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jueves , 19 octubre 2017
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Estados Unidos en América Latina, hoy

Iosu Perales

Me he puesto ante el ordenador para reflexionar sobre Venezuela y antes de escribir las primeras palabras me ha venido a la mente la importancia de hacer un artículo previo, dedicado a la política de Estados Unidos en América Latina. Y es que creo importante desvelar cuáles son sus claves para mejor contextualizar y entender qué ocurre en Venezuela. ¿Es qué alguien cree que los golpes de estado en Haití (2004), en Honduras (2009) y en Paraguay (2012), los intentos de subvertir el orden constitucional en Venezuela (2002), Bolivia (2008) y Ecuador (2010) y el más reciente  impeachment contra Dilma Rousseff, son simplemente una secuencia casual? ¿Alguien que piense razonablemente, sin necesidad de apelar a la teoría de la conspiración, puede pensar que estos golpes “legales” por su dimensión parlamentaria son exclusivamente de obediencia nacional? ¿Tenemos que aceptar que las antenas de la CIA en América Latina han estado ausentes de estos hechos? ¿Qué la Casa Blanca no sabía nada?

Lo digo muy clarito: Estados Unidos maneja para América Latina un esquema del que participan la derecha civil y militar con el fin de llevar a cabo golpes de nueva generación, que se distinguen por su apariencia de legalidad y la contención represiva en la medida de lo posible. En lugar de generales son figuras derechistas las que se colocan como nuevos presidentes. El esquema se desarrolla invariablemente, movilizando simultáneamente: a) una guerra económica que contempla desinversión y fuga de capitales; inflación inducida; desabastecimiento programado; b) colaboración de jueces que actuando con prevaricación tratan de generar entre la población rechazo a políticos y gobiernos progresistas, fabricando imputaciones; c) intervención activa de medios de comunicación poderosos para llevar a cabio campañas sostenidas de descrédito de gobiernos y políticos progresistas; d) crear correlaciones de fuerzas en el plano internacional con el fin de que los rechazos a los golpes sean tímidos y en cualquier caso no beligerantes.

A este escenario se llega después que Estados Unidos centrara su  atención en los últimos años en los focos de Afganistán, Irak y Siria, subordinando su atención a América Latina y en cierto modo “descuidando” su vocación hegemónica en el continente. Pero de un tiempo a esta parte EEUU ha regresado. Y al hacerlo pone de relieve que aunque la existencia de una menor conflictividad armada parece haber debilitado sus intereses geopolíticos en relación a la seguridad, su intervencionismo continúa, ahora invocando razones como la democracia, la corrupción, el narcotráfico. Es verdad que los acuerdos de paz en la región y el nuevo estatus de Nicaragua sacó a Centroamérica de la agenda de Washington, pero lo cierto es que ello no significa que se haya dado una alteración de los rasgos de la política exterior norteamericana en la región, aunque se refuerce la autonomía de la zona y se reactiven elementos de cooperación e integración.

Lo que sostengo es compatible con mi apreciación de que es de interés tener buenas relaciones con EEUU, fluidas, entre iguales. Mejor llevarse bien buscando el beneficio mutuo. Lo que quiero resaltar es que no conviene olvidar y obviar la perspectiva. EEUU no lo hace y nosotros tampoco debemos hacerlo. Ya el presidente Bush mantuvo la idea tradicional norteamericana de “haga su juego como quiera, pero en el mundo real se hace lo que nosotros decimos”. De hecho Irak es un buen ejemplo que ilustra la verdad duradera del mundo real. Ya lo dijo Madeleine Albright ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, con motivo de una resolución sobre Irak: “Estados Unidos seguirá actuando de manera multilateral cuando podamos y unilateral cuando tengamos que hacerlo”. En este sentido en el conflicto del Golfo Pérsico, la política exterior de Estados Unidos mostró en toda su magnitud el papel de única superpotencia. En este conflicto el despliegue diplomático de la Casa Blanca no fue con el enemigo, sino orientado a lograr aliados para incrementar la presión militar sobre Bagdad y hacer la guerra.

