Página de inicio » Suplemento Tres Mil | 3000 » “Fábulas” de David Escobar Galindo

“Fábulas” de David Escobar Galindo

CLARABOYA

Álvaro Darío Lara

En estos días de especial conmoción mundial, cuando las incomprensiones, y el uso irracional del poder, alientan a la Ira, destruyendo pueblos y sueños, es gratificante y urgente, derramar el bálsamo de la imperecedera literatura, y reparar, en un género, que siempre ofrece importantísimas lecciones de vida, de esa moral, de esa ética, que tanto nos urge local y universalmente.

Me refiero, a la fábula. Las fábulas maravillosas, y los grandes autores, que de niños leíamos con avidez en el hogar y en la escuela. En aquellos formatos tan coloridos, de maravillosas ilustraciones, y letra grande. Y ahí aparecían los insignes autores: Esopo, Fedro, Jean de La Fontaine, Tomás de Iriarte, Félix María Samaniego, y entre nosotros, desde luego, la fábula, especialmente de intención política del cojutepecano León Sigüenza (1895-1942).

Ya sea en verso, ya sea en prosa; generalmente breve, echando mano de personajes, con frecuencia, no humanos: animales, plantas, y seres inanimados; esta breve narración ha perseguido siempre de forma clara o implícita, sugerida, la reflexión moral, contraponiendo magistralmente vicios y virtudes en aras de la mejora individual y social. Por ello, fue tan clave su reivindicación a partir del siglo XVII por sus extraordinarios cultores europeos, que encontraron en estos sencillos y llanos textos, el instrumento idóneo para el señalamiento de los males que aquejaban la convivencia solidaria de los hombres, en esos tiempos también tumultuosos.

Una tarde calurosa de este mayo que inicia, en un apartado de mi biblioteca, reparé en un texto de gran formato, ilustrado con figuras y formas ingenuas, por Dinorah Preza Quezada y Antonio Flores Hernández, para la antigua Dirección de Publicaciones, en 1981.

El volumen corresponde al título de “Fábulas”, y es de nuestro clásico autor, el poeta David Escobar Galindo (1943), un libro poco conocido en su extensa bibliografía, y olvidado por el tiempo ingrato. El prólogo está suscrito por el recordado maestro, crítico y escritor salvadoreño don Luis Gallegos Valdés (1917-1990), don Chito, autor de un importantísimo texto de nuestra historia literaria, el “Panorama de la literatura salvadoreña”.

En esa prosa tan especial de don Luis Gallegos Valdés, seguidor de un estilo, que evoca a los autores franceses y españoles del siglo XIX, éste se refiere de manera erudita, documentada, aguda y elegantísima al contenido del libro de marras, destacando la intención renovadora del género, que subyace en las piezas de David.

Veamos un fragmento de lo anotado por don Chito Gallegos Valdés: “Escobar Galindo, teniendo muy en cuenta la historia de fábulas y fabulistas, debido a su amplia cultura literaria, lejos de amilanarse ante tan preclaros antecedentes, se sintió animado por el noble acicate de la emulación en el tratamiento de un género para él de ninguna manera exhausto o estéril; fue su deseo abordar la fábula, ya no dentro de gastados esquemas, por ejemplares, sino dentro de la amplitud de la literatura contemporánea, acostumbrada a todas las experimentaciones y atrevimientos. Ha sido para él una experiencia preciada el haber obtenido de este género, el más primitivo quizá de las literaturas, nuevas posibilidades”.

Y en esto, tiene razón Gallegos Valdés, acostumbrados al metro medido, tan abundante en la tradición fabulística, que nos llegó, sobre todo de España, inicialmente, las fábulas del autor, parecieran plantársenos como artefactos más bien extraños. Pero al leerlas con detenimiento, la aparente desnudez de la prosa nos deja, en muchos casos, la significativa sensación de una instantánea fotográfica rica en moral y en ingenio.

Lo que no se pierde, en ningún momento, pese a la nueva perspectiva y tono, es el carácter fundamental de lo que distingue retóricamente a la fábula: sus diálogos cortos; el don de la palabra y situación humana  ejercido por el reino vegetal, animal y mineral; los valores y antivalores, que la tradición, asocia con animales o seres vegetales simbólicos; la pertinente adjetivación, según las historias narradas; todo esto en un formato que rompe, como ya hemos mencionado, con la estilística versal tradicional, instalándonos en un plano casi minimalista por momentos, pero no exento de esa magia poética, que viene de la propensión más natural y auténtica de su creador.

