Por David Alfaro
13/05/2026
En El Salvador hay un fenómeno silencioso que no aparece en las cadenas nacionales, que no ocupa los discursos triunfalistas del oficialismo y que rara vez encuentra espacio en los medios alineados al poder. Es el fenómeno de las comunidades abandonadas por el Estado que, cansadas de esperar respuestas, decidieron organizarse para sobrevivir.
En apenas seis meses he documentado más de 400 casos de comunidades salvadoreñas que, ante la ausencia total del gobierno, se han unido para resolver por sí mismas problemas urgentes y básicos: reparación de pequeños puentes, arreglo de calles intransitables, limpieza de quebradas, reconstrucción de caminos rurales, introducción de tuberías, recuperación de espacios comunales y muchas otras necesidades que deberían ser atendidas con fondos públicos.
Y esos 400 casos son apenas una pequeña muestra. Existen muchísimos más. Comunidades enteras que han tenido que aprender a resistir el abandono en silencio, mientras la propaganda oficial intenta vender la imagen de un país perfecto.
Estas historias tienen algo profundamente conmovedor. En cada una de ellas aparece el mismo elemento: la solidaridad entre vecinos. Gente humilde organizándose para hacer colectas, rifas, ventas de comida, jornadas de trabajo voluntario y campañas de apoyo. Personas que apenas sobreviven económicamente, pero que aun así aportan lo poco que tienen para reparar una calle destruida o levantar un puente que conecta a una comunidad aislada.
Y hay otro elemento fundamental: el apoyo de los salvadoreños en el exterior.
Miles de compatriotas que viven principalmente en EEUU siguen sosteniendo a sus comunidades desde lejos. Son ellos quienes muchas veces envían el dinero para comprar cemento, lámina, hierro, grava, herramientas y hasta comida para los trabajadores. Son ellos quienes responden cuando el Estado desaparece. Mientras el gobierno presume megaproyectos y millonarias inversiones publicitarias, son los migrantes quienes siguen financiando la sobrevivencia de muchas comunidades olvidadas.
Esto demuestra una verdad enorme y poderosa: la verdadera fuerza de El Salvador sigue estando en su gente.
No en la propaganda.
No en los discursos.
No en las cadenas nacionales.
Está en las ADESCO, en las comunidades organizadas, en las personas que entienden que solo la unidad popular permite resistir el abandono.
Porque mientras el gobierno concentra poder y destruye la autonomía municipal, las comunidades han tenido que asumir responsabilidades que jamás debieron recaer sobre ellas.
Bukele eliminó en la práctica el FODES, los fondos que recibían las alcaldías para atender necesidades locales. A cambio creó la Dirección de Obras Municipales, una institución que supuestamente resolvería esos problemas en todo el país.
Pero la pregunta es inevitable:
¿Dónde están las obras?
¿Dónde está el dinero?
Porque si las comunidades tienen que reparar sus propios puentes, construir sus propios caminos y resolver por sí mismas problemas básicos, entonces algo está profundamente mal.
No se puede hablar de desarrollo mientras los pueblos quedan abandonados.
No se puede hablar de modernización mientras comunidades enteras tienen que hacer colectas para arreglar una calle destruida.
No se puede hablar de eficiencia mientras el dinero público desaparece en una enorme maquinaria propagandística y las necesidades más urgentes siguen sin resolverse.
Cada comunidad organizada es también una denuncia.
Cada puente reparado por vecinos es una acusación contra el abandono estatal.
Cada calle reconstruida con esfuerzo comunitario deja en evidencia el fracaso de un modelo que centralizó recursos, debilitó a las alcaldías y prometió soluciones que nunca llegaron.
Pero al mismo tiempo, cada una de estas historias también es una lección de dignidad.
Porque el pueblo salvadoreño, incluso en las peores circunstancias, sigue levantándose!
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