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Enamorarse de la ciencia

Luis Armando González

Allá por 1981, cuando cursaba segundo año de bachillerato, se asignó la tarea, en la materia de filosofía general, de hacer una síntesis del Discurso del Método, de René Descartes. Aún conservo la edición –subrayada con lapicero— que compré para cumplir con la actividad escolar. La línea que completa el título de esta obra se quedó grabada en mi memoria como una de las mejores expresiones libertarias de todos los tiempos: Discurso del método para bien dirigir la razón y buscar la verdad en las ciencias.

Me maravilló -desde entonces- la idea de que usar la razón, siguiendo un método, para buscar la verdad era algo que hacía la ciencia, lo cual –pese al tiempo transcurrido desde que Descartes lo formuló— sigue vigente en el quehacer científico en todos los rincones del planeta. Los científicos buscan la verdad, usando la razón y siguiendo procedimientos (métodos) que les permiten acceder al mundo real. La ciencia -vista de esta manera- tiene una indudable fuerza liberadora, no solo porque nos permite conocer la complejidad, diversidad, belleza, dolor y muerte que hay en la realidad, sino porque nos ayuda a diseñar mecanismos más eficaces para intervenir en sus dinámicas.   

    Ese proceder lo pude ver, y tratar de entender con mi débil formación de esos años (en la misma época en la que leía el Discurso del Método), en científicos como Iván Séchenov en Los reflejos del cerebro (La Habana, Academia de ciencias de la Habana, 1965); Iván Pavlov, en Fisiología y psicología (Madrid, Alianza, 1968); en Alexander Luria, en El cerebro en acción (Barcelona, Fontanella, 1979); Charles Darwin, en el Origen del hombre (Madrid, EDAF, 1979) y Alberto L. Merani, en Psico-biología (México, Grijalbo, 1964). En estas obras, y en lo que pude conocer de la vida y compromiso de sus autores, lo suyo era la búsqueda de la verdad no de manera desinteresada o fría, sino de forma apasionada, con una entrega incondicional a la develación de los misterios –en el caso de todos ellos— de las bases biológicas de la vida mental y de la realidad humana.

En el clima de resistencia y de afanes libertarios de aquellos años ochenta en El Salvador, el imperativo cartesiano de buscar científicamente la verdad se añadía al crisol de ideas (políticas, literarias, religiosas) que se amalgamaba para dar ánimo y confianza a quienes se oponían a abusos y violencias que se inspiraban en –y se justificaban a partir de— visiones distorsionadas de la realidad. En mi caso particular, en esa amalgama, además de Descartes, Séchenov, Luria, Pavlov, Darwin o Merani, tenían cabida creadores literarios como Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Ernesto Sábato, Fedor Dostoyevski, León Tolstoi y José de Espronceda. De este último, me impactó su “Canción del Pirata”, un homenaje a la libertad de cabo a rabo. Dice así:

Canción del pirata

“Con diez cañones por banda,

viento en popa a toda vela,

no corta el mar, sino vuela

un velero bergantín;

bajel pirata que llaman,

por su bravura, el Temido,

en todo mar conocido

del uno al otro confín.

La luna en el mar riela,

en la lona gime el viento

y alza en blando movimiento

olas de plata y azul;

y va el capitán pirata,

cantando alegre en la popa,

Asia a un lado, al otro Europa,

y allá a su frente Estambul;

Navega velero mío,

sin temor,

que ni enemigo navío,

ni tormenta, ni bonanza,

tu rumbo a torcer alcanza,

ni a sujetar tu valor.

Veinte presas

hemos hecho

a despecho,

del inglés,

y han rendido

sus pendones

cien naciones

a mis pies.

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi dios la libertad,

mi ley, la fuerza y el viento,

mi única patria la mar”.

Entender y sentir que el conocimiento científico es parte integrante de los anhelos liberadores de los seres humanos –anhelos que se expresan asimismo en la filosofía y el arte— me hizo sentir respeto y admiración por las personas que se dedican a la ciencia, pero también me llevó a maravillarme por las conquistas científicas que se plasman en sus teorías explicativas sobre el funcionamiento, relaciones y dinámicas (causales. evolutivas, estructurales, probabilísticas, caóticas, fractales) de los distintos ámbitos de la realidad en los que se posa la mirada científica. Desde aquellos años en que estudiaba bachillerato hasta el día de ahora no he dejado ni dejo de maravillarme por lo que hacen los científicos y por los logros explicativos que, con dedicación, disciplina y creatividad, no cesan de conseguir, ya sea en la exploración de los orígenes y estructura del universo, los mecanismos íntimos de la realidad física, las claves genéticas de la vida, los derroteros evolutivos del Homo sapiens y sus ancestros, y las bases genéticas y cerebrales de la vida mental y los comportamientos humanos.

