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EL RETUMBO DEL SUMPUL

Testimonio:

 Ester Alvarenga

Ese día, 14 de mayo de 1980, los escandalosos ruidos no eran por las piedras que llevaba el río por la fuerte tormenta que cayó durante toda la noche del día anterior, el retumbo que se escuchaba eran los fusiles sonando de todos lados, hasta los de soldados hondureños que días antes habían acordonado toda la rivera del río, pero la inocencia de los humildes campesinos y campesinas no pudieron descifrar que se trataba de una acción combinada para cometer la barbarie.

Recuerdo que eran como las siete de la mañana cuando escuchamos dos disparos, y acto seguido la balacera que sonaban por diferentes lados, incluyendo del otro lado del río. Dos jovencitas y yo, nos encontrábamos bañando en un tanque de agua propiedad de Buena Ventura Chinchilla. Al escuchar los disparos, salimos en jabón, corriendo hacia la casa de Ventura Chinchilla, donde se encontraba la mayor parte de personas, incluso, pero cuando llegamos, la gente ya había salido.

Mis amigas y yo, salimos corriendo de un lado a otro, buscando escapar, pero de cualquier lado nos disparaban. Buscábamos otras veredas, pero, también nos disparaban.

Para mí, ese día negro se ha convertido en una pesadilla eterna, pareciera que se ha encarnado, porque los recuerdos de los muertos, el llanto desesperado de los niños me desgarra y se mantienen en lo más profundo de mi inconsciente. Pienso que esos sentimientos también lo padecen las demás personas que pudieron sobrevivir, sobre todo a quienes les asesinaron a toda su familia.

No sé si les pasa a los demás, pero constantemente sueño con ese episodio, sueño que corro desesperada, sueño con rostros de personas muertas a quienes recuerdo bien hasta como quedaron, sueño con los niños llorando, los niños que pude ver muertos.

Para muchos pareciera que es una exageración, otros justifican la barbarie, unos son indiferentes y otros, simplemente quieren olvidar. Para mí, recordar es mantener en la memoria a las más de 600 personas masacradas, a las niñas y los niños inocentes que les cegaron la vida sin siquiera entender nada.

Por ellos y por todas las víctimas, lo más importante es dignificar, empezando porque se reconozcan esos horrendos hechos, es exigir justicia, es educar desde la memoria para que NUNCA MÁS haya genocidios como el de Las Aradas, a y las más de 250 masacres perpetuadas a campesinos y campesinas en diferentes partes del país.

La gran pregunta es: ¿Hasta cuándo la Fiscalía cerrará los ojos que no quiere ver ni reconocer el derecho de las víctimas y sobrevivientes de semejante crímen?

Por la memoria de las más de 600 vidas masacradas, exijo justicia y que no haya otros retumbos como los que sucedieron en el Sumpul. Señor Fiscal, ocúpese de este caso ¡Han pasado 46 años! y nadie ha mostrado interés en este caso.

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