En todo caso Clinton heredó nuevos perfiles en la política exterior, con un despliegue de iniciativas hacia América Latina, entre las que destaca el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Canadá y México. La nueva Administración puso el acento en los intereses internos como guía para la acción exterior, y para ello se volcó en extender las llamadas democracias de mercado.  En este sentido, Anthony Lake, asesor de la Seguridad Nacional, en septiembre de 1993 dijo algo revelador: “Durante la Guerra Fría contuvimos la amenaza global hacia las democracias de mercado: ahora deberíamos ampliar su alcance”. De modo que puede decirse que la Guerra Fría tan sólo fue una fase en la historia de la política exterior norteamericana. Después de ella la verdad duradera persiste, de la misma manera que antes de la segunda guerra mundial ya se manifestó en sucesivas intervenciones militares de Estados Unidos en la región de América Central y el Caribe.

En realidad la identidad nacional de Estados Unidos, está definida por una serie de valores políticos y económicos universales, particularmente su particular visión de la libertad, de la propiedad privada y de los mercados. Esta temática básica construye una política exterior, invariable filosóficamente, aun cuando pueda expresarse con formas variables. La política básica, por encima de enfoques idealistas o pragmáticos de sus presidentes, más allá de posiciones más o menos intervencionistas de las distintas administraciones, y salvo la tormentosa experiencia de Vietnam,  Estados Unidos no ha dado marcha atrás en cuestiones que históricamente han sido vinculadas de forma directa a su interés nacional y que puedan poner en duda su credibilidad y prestigio internacional, continental y mundial. Ese objetivo que es considerado parte indivisible del histórico interés nacional de Estados Unidos y que se encuentra por encima, incluso, de su presidente.

Los golpes de estado nombrados responden a lo siguiente: Estados Unidos puede consentir que otras naciones de su espacio geoestratégico actúen con independencia, excepto cuando ello afecte a sus intereses. Dicho de otra manera: Estados Unidos puede no necesitar controlar a los países centroamericanos y del Caribe, mientras que no  se salgan de su control. El derecho de la primera potencia mundial a actuar unilateralmente  y de controlar las regiones que selecciona, está “definida” de tal manera que si los latinoamericanos, por poner un ejemplo, quisieran imponer su fuerza numérica en la Organización de Estados Americanos para actuar con independencia Estados Unidos actuaría para “proteger sus intereses”. El asesor del presidente Carter, Robert Pastor, escribió algo que sigue vigente: “Estados Unidos quiere que otras naciones actúen de manera independiente, excepto cuando ello se convierta en algo adverso”. Lo que quiere decir que la libertad concedida por Estados Unidos a sus “subalternos” es para actuar de acuerdo con el poder que los tutela, no para usar la libertad “neciamente”. Haití, Honduras, Paraguay, Bolivia, Ecuador y Brasil, forman parte del club de los países irresponsables.

En el mundo real, ese sobre el que se vuelca la verdad duradera de la primacía mundial, democracias, mercados, y derechos humanos, están sufriendo serios ataques. Los más poderosos vienen de Estados Unidos. No soy economista, pero sé que en el mundo real Estados Unidos nunca ha apoyado mercados libres. Ocurre que las sociedades industriales se han vuelto más proteccionistas, en tanto que la política neoliberal sobre países americanos exige la plena liberalización económica y la plena competencia como dogmas. Las multinacionales piden a los gobiernos progresistas en América que los Estados dimitan de sus responsabilidades sociales, pero ninguna pide al Estado norteamericano que se disuelva.

A propósito de la política exterior del presidente Clinton, el profesor español Palomares Lerma hace unas anotaciones muy reveladoras: “Lo realmente nuevo del momento actual es que desaparecido el argumento anticomunista en el mundo, con esa traducción especialmente violenta que tuvo para el continente latinoamericano, los Estados Unidos buscan fórmulas de control y estabilidad continental que transformen sus clásicas inversiones en seguridad, por inversiones comerciales sólidas. A fin de cuentas, busca ejercer un control igual de firme, pero con menor coste y mucho más rentable”. Pero la política norteamericana de democracias y mercados, utilizando preferentemente mecanismos económicos y de cooptación política, no renuncia a la fuerza. La idea de que el continente tiene propiedad y su sede central en Washington, sigue siendo una idea al alza. Como dice Noam Chomsky: “Los persistentes y frecuentemente invariables rasgos de la política exterior de los Estados Unidos están muy arraigados en las instituciones estadounidenses y en la distribución del poder en la sociedad interna de los Estados Unidos. Estos factores determinan un restringido marco para la formulación de políticas con pocas posibilidades de desviaciones”.

Cuando analizamos qué sucede en Venezuela no podemos olvidar estas reflexiones. Otra cosa es que sea y es pertinente algunas otras de dimensión autocrítica, pues no todos los males de Venezuela vienen del exterior.

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