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Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios

Esta bienaventuranza nos hace pensar en las numerosas situaciones de guerra que se repiten. Para nosotros es muy común ser agentes de enfrentamientos o al menos de malentendidos. Por ejemplo, cuando escucho algo de alguien y voy a otro y se lo digo; e incluso hago una segunda versión un poco más amplia y la difundo. Y si logro hacer más daño, parece que me provoca mayor satisfacción. El mundo de las habladurías, hecho por gente que se dedica a criticar y a destruir, no construye la paz. Esa gente más bien es enemiga de la paz y de ningún modo bienaventurada.

Los pacíficos son fuente de paz, construyen paz y amistad social. A esos que se ocupan de sembrar paz en todas partes, Jesús les hace una promesa hermosa: Ellos serán llamados hijos de Dios. Él pedía a los discípulos que cuando llegaran a un hogar dijeran: Paz a esta casa. La Palabra de Dios exhorta a cada creyente para que busque la paz junto con todos, porque el fruto de la justicia se siembra en la paz para quienes trabajan por la paz. Y si en alguna ocasión en nuestra comunidad tenemos dudas a cerca de lo que hay que hacer, procuremos lo que favorece la paz porque la unidad es superior al conflicto.

No es fácil construir esta paz evangélica que no excluye a nadie sino que integra también a los que son algo extraños, a las personas difíciles y complicadas, a los que reclaman atención, a los que son diferentes, a quienes están muy golpeados por la vida, a los que tienen otros intereses. Se trata de ser artesanos de la paz, porque construir la paz es una arte que requiere serenidad, creatividad, sensibilidad y destreza.

La difamación y la calumnia son como un acto terrorista: se arroja la bomba, se destruye, y el atacante se queda feliz y tranquilo. Esto es muy diferente de la nobleza de quien se acerca a conversar cara a cara, con serena sinceridad, pensando en el bien del otro.

En algunas ocasiones puede ser necesario conversar a cerca de las dificultades de algún hermano.

En estos casos puede ocurrir que se transmita un relato en lugar de un hecho objetivo. La pasión deforma la realidad concreta del hecho, lo transforma en relato y termina transmitiendo ese relato cargado de subjetividad. Así se destruye la realidad y no se respeta la verdad del otro. No se trata de un consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz, ni de un proyecto de unos pocos para unos pocos. Tampoco pretende ignorar o disimular.

Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad.

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