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Epicuro, el atardecer de la antigüedad

Alirio Montoya* 

El titulo de este articulejo está compuesto de dos palabras que se las tomé prestadas a Nietzsche, quien era gran admirador del pensamiento y legado de Epicuro. Y es que Nietzsche asegura -lo dice en La gaya ciencia- que tuvo la dicha, con la lectura y de lo que le habían comentado de Epicuro de “tener la suerte de disfrutar el atardecer de la antigüedad”. Epicuro representó en su momento –y a la fecha- la voz de los espíritus libres, libertad que fue abstraída de la naturaleza misma. Esa libertad del ser, que implica el desprendimiento de cualquier dogma filosófico o religioso –y político-ideológico agregaría yo-.

Esa misma libertad que representa una especie de sosegada voz, pero hiriente y penetrante a la vez, la cual en su desarrollo en espiral se vuelve un estruendo al tiempo que va en contra de la infamia que caracteriza a los ambiciosos, esos ambiciosos cuyo único universo de vida está reducido en acumular más y más bienes materiales; en contra de esos que se proponen en acumular más poder de forma insaciable, al grado de importar poco caer en el raterismo que peculiariza a algunos políticos y gobernantes, así como a banqueros y usureros.

Y es que, como bien lo decía Epicuro, el hombre sin dioses vive desprendido de aspiraciones y represiones dolorosas, lo que le permite disfrutar de la felicidad concentrada en la autosatisfacción. Epicuro logró desde el estudio del átomo superar a su admirable predecesor, a Demócrito, quien sostenía la tesis del desarrollo de los átomos en forma elíptica; pero Epicuro hace otro replanteamiento consistente en el desarrollo y desplazamiento del átomo en forma vertical. Esa caída libre del átomo es la significación más ilustrativa de la libertad. El ser libre debe asemejarse a esa caída libre del átomo. ¿Y cuál es esa relación que parecerá sin sentido entre el átomo y el hombre libre? Pues el hombre libre es aquel que al igual que el átomo se ha desencadenado de los dioses que, en el lenguaje corregido y actualizado, implicaría también liberarse de imposiciones tanto de la Iglesia, de la sociedad unidimensional, así como del Estado.

Lo anterior no significa enclaustrarse en una vida cómoda, en una vida meramente contemplativa; como la propuesta de Byung-Chul Han, el Paulo Coelho eurocéntrico. Lo que de verdad implica tener contacto con el tipo de filosofías como las epicúreas es que el ser debe relajarse, meditar y de ser posible alejarse de cualquier contacto innoble que represente un óbice para su libertad.

Elegir un momento de abstraerse de la realidad que campea en el mundo exterior es una forma también de resistencia, una forma de expresión del subalterno. Bueno, y qué sentido tiene formular sendas elucubraciones y luego concretizarlas en discursos coherentes si luego aparece, por ejemplo, un destartalado político, youtubero o tiktoquero con cualquier estupidez con tal de deslegitimar tu argumento ante un público para nada ilustrado. Es que no podemos negar que vivimos en una sociedad perdida y estupidizada, afirmación dura pero que deviene en el mundo antiguo de Aristóteles y reformulada después en el Renacimiento por Erasmo de Rotterdam; sin prescindir que Umberto Eco, que la denominó como una legión de imbéciles que postean, stalkean y trolean en redes sociales.

De esa enfermedad no escapan los políticos. Los pensadores e intelectuales dedican horas enteras o días enteros en investigar con la debida precisión sobre un tema político, económico, jurídico o sociológico; luego formula su punto de vista y lo publica. No faltará el político o funcionario charlatán y patán en descargar su ignorancia por medio de falacias Ad hominem, falacias de la falsa analogía, del falso dilema o la del hombre de paja; para luego, mediante un argumento callejero pretender desvirtuar la opinión de un intelectual.

Las palabras como lo dije pueden parecer duras, por eso, en lugar de esperar una descarga de sandeces, pues a veces cualquier lector apasionado decide lecturas relajantes como las ideas formuladas por Epicuro. No obstante, el epicureísmo puede representar una forma de vida ante la inoperancia de los gobiernos, ante la crisis moral, medioambiental, frente a las dictaduras globales del capital trasnacional. Pero esa filosofía no supone una forma de autoconfinamiento; significa decir las cosas como son porque de suyo se entiende que dicha filosofía lleva consigo de forma inmanente la libertad, expresada en ese derecho a disentir, en ese inquebrantable derecho a decir NO.

Para Epicuro, el hombre libre debía prescindir de la sujeción del miedo, de las mismas esperanzas y de igual manera de aquellas ideas surgidas del sufrimiento. El método epicúreo era el de buscar una praxis del máximo placer. En este punto Epicuro no fue comprendido, porque hay críticos que asimilaron erróneamente esta postura epicúrea como una forma de inmoralidad, puesto que tenía a su base el placer; algunos lo entendían como prácticas de inmoralidad. Pero no, lo explico abajo.

Epicuro planteaba que el hombre, por sentido común o lógica elemental, al experimentar un placer que, como efecto secundario traería sufrimiento, lo que debía hacer era rechazar cualquier tentación de ese placer, esto es, una negación del placer por su mismo consiguiente resultado. La propuesta central de Epicuro consistía, además del placer, llevar una vida sencilla, aunque aclaraba que la misma no debía significar una especie de rígida austeridad porque entonces eso era contrario a la libertad. Lo anterior implicaba tener y gozar de lo necesario, en otras palabras, el placer de ser felices con cosas tan sencillas que nos brinda la naturaleza.

Es por eso que Nietzsche en El viajero y su sombra sostuvo que Epicuro era el filósofo de la opulencia. Entendida esta opulencia bajo el siguiente aforismo nietzscheano: “Un jardincillo, higueras, un poco de queso y tres o cuatro buenos amigos -ésta es la verdadera opulencia de Epicuro-”. Dar más y recibir menos era su filosofía de vida. Pero, ¿cómo podrá un ambicioso como los arriba descritos si quiera atreverse a dar más y recibir menos?

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