Algunas composiciones son verdaderos epigramas, dotados de una honda reflexión. Veamos éste, musical y certero, en su trasfondo revelador de las miserias humanas, intitulado “De hombres y jumentos”: “La tozudez del jumento/ le acarreó palos sin cuento. / La tozudez del humano/ le dio poder de tirano. / ¡Ah suerte del vicio vano, / que hace al humano jumento/ y al jumento lo hace humano!”.

O éste, que, siguiendo la lógica del Señor Poder, evidencia cómo los caballos subestiman a las humildes taltuzas, en un lenguaje que reivindica lo salvadoreño, y que lleva por título “Los poderosos y los débiles”: “La taltuza sale de su escondite, y observa que por ahí anda un caballo de hermosísima alzada, que no disimula el orgullo de su porte. El leve ruido de la taltuza llama la atención del caballo, que se acerca y trata de aplastarla con el casco. El animalito le reclama: – ¡Caramba con vos, no tenés el menor respeto por los demás! Y el caballo contesta: – ¿Por qué tendría que respetarte, si nunca estarás en condiciones de imponerte sobre mí, que soy grande y poderoso? Y pasa encima del pequeño roedor, con tan mala suerte que sus dos patas delanteras se hunden, quebrándose, en una de las galerías subterráneas construidas laboriosamente por la taltuza”.

Y a ese poder absoluto, independiente del signo, que envilece la ley y oprime a los ciudadanos, el fabulista espeta, en el texto nominado “El que se endiosa”: “A aquel que a los estrados/sube con garbo, / Némesis, porque chille, / le tuerce el rabo”.

En un momento de portentosa lírica, Escobar Galindo, derrama una flor de perfumada sabiduría, en este precioso simbolismo, de gran concentración filosófica, que se llama “Las dos gotas”: “Un niño corría por la playa, y de pronto su pie dio contra el filo de una piedra, en uno de cuyos huecos quedó esa viva gota de sangre. Acababa de pasar una ola más grande que las anteriores, y en otro hueco de la piedra había dejado un espejito de agua de mar. Ambas –la gota de sangre y la gota de agua de mar- se observaron por un instante. Y la gota de sangre preguntó:  – ¿Quién eres? Respondió la gota de mar: -El mar. ¿Y tú? –Un niño”.

Buscaban los alquimistas en los siglos misteriosos del pasado, la piedra filosofal, capaz de transmutar lo vil en oro. Afirman algunos que lo consiguieron momentáneamente, pero que al final, llegaron a la conclusión, que esa metamorfosis, sólo es posible, en el espíritu humano, donde acaso, de la aparente cotidianidad, surgen las más brillantes estrellas, gracias al sobrenatural amor.

Deseo despedir estas líneas, escritas como un homenaje de admiración a la obra y a la figura del poeta David Escobar Galindo, que tanto ha ofrecido, a lo largo de su fructífera vida, al verbo patria, transcribiendo su fábula “Toda obra es espíritu”, auténtico texto que recrea nuestra historia, literatura, nacionalidad y soberano destino que debemos recuperar: “Rosario, la molendera, echa unas tortillas, suaves y blanquísimas. Tiene las manos toscas y prietas, hendidas por la cal que utiliza para cocer el maíz; pero en el momento de echar las tortillas, las manos se le vuelven aéreas, eucarísticas. Todos los días madruga a sacar el maíz cocido, junto a la pila; y, en el silencio de la madrugada, ácido de aroma de limón y apenas roto por el mugido de alguna vaca, la Rosario se pone a hablar sola, bajito, en su murmullo de mujer que se confía a los encantamientos; y de ahí queda como iluminada, ya lista para echar esas tortillas suaves y blanquísimas del desayuno”.

Ver también

ALMARIO  IV

Compartir        LA VENTANA  (OBRA INÉDITA, SIN FECHA) SALARRUÉ   Rafael Lara-Martínez Professor Emeritus, New Mexico Tech …