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Elemental

René Martínez Pineda
Director Escuela de Ciencias Sociales, UES

Elemental: hay que tener vocación de mártir; o tener la fe de un profeta sin tierra propia o ajena; o tener el corazón de un utopista empedernido para vivir en un país paradójico. Sin saber por qué, o desde cuándo, o por culpa de quién, este país dejó de soñar utopías matutinas; sin saber por qué, o desde cuándo, o por culpa de quiénes, sus ciudades se quedaron sin labios ni palabras por decir… y fue entonces que la desmemoria tomó la palabra y el púlpito.

Cada fin de año, como si se tratara de una necia repetición del fin del mundo que nos hace ser sinceros porque ya no hay nada que perder, nos damos cuenta de que lo único que crece con raíces profundas es el indecible amor por la familia y los amigos; nos damos cuenta de que ese amor, como si fuera un ciempiés mitológico, avanza eternamente sin pensar cuál pie hay que mover primero y sin dar pasos para atrás, sabiendo que la historia hay que recordarla, no repetirla.

Pero en este país que ha parido, sin placenta ni ombligo, a dictadorzuelos obtusos que creen que todo los que les rodea es su finca o maquila; en este país que amamos sin saber por qué, o desde cuándo, o para qué, se dan pasos para atrás a ritmo seguro, y eso es lamentable porque hay demasiadas lápidas en el panteón de los olvidados. Para adelante se avanza con miedo, se avanza arrastrando los pies, y eso es lamentable también, pero por suerte tenemos el refugio de la familia y los amigos que son los grupos que le dan solidez a la cotidianidad. A nivel de país la cosa es distinta, como si de repente cada uno de nosotros fuera otro distinto. Y como por instinto extendemos las manos para caminar hacia adelante como si jugáramos a la gallinita ciega; caminamos hacia adelante teniéndole miedo al ruido con el que tropezaremos como si, de repente, nos hubiéramos quedado ciegos, ciegos primerizos para terminar de joder, pero lo curioso y triste es que no somos ciegos y podemos distinguir, sobre todo cuando recibimos un regalo con amor o abrazamos a un ser querido: la luz fulminante de un relámpago que nos muestra el camino en medio de la tormenta; la lluvia que hace germinar ilusiones; los rostros insepultos de quienes hemos amado hasta lo indecible; la ceniza de una carta de amor que jamás tuvo respuesta o la respuesta llegó muy tarde; la patética sonrisa del perfecto imbécil que nos amenaza con expropiarnos el sustento y el aura victoriosa de los mártires por vocación; la sonrisa de los hijos inventando nuevas razones para buscar la utopía social y la risa de un niño pobre frente a su juguete nuevo; las afrentas del capital como condena; una presunción de vergüenza social en el espejo vespertino; la jaula oxidada con sus pájaros azules que por dignidad se niegan a cantar en cautiverio; el opaco dilema moral de los “otros” que no tienen un “nosotros” en guerra contra el dilema social.

Se camina hacia adelante pero a ciegas, por lo general en sentido contrario al caminar de los delincuentes impunes y confesos que andan en busca de amores terciarios que sirvan de premio de consuelo y pírrica recompensa, o incendien una olvidada mina de nostalgias sin pasado real. Se camina hacia adelante por el amor de la familia y los amigos de carne y hueso, ese inmenso amor que, sin ser necesario ni solicitado, es refrendado en los días festivos que son un adelanto de la sociedad nueva que sigue vigente en la genealogía de los utopistas y los locos sin nombre; se camina a ciegas, indeciso, tenue, no importan los kilómetros de una milla, ni el horario que cambia a cada paso y suspiro, ni que el futuro sea una ilusión descarnada o una pasión fornicaria deshabitada que esperamos cobre vida en algún momento para enseñarnos lo que es la alegría colectiva como metáfora de lo social y humano.

De vez en cuando la alegría toca el timbre de mi casa y sale corriendo como un niño que juega; quiere avisarme que pasa por ahí y que está dispuesta a dejarse alcanzar si la sigo o le canto un villancico. Y entonces la familia es más refugio y más faro y eso me pone sereno, casi diría en paz conmigo mismo, aunque eso es imposible si hay niños comiendo basura y hay historiadores de la usura; guardo la angustia en una bolsa de regalos pasados y me acuesto viendo al techo porque esa es la posición más aguda y cómoda para conquistar el mediodía de una mujer hermosa o para digerir noticias acres y creerlas. Nadie sabe dónde quedarán mis próximas huellas, ni cuándo mi historia va a ser escrita a mano. ¿Alguien sabe qué consejos voy a inventar para que mis hijos sean buenos hombres? ¿Alguien sabe cuáles serán los atajos que me insinuará la vida y que no seguiré? Está bien, no jugaré a la indigencia para no abonar la tierra de los dictadorzuelos; no bordaré la memoria con flores de olvidos. Elemental: todavía queda mucho por decir y callar, y además no me he comido las doce uvas de la tradición cultural.

Entre la utopía y yo; entre esa zutana y yo, se levanta un muro de Berlín sin Alemania hecho de desiertos recuerdos y nostalgias fugaces. Ella no puede verme porque montan guardia las cuchillas de las traiciones; yo no puedo verla porque me seduce el sol de sus profecías y no obstante suelo preguntarme cómo será en su desnudez; si me recibirá, por ejemplo, con los labios abiertos para besar mi ausencia, pero el muro colapsó en sus ladrillos, fue cayendo a uno a uno y, elemental, nadie supo qué hacer con los errores familiares. Hubo quien los guardó como reliquias sagradas y, de repente, en el abrazo de media noche la vi salir por un hueco de humo, cambiar de acera y correr al encuentro de otro beso repleto de avaricia mundana; otro beso que ignora que entre ella y yo ya no existe un elemental muro de Berlín que por separarnos nos juntaba desesperadamente, ese muro que por haber perdido la noción de familia es escombros sin recuerdos.

Elemental: si se camina a ciegas se queda uno sin cómplices ni manos, y a ciegas entramos para siempre en una mina abandonada o predestino que no sabremos dónde termina.

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