santos óleos, no pongan cara de ofendidos hoy que los insultos van del pueblo hacia ustedes.

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