Es fácil enamorarse de la ciencia (del conocimiento científico, de sus modos de proceder, de sus criterios de validación, de la lógica que gobierna los relatos científicos) si se entiende que su propósito es ofrecer una visión explicativa de los distintos ámbitos de la realidad –una visión distinta a la del sentido común o las mitológicas— y no una colección de datos o hechos, o unas destrezas instrumentales (como realizar operaciones matemáticas o manejar un microscopio o un bisturí). Esas y otras operaciones –lo mismo que el manejo de datos— son necesarias para el quehacer científico, pero no lo definen.

Lo que el conocimiento científico ofrece es una explicación de la realidad; esa explicación es lo que se plasma en las teorías científicas, que son la culminación del esfuerzo de los científicos –hombres y mujeres— desparramados por el mundo, pero unidos por ese objetivo común. En las teorías se plasma la verdad buscada, y nunca encontrada de forma definitiva, por los científicos. Apropiarse de esas teorías –por ejemplo, de la teoría de la evolución de Darwin o de la teoría que explica la relación entre los elementos químicos de Mendeleyev— es la puerta de entrada para enamorarse de la ciencia; y ello porque las mismas nos hablan de la realidad que nos rodea, de su riqueza, diversidad y complejidad.

Quienes no comprenden esto; quienes entran a la ciencia por la puerta equivocada (por ejemplo, quienes reciben de entrada la noción errónea de que la ciencia es un conjunto de datos) es difícil que se enamoren de ella, pues se les escapa en esa misma entrada lo que hace de la ciencia algo importante para la vida humana: nos habla, como ningún otro saber, del lugar que ocupamos en el cosmos. Y nada puede ser más apasionante que eso; quien lo entiende está en el camino correcto no solo para asimilar teorías, conceptos y procedimientos científicos, sino para poseer una visión científica de la realidad, que debería ser la meta irrenunciable de cualquier ciudadano ilustrado y laico.

La educación en todos sus niveles debería estar vertebrada por un espíritu libertario y humanizador que se nutre de las conquistas y logros de la ciencia, no solo porque esta es el motor de transformaciones tecnológicas de envergadura, sino por algo más hondo: las explicaciones científicas son las mejores que tenemos para hablar razonablemente –no ilusoria o fantasiosamente— de la realidad que nos rodea y de nuestra propia realidad. En ella se cumple, mejor que con otros saberes, el mandato socrático que dice “conócete a ti mismo”, no manera definitiva sino provisional, aproximada, por aquello que también anota Sócrates acerca de la sabiduría: es más sabio quien tiene conciencia de que es más lo que no sabe que lo que sabe.            

En un escrito dedicado a Frederick William Sanderson (1857-1922), Richard Dawkins dice algo con lo que quiero cerrar esta reflexión:

“La paternal sombra de Sanderson sonreía desde un rincón y ninguno de nosotros habrá olvidado jamás esa lección. Lo que importa no son los hechos, sino cómo los descubres y cómo piensas sobre ellos: educación en el verdadero sentido de la palabra, algo muy distinto a la actual cultura de frenesí por los exámenes… Incitemos un huracán de reforma por todo el país, barramos con nuestro soplido a los fanáticos de las evaluaciones con sus interminables ciclos de exámenes desmoralizantes y destructores de la niñez, y volvamos a la auténtica educación”.

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Un Comentario

  1. Crecer y multiplicarse

    Creced y multiplicaos

    Ese es El mandato divino encomendado a la partícula de polvo de la tierra, al recibir el soplo de la vida y convertirse en células.

    La construcción del paraíso terrenal había dado inicio.

    La célula construyó toda la flora y la fauna, y en ella, al ser humano. Nadie reclamaba ésto es sólo mío, o, desde aquí hasta allá es mío; todo era comunal, una sola familia; al estilo de de San Francisco de Asís: hermano lobo, hermano zorro, hermano coyote, hermano León, hermanos humanos, hermanos árboles… Y así.

    La célula, así creada a imagen y semejanza con Dios, sigue hasta el día de hoy dándole vida al polvo de la tierra, convirtiendo a éste en árboles, frutas, verduras y vegetales, hierbas, etcétera, y luego en carnes, leche, huevos, etc., creando las cadenas de producción de alimentos en un medio ambiente calibrado con la atmósfera terrestre para mantener el clima adecuado para las lluvias, los vientos, la producción de oxígeno; en un proceso de millones de años, sus fósiles enterrados se han convertido en petróleo y gas natural, carbón, etcétera; que se cree que lubrican y amortiguan a su vez, el movimiento  telúrico de los procesos tectónicos de la tierra.

    «La divinidad de la Pachamama, la Madre Tierra representa a la Tierra pero no solo el suelo o la tierra geológica así como tampoco solo la naturaleza; es todo ello en su conjunto.»

    Si el trabajo incansable de la célula en sus cadenas de producción, es obstaculizado en sus cadenas de distribución y suministro de energía o alimentos, entonces, sin alimento, el mandato divino de crecer y multiplicarse no es posible como Dios manda; y el hambre, así provocada, seguirá forzando a la célula a buscar nuevas alternativas, a como sea, para cumplir con su misión divina: alimentar la creación de Dios para su crecimiento y recuperación del paraíso terrenal, para el bienestar de toda la humanidad